Sofía sintió que la mano de Bianca se aferraba con más fuerza a su brazo.
Del otro lado de la puerta volvió a escucharse la voz.
—Sofía... abre. Tenemos que salir de aquí.
Era la voz de Gael.
La misma calma.
El mismo tono grave.
Pero Bianca negó lentamente con la cabeza.
—No respondas.
—Es Gael... puedo reconocerlo.
—No.
Bianca dio un paso atrás y apagó dos velas más. La habitación quedó casi completamente a oscuras.
—Él jamás pronuncia tu nombre dos veces seguidas cuando tiene miedo. Siempre dice: "Escúchame". Siempre.
Sofía tragó saliva.
No había reparado en ese detalle.
La voz insistió.
—Sofía... por favor.
Tres golpes secos resonaron sobre la madera.
Toc.
Toc.
Toc.
Entonces todo quedó en silencio.
Un silencio tan profundo que Sofía podía escuchar los latidos de su propio corazón.
Bianca tomó un antiguo farol y caminó hacia el fondo de la habitación.
—Ven conmigo.
—¿Y si realmente era Gael?
—Si lo era, volverá.
Si no...
No terminó la frase.
El pasillo oculto se estrechaba conforme avanzaban. Las paredes de piedra estaban cubiertas de humedad y pequeños grabados en italiano aparecían cada pocos metros.
Sofía pasó la mano sobre uno de ellos.
"La memoria puede salvarte... o destruirte."
—¿Quién escribió esto?
—Los primeros guardianes del café.
Llegaron a una sala circular.
Era diferente al resto del escondite.
En el centro había una mesa de mármol sobre la que descansaban doce llaves antiguas.
Cada una tenía un símbolo distinto.
Una luna.
Un cuervo.
Una rosa.
Una pluma.
Y una estrella.
Bianca señaló la última.
—La estrella siempre espera a la misma persona.
Sofía se acercó lentamente.
Sin pensar, extendió la mano.
En cuanto sus dedos rozaron la llave, una corriente helada recorrió todo su cuerpo.
El mundo desapareció.
Estaba en otro lugar.
La lluvia había desaparecido.
El café Luna d'Inverno estaba lleno de gente riendo.
La música sonaba fuerte.
Las velas iluminaban cada rincón.
Y detrás del mostrador...
Había un joven.
No era exactamente Gael.
Pero se parecía muchísimo.
Tenía el cabello un poco más largo y una sonrisa despreocupada.
Reía mientras servía café a una muchacha de cabello castaño.
La chica levantó la cabeza.
Sofía sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Era idéntica a ella.
No parecida.
Idéntica.
La joven sonrió al muchacho.
—Llegas tarde como siempre.
Él soltó una carcajada.
—Y tú siempre encuentras una excusa para esperarme.
Sofía sintió un extraño dolor en el pecho.
No era un recuerdo suyo.
Pero podía sentir la felicidad de aquella chica.
El calor de aquella mirada.
La escena cambió de golpe.
El café comenzó a llenarse de humo.
Las personas gritaban.
Las lámparas caían del techo.
El fuego avanzaba por las cortinas.
La muchacha intentó correr.
Pero alguien la sujetó del brazo.
No alcanzó a ver quién.
Solo escuchó una voz masculina.
—¡Busca la llave!
Después...
Todo se volvió blanco.
Sofía abrió los ojos sobresaltada.
Respiraba con dificultad.
Bianca seguía frente a ella.
—Lo viste.
No era una pregunta.
Era una afirmación.
Sofía llevó una mano a su pecho.
Todavía sentía el calor de las llamas.
—¿Qué fue eso?
—Un recuerdo.
—No era mío.
—Tal vez no de esta vida.
Sofía dio un paso atrás.
—No voy a creer eso.
Bianca no discutió.
Simplemente señaló la llave.
Ahora brillaba con una luz azul muy tenue.
—Ella te eligió.
Antes de que Sofía pudiera responder, un estruendo sacudió toda la habitación.
Las paredes temblaron.
Polvo y pequeñas piedras comenzaron a caer del techo.
Bianca palideció.
—Nos encontraron.
—¿Quiénes?
La anciana no respondió.
Corrió hacia un viejo armario y sacó un pequeño medallón de plata.
En el centro tenía grabada la misma estrella de la llave.
—Tómalo.
—¿Qué hace?
—Todavía no lo sé.
Sofía la miró confundida.
—¿Cómo que no lo sabe?
Bianca sonrió con tristeza.
—Cada dueño descubre su poder cuando llega el momento.
Los golpes comenzaron otra vez.
Pero ahora no venían de la puerta.
Venían de todas partes.
Como si alguien caminara dentro de las paredes.
Una voz grave resonó por todo el escondite.
—Bianca...
Ha pasado demasiado tiempo.
La anciana cerró los ojos.
—No...
No puede ser él.
Sofía sintió que la temperatura descendía bruscamente.
El aire se volvió pesado.
Las velas se apagaron una tras otra.
Y desde el pasillo por donde habían llegado apareció una silueta alta, vestida con un largo abrigo negro.
Su rostro permanecía oculto por la oscuridad.
Solo podían verse unos ojos de un intenso color ámbar.
El desconocido dio un paso al frente.
Miró directamente a Sofía.
Y sonrió.
—Así que tú eres la chica por la que Gael está dispuesto a romper todas las reglas.
La joven sintió un escalofrío.
No conocía a ese hombre.
Pero él parecía conocerla perfectamente.
Bianca dio un paso delante de Sofía, intentando protegerla.
—No dejaré que la toques.
El hombre soltó una risa baja.
—No he venido por ella.
Hizo una pausa.
Luego levantó lentamente la vista hacia Bianca.
—He venido por ti.
Y antes de que cualquiera pudiera reaccionar, las paredes del salón comenzaron a agrietarse, mientras un rugido estremecía los cimientos ocultos de Luna d'Inverno. El tiempo para esconder secretos... acababa de terminar.