Elio descubrió que el zapato de Clara estaba peor de lo que pensaba tres días después.
La lluvia había cumplido la amenaza de quedarse toda la semana y, para el jueves, las banquetas tenían pequeños ríos pegados al borde. Clara había pasado la mañana saltando charcos con una habilidad bastante cuestionable mientras sostenía el paraguas sobre ambos.
—¡Por ahí no! —dijo Elio.
Demasiado tarde.
Clara pisó justo en medio de uno.
El agua salpicó hasta la mitad de su pantalón.
Se quedó inmóvil.
Elio también.
Clara bajó lentamente la mirada hacia su zapato.
—No digas nada.
Elio se mordió el interior de la mejilla.
—Ni una palabra.
Él asintió.
Clara dio otro paso.
El zapato hizo un ruido húmedo.
Elio perdió la batalla.
La primera risa se le escapó por la nariz. Intentó convertirla en tos, pero Clara ya lo estaba mirando.
—Te escuché.
—No hice nada.
Dio otro paso.
Cof.
Elio soltó una carcajada.
—¡No te rías!
—¡Tus calcetines están hidratados!
Clara lo señaló con el paraguas.
—Te abandono.
—¡Tú dijiste que iban a estar suaves!
—Retiro lo dicho.
—¡Mamá, camina otra vez!
—No.
—¡Por favor!
—Elio, te juro que si...
Él ya estaba doblándose de la risa.
Clara intentó mantener la cara seria mientras avanzaba, pero cada paso producía aquel sonido ridículo dentro del zapato. Para cuando llegaron a la parada, ella también se estaba riendo.
—No tiene gracia —insistió mientras trataba de exprimir discretamente el calcetín contra el suelo.
—Muchísima.
—Estoy sufriendo.
—Suavemente.
Clara le dio un golpe en el brazo.
Elio seguía sonriendo cuando subieron al autobús.
Se le quitó unos minutos después, cuando consiguió un asiento y volvió a mirar los zapatos de su madre.
La abertura de la suela era más grande.
Esta vez no dijo nada.
Durante el trayecto, Clara habló sobre una señora de su trabajo que había conseguido romper una impresora intentando sacar una hoja atorada. Elio escuchaba a medias. Cada vez que el autobús frenaba y Clara cambiaba el peso de un pie al otro, él veía aparecer una pequeña línea oscura entre la suela y el zapato.
Al bajar, ella volvió a hacer aquel ruido.
Elio sonrió porque Clara lo miró esperando que se burlara.
Pero mientras caminaban hacia la escuela empezó a contar.
Uno, dos, tres, cuatro...
No sabía exactamente por qué.
Quizá porque contar hacía que pensar fuera más fácil.
Cinco, seis, siete...
Intentó recordar cuánto costaban unos zapatos.
No tenía idea.
Sabía cuánto costaba una bolsa de papas. Sabía cuánto costaba el almuerzo de la cafetería. Sabía que el pasaje había subido hacía poco porque Clara se había quejado durante dos días.
Zapatos, no.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
Elio dejó de contar.
—Nada.
—Estás mirando el piso.
—Estoy caminando.
—Normalmente ambas cosas ocurren al mismo tiempo.
—Pues entonces todo bien.
Clara lo miró de reojo, pero no insistió.
Cuando llegaron a la entrada, Elio soltó su mano antes de que ella pudiera acomodarle el cuello.
—Hoy está bien.
Clara lo inspeccionó.
—Sorprendentemente.
—¿Ves? Estoy creciendo.
—No exageremos.
Elio sonrió y empezó a alejarse.
—¡Elio!
Se giró.
Clara señaló el cielo.
—Hoy sí está lloviendo, así que ni se te ocurra decir que fue suerte.
—¡Fue suerte toda la semana!
—¡A clases!
Elio entró todavía riéndose.
Ese día, durante el descanso, no compró nada.
No era raro que llevara comida de casa. Clara casi siempre le preparaba algo, aunque algunas mañanas el tiempo ganaba y terminaba dándole dinero antes de que se bajara del autobús.