Las marionetas del Cyd

12. Las desapariciones de los desprotegidos

Beatrice se quitó los guantes y el chal antes de adentrarse del todo a la oficina. Esa fue la señal de Harris para escaparse, esperaba que para buscar a su manada de lobos.

—Es justo como lo describieron, espero no lo tome como una descortesía —sacó una pequeña libreta de su bolso.

Lista para comenzar una entrevista que no pidió en primer lugar. Mantuvo la mirada firme en todo momento, sus labios en una fina línea. Leonard esbozó una sonrisa que no pudo ocultar de los sagaces ojos de Cyd.

—¿Qué la trae por aquí?

—Es sobre el cuerpo encontrado en la casa del comandante F. Quisiera hacerle algunas preguntas.

Leonard le paso el periodico de ese día. —Intento de robo fallido —señaló el titular junto con una foto de la familia.

—Mi descaro no es tal como para venir con las manos vacías. Leyó mi artículo de la tripulación de La dama blanca, usted también tiene preguntas.

Cyd terminó de leer un archivo y pasó al siguiente.

—Ciertamente es un título muy llamativo y de forma diferente que el de sus colegas. Las ventas no le deben haber favorecido en esta ocasión.

Aunque de por sí era sorprendente lo lejos que llegó el Gerald Xx después de que uno de sus artículos los obligó a cerrar sus puertas. Eran persistentes tenía que concederles eso. No era solo la milicia sino también los mismos ciudadanos quienes querían el lugar cerrado.

—Para Gerald Xx tanto revelar la verdad como vender son importantes —Beatrice miró con disimulo las manos cubiertas de Leonard—. ¿Ha tenido avances con la investigación de la tripulación desaparecida?

Leonard terminó lo que quedaba de su café de un trago. Que podía decir y que no con respecto al comandante. Ellos dejaron en claro que no querían que la policía se involucrara y manipular los medios de tal forma era una especie de advertencia. Intentaban ocultar algo, pero al mismo tiempo aseguraba no tener relación con el hombre.

—¿Por qué el titular? —pregunto en cambio.

—Quieren llamar la atención —fue Cyd quien contestó.

—Ese es el objetivo de cualquier perdiódico. Asumo que no han encontrado nada. ¿Sabía que Marcel Bates se dedicaba a transportar personas?

—Uno de sus negocios, sí.

—No, me refiero a ilegales, hombres buscados por la ley, y entre ellos tenía un grupo selecto que solicitaba sus servicios con regularidad para moverse entre países. Desertores del ejército. ¿Tengo su atención ahora?

Tss. Todos parecían estar mejor informados que la policía y era desconcertante como esa información llegaba a su puerta sin solicitarla. Si esperaba un poco más tal vez el mismo Bates aparecería solo, eso si es que seguía con vida.

Cyd frunció los labios, tenía la vista fija en los documentos y estaba tan quieto que podría pasar por una estatua.

—Parece saber más que la policía —apoyó los codos sobre la mesa y entrelazo los dedos—. Continúe.

—Hay un grupo de soldados que tenía un viaje programado para dentro de un mes. Dos de ellos desaparecieron y el tercero, puede o no, haber sido encontrado en la casa de un alto mando del ejército.

La relación entre los susodichos era algo que ya se lo había planteado, eran demasiadas coincidencias. Casi veinticuatro horas después de que el barco llegara a puerto encontraron al soldado. Solo que varias cosas no tenían sentido: la primera, ¿cómo movieron el cuerpo sin que nadie lo notara? Segundo: ¿Por qué lo movieron?

—¿Dónde se encuentran los restantes?

Beatrice negó con la cabeza. —Esto no funciona así, inspector. Ahora es su turno —un fuerte viento entró por la ventana, levantó los papeles sueltos y los dejó caer de forma desordenada—. ¿Le molesta?

Leonard hizo el amago de levantarse para cerrar la ventana antes de ser interrumpido y caer de nuevo en el asiento.

—Mucho —Cyd sonrió con dulzura—. Me gusta sentir la brisa, me recuerda a casa.

—Sabemos que no fue un robo lo que le pasó al barco de Bates. Toda la mercancía registrada estaba intacta. Lo más extraño que encontramos fue un ataúd y la falta de cuerpos.

Si el soldado estaba en el barco la hora de muerte debía de ser cercana a la hora en que se dio el aviso. Pero la escena no coincidia con la que describió el forense, a menos que el soldado fuera en el ataúd y no como un pasajero.

Beatrice se aferró a su crucifijo. —No es suficiente. ¿Qué me dice del cuerpo que encontraron? ¿Lograron identificarlo?

—Es todo lo que puedo darle por ahora. No obstante, si me dice todo lo que sabe le prometo que será la primera en enterarse cuando el caso esté cerrado.

—No confió en la palabra de un hombre ni mucho menos un policía.

Desde el otro lado de la oficina, Cyd asintió en acuerdo.

—Estas son cartas que nos enviaron—guardó la libreta y sacó un montón de papeles doblados—, contienen datos de las personas que han desaparecido en los últimos meses y que la policía ha ignorado. Demuestreme que es diferente, que no va a ignorar a estas personas como el resto.

***




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