Las Oscuras Aventuras De La Siniestra Cindy

4. LA HISTORIA DEL SEÑOR POETA

CAPÍTULO 4

LA HISTORIA DEL SEÑOR POETA

Cindy empieza a adentrarse en el mundo de los muertos

 

Cuando la puerta de su cabaña retumbó mientras alguien llamaba a la puerta, el señor Poeta, asustado tal vez por un remordimiento de consciencia, tomó un hacha que guardaba en la alacena de la cocina y abrió la puerta lentamente. Una grotesca sonrisa se dibujo en su rostro al descubrir que era Cindy quien llamaba a la puerta.

–¡Pequeña Cindy, Has venido!– clamó mirándola con sus malignos ojos amarillos –Vamos, adelante, pasa. Toma asiento. Te presentaré a mis amigos ahora mismo.

Adentro estaba el conjunto de personas más extrañas que Cindy había visto alguna vez. Extrañamente, también sentía como que se trataba del cuadro más familiar que había conocido.

–¿Gustas una galleta de niño?– le ofreció el señor Poeta.

–¿Son galletas de niños de verdad?– preguntó Cindy.

–Tal vez– dijo el hombre, guardando otra vez el hacha en la alacena –¿Tienes algún inconveniente con eso?

–En absoluto– dijo ella, fingiendo la voz más adulta de la que su garganta seca era capaz –Hay muchos niños guapos en mi clase. Siempre he querido darle un mordisco a uno.

–Entiendo cómo te sientes– dijo sonriendo –A veces los dientes dicen más cosas que la lengua, aunque claro, como poeta, es la lengua la que tengo que hacer expresar con más naturalidad.

–Entiendo cómo se siente– repitió Cindy solemnemente.

–No son galletas de niños, por supuesto– explicó –Son una mezcla fina de lodo, caramelo y suciedad corporal que imitan bastante bien el asqueroso tacto y sabor que tendría la carne de un niño de verdad, pues, nunca sería capaz de llevarme al hijo de alguien más, pero desafortunadamente es lo único que los monstruos[1] podemos comer.

El señor Poeta la llevó a la sala donde sus amigos estaban reunidos ante el fuego de la chimenea. A diferencia de la casa de Paola, en las paredes no había adorno alguno. Lo único que adornaba esa casa eran algunas pieles de oso, montones de libros apilados, un perchero donde estaba parado el búho carinegro que había comprado, y un montón de sillones de apariencia fina sobre los que estaban los extraños personajes.

–Ya te había presentado al señor Titiritero– dijo el anfitrión, tendiendo una palma hacia el elegante varón de esmoquin que estaba a la izquierda, con su siniestro payasito sentado en el regazo.

–¿Qué tal su día, señor Titiritero?– preguntó Cindy mirando al distinguido hombre al rostro.

–Estoy aquí abajo, muchacha– gritó el muñeco con la misma voz chillona que Cindy le había escuchado.

–¿Cómo?– preguntó Cindy, dándose cuenta bajo la luz del fuego de la chimenea, que había un rastro casi imperceptible de cicatrices y costuras en el rostro del marionetista –¿Acaso usted es el titiritero y no el muñeco?

–Resulta que el señor titiritero…

–Yo puedo contar mi historia, si no te molesta– dijo el muñeco en tono gruñón.

–Bueno– dijo el señor Poeta, con algo de tristeza –Adelante pues, amigo mío.

–Yo, o debería decir, ese cuerpo inerte– dijo el payasito señalando con su mano de madera al cadáver del esmoquin –era el mejor artista ambulante que haya recorrido el globo terráqueo. Todos amaban mi show, tenía un itinerario lleno. Los aplausos eran mi alimento diario, hasta que tuve la mala idea de hacer un recorrido por la isla de Man, donde di una función para la tribu de los Tiki Tauks, un grupo casi desconocido de médicos brujos, a quienes, al parecer, no les gustó mi función sobre un médico brujo malo y torpe, y pues, creo que es evidente la forma en que usaron sus embrujos para castigarme.

–¿Lo convirtieron en un muñeco de madera?– preguntó Cindy con interés.

–¡No!– respondió el muñeco –Sólo me mataron. Ignoro la razón por la que mi alma inmortal quedó atrapada dentro de uno de mis títeres, pero ha resultado muy práctico. Pude rescatar mi cuerpo, desenterrarlo, disecarlo y ponerle un esmoquin, y el resultado es el sonriente amigo que me ayuda a pasar desapercibido mientras actúo en la calle. Me gusta llamarlo Señor Hudson, aunque ese no era mi apellido.

–¿Es difícil ser de madera?– preguntó Cindy, buscando continuar la conversación.

–No– respondió el payaso –Me gusta serlo. Es más fácil que ser de carne y hueso como el señor Hudson. ¡Las que se me han armado cuando los policías tratan de llevarnos y descubren que la persona que maneja el títere es un cadáver disecado! Por otra parte, ser el títere y no el titiritero tiene sus ventajas: yo me quedo todos los aplausos.

–Apuesto a que ser de madera tiene muchas ventajas. ¿No es así, señor Leñador?– dijo el señor Poeta, dirigiendo su vista al hombre a la izquierda del señor titiritero.

Se trataba del hombre más musculoso que Cindy había visto en su vida. Llevaba puesta una camisa de cuadros rojos con manga corta, exhibiendo unos brazos tan peludos que parecían de orangután. Sin embargo, y para sorpresa de Cindy, en lugar de cabeza tenía un pedazo de tronco con dos clavos mal colocados a manera de ojos y un corte de hacha que parecía hacerla de boca.




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