El aura en la cafetería era extraña y silenciosa, en resumen, el Cristalizador había vuelto y para todos Lizbeth había desaparecido, nadie la reconocía como la Dama porque tenía un difusor de rostro parecido al de los Guardianes, ellos estaban en el comedor, solo había siete, Daniel aún no iba a sentarse con ellos o les hablaba a menos que fuera necesario.
—¿Saben dónde está Daniel? —dijo Andrés regresando a sentarse acomodando su bota ortopédica— Sigue en el baño.
—¿Quién no iría ahí después de todo? —dijo Amelia.
—Amelia —le reclamó en un susurro Carolina.
—¿Qué? Primero lo evidencian frente casi todo quinto y sexto. Y el odio no ha bajado hacia él, todos siguen creyendo que él tuvo algo que ver.
—Todos aquí sabemos que no es cierto, Lizbeth es la Dama —susurró Abigail la última parte.
—Lo sé, pero sin ninguna forma de probarlo ante la gente sin marcarte como sospechoso de ser Guardián, él está acabado.
—No seas imprudente, Amelia —dijo Verónica con algo de enojo.
—Solo soy realista. Bueno si alguien no hubiera puesto las cosas peor —dijo refiriéndose a Arturo.
—¿Cuál es el problema de decir lo que siento?
—Fue la forma en la que lo dijiste, batearlo fue la cereza del pastel de sus problemas.
Arturo se levantó y se alejó de la mesa.
—Como si hubiera dicho una mentira —seguía comiendo hasta que notó las miradas de sus amigos— ¿Qué?
Arturo fue a los baños decidido en terminar con todo ahí mismo o al menos intentarlo. Llegó a los baños y buscó los pies de Daniel por debajo de los cubículos hasta encontrarlos.
—Daniel tenemos que hablar, todos afuera están preocupados por ti.
Esperó una respuesta, pero nada.
—Lo siento ¿Sabes? Creo que realmente no entiendo cómo te sientes ahora.
—Claro que no lo sabes —se escuchó del cubículo contiguo mientras se abrió la puerta del presunto Daniel que solo era un chico de primero que estaba algo extrañado, como Daniel tenia los pies subidos a la taza no había sido visto—. No tienes una idea de que la gente te mire de esa manera, muchas veces a la gente no le importa hasta que juegan a los compañeros y piensan que te vengaste, o que seas la burla solo por ser como eres. Por eso no quería mostrar esa parte de mí, lo intenté, solo para recibir esto.
Arturo se sentía tan mal como él, la burla a Daniel no era por cómo era, sino por negarlo, todavía ser evidenciado y ridiculizado, esa generación era tan abierta de mente como buena para burlarse de estos, se quedaban por debajo del límite que Lizbeth había decido sobrepasar.
Tendrían que esperar hasta finales de curso en junio del siguiente año para que los demás lo dejaran, pero ¿Quién arreglaría lo de Daniel y Arturo?
Arturo sin nada que intentar se fue— Nos vemos, Daniel.
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Las cañerías olían horrible hasta que la Dama llegó, ella había puesto un aroma floral ahí mientras el Cristalizador “meditaba”. Estaba en posición de loto, pero estaba dormido, usualmente hacia eso, a la Dama le parecía extraño que en su tiempo con él no hubiera probado bocado y ella no tenía hambre, aunque extrañaba la sensación de comer ¿Quién podía pensar en comer teniendo al Cristalizador? ¿Qué le importaría más?
Aun así, no pudo evitar usar el poder de la Flor para invocar una mesa para los dos, iluminada con velas y su comida favorita, hamburguesas de una marca extranjera.
—Amor, el almuerzo está servido —cantó para despertarlo con una sonrisa, el despertó igual de sonriente y se sentó en esas sillas de madera blanca.
—¿Fuiste al exterior? —preguntó algo preocupado.
—Lo invoqué con mi poder, sé que no necesito comer, pero no está demás pasar tiempo contigo —dijo con sus ojos rojos llenos de pasión por él, sacaron las hamburguesas de la bolsa cuando la Dama notó algo extraño en esta, era el logo de la marca, era un hipogrifo dorado hecho en rombos que le recordaban el cristal.
—Tengo una idea para destruirlos ¿Podrías darme un pequeño cristal por favor? —él le creó un cristal purpura que le dio en mano, ella besó el cristal y después tocó este con la Flor haciendo que se envolviera en luz— Este plan lo tenía en mente hace un tiempo, pero ahora no podrán con esto.
El cristal terminó de formarlo y este se abalanzó por los caudales de las cañerías hecho de ese cristal purpura brillante. Ambos solo rieron esperando el final de los héroes.
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“Es increíble que tenga que hacer esto” pensaba Leonardo, un hombre que iba de traje formal gris por una de las calles importantes del centro donde los edificios más altos se alzaban, estaba de camino por su café algo que uno de sus asistentes haría, pero ambos se habían reportado enfermos ese día, por lo que él iba esta vez.
Estaba por entrar a la cafetería hasta que notó unos gritos a lo lejos por la calle algo frecuentada a esa hora del día, se detuvo a mirar y tenía que forzar la vista pues a los treinta y ocho años su vista no era lo mejor, frecuentaba el gimnasio para mantenerse en forma, pero para acostumbrarse a usar sus lentes era otra cosa.