La escuela no era lo mismo desde lo que pasó en la fiesta de Lizbeth, no lo era para Daniel. Arturo podía ver como diario era molestado por todas las cosas que surgieron de eso, no quería ayuda ni mucho menos hacía algo por él mismo. No hablaba con nadie, iba a los entrenamientos, pero era la misma cara todo el tiempo como si en un instante, aquel día, le hubieran arrancado la felicidad.
Comenzó cuando el viernes del ataque del hipogrifo, la clase de Ciencias Sociales estaba por terminar cuando encargó un trabajo en pareja, pero, debido a la ausencia de Lizbeth alguien lo tendría que hacer solo y Daniel no dudó en pedir serlo. El trabajo consistía en una entrevista a un administrador importante o alguien que trabajara en el campo de las humanidades.
La pareja conformada por Arturo y Elena no se ponía de acuerdo con quien entrevistar.
—¿Trabajar en una fábrica cuenta? —preguntó Arturo quien acompañaba a la chica después del ataque, quería un momento a solas y con todo lo que pasó no habían tenido tiempo para plantear como realizar ese trabajo.
—No ¿El cajero de un banco?
—¿El automático?
—No.
—¿Recursos humanos?
—Todos elegirán esa. ¿Secretarios?
—Igual. No vamos a encontrar a nadie original —ante la frustración de Elena, Arturo pensó en una persona.
—Ya sé quién.
—¿Quién?
—N-no te lo puedo decir ahora, pero haré el trabajo y te lo enviaré tan pronto lo tenga.
—¿Estás seguro de que puedes hacerlo solo?
—Confía en mí, solo pediré una cita para mañana temprano.
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—Señor García, tiene una llamada —era Doris, la asistente de Leonardo—, es de Arturo Orozco.
Ese nombre resonó en la cabeza de Leonardo como campanas, recordando lo que pasó poco después de evitar la caída de la torre.
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«Me llamo Arturo Orozco, tengo 17 años y estudio en la prepa oficial», estaban en la cima de un edificio cerca de la torre separados ya de los helicópteros y los demás Guardianes.
«¿Por qué me dices esto?» preguntó Mercurio.
«Solo no quiero que desconfíes de mí, te cuento mi secreto porque sé que lo mantendrás como yo el tuyo».
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—¿Qué es lo que quiere? —“¿Chantajearme?”.
—Solicita una cita para entrevistarlo.
—Ah —soltó sorprendido—, dile que mañana a las cinco y media de la mañana… O nada.
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Un sábado por la mañana era perfecto para una entrevista, pero salir a las cinco de la mañana de tu casa con las prisas de tu vida no lo era, Arturo corría por las calles de la ciudad llegando al centro para su entrevista tan anhelada, llegó a la hora acordada a las puertas del edificio y se sorprendió de ver tanta gente trabajando a esas horas. Entró a recepción y la gente se movía relajada y tranquila como peces en una caja de cristal. Arturo llegó con el recepcionista que lo dirigió con Doris.
—Tú debes ser Arturo Orozco —era una mujer cercana a los cincuenta, cabello corto negro y rizado, usaba lentes puntiagudos de armazón rojo que combinaba con el suéter de lana que llevaba ese día.
—Sí, señora —respondió Arturo que ese día había decidido llevar su uniforme de trabajo para parecer lo más formal posible, igual desde la explosión en la Torre Flor nadie había regresado a labores más que los constructores, y aunque la terminaran, no había Flor que exponer.
Ambos fueron por el ascensor y subieron hasta los últimos pisos, estaba lleno de cubículos de oficinistas que iban a lo suyo de lo más relajados o tratando de descansar porque era obvio el cansancio de estar trabajando ya a esa hora.
—¿Y el señor Leonardo? —le preguntó Arturo a la secretaria.
—Su hora de llegada es a las seis, pero insistió que esperara por él.
—Está… bien.
Al final del piso estaba un hueco para dos puertas donde se podía ver una oficina mientras que por afuera estaban los dos escritorios para los asistentes que uno era ocupado por un hombre delgado y de piel morena que tecleaba en su computadora como si nada pasará delante de él.
Arturo solo miró al hombre unos segundos para ver pronto ver su cara cambiar al miedo— Está por llegar —pronunció y Doris se apresuró a su escritorio a acomodar unos papeles mientras el hombre tecleaba tan rápido que sus dedos humeaban, el lenguaje corporal de los dos asistentes propagó como pólvora la noticia y de inmediato cada oficinista comenzó a ordenar cosas, acomodar papeles y limpiar escritorios.
Arturo miraba incrédulo la escena recordando que en su anterior escuela el profesor de inglés era tan estricto que provocaba estos mismos comportamientos en cada uno de sus estudiantes, usando un miedo infundido solo con la mirada; él se mantenía calmado en sus clases y se la pasaba muy bien por ya saber inglés desde tan chico gracias a su madre.
Pronto el ascensor se abrió, el fuego de los murmullos y acomodos fue apagado como la flama de una vela al verlo, aquel hombre que Arturo conoció inconsciente e indefenso estaba frente a él con la misma imponencia que cuando era Mercurio, cabeza en alto y miradas con un hilo despectivo a cada uno de los trabajadores que forzaban buena cara mientras trabajaban.