La mañana era cálida, acompañada de fríos vientos de noviembre, se sentirían de no ser porque María a esas horas tenía una clase en laboratorio, la profesora dejó los alumnos terminando unos trabajos, María estaba junto su cercana amiga, Alondra, la cual estaba tratando de no distraerse en el tiempo, casi que le urgía irse.
—¿Qué te pasa, Alondra? —le preguntó María desde el otro lado de la mesa.
—No es nada… —dijo moviendo su cola de caballo castaña a su espalda y bajando la mirada a su cuaderno para escribir cualquier cosa.
—¿Me vas a decir? —entonces escuchó que María hizo crujir algo en su boca.
—¿Estás comiendo?
—No —dijo acercándose, mostrando que en los bolsillos de la bata traía una pequeña bolsa de churros—, ni tú —dijo ofreciéndole, Alondra lo tomó conteniendo la risa y finalmente decidió decirle.
—Es mi madre… Otra vez está enferma.
—Qué mal ¿Por qué no me lo dijiste?
—Tú tienes tus propios problemas —le dijo Alondra, María no era de comparar problemas, ni siquiera siendo tan similares—, tengo que esforzarme al doble hoy.
—¿Te refieres a tu “trabajo”?
—Claro que me refiero a eso, no he conseguido nada bueno aún, salir vestida así a la calle es lo que le da sustento a mi familia y no me queda de otra, alguien tiene que pagar todo.
—Mira, te puedo ayudar.
—¿Cómo?
—Puedes irte ahora, ya yo arreglo lo del trabajo y tus tareas de hoy.
—No puedo dejar que hagas eso…
—Siempre te va bien, ¿Qué es solo copiar mis tareas a tu libreta? Anda, ve ya.
—Ay no sé cómo te voy a pagar esto —dijo abrazándola.
—No es nada, ya vete —le dijo María con una sonrisa, la amiga se despidió y se fue casi hecha fuego, los pocos compañeros que estaban ahí ni siquiera preguntaron a donde iba, casi que todos ahí sabían a que se dedicaba. Y no es como que les importara, para ellos era solo su futura competencia laboral. Para María era lo contrario, odiaba pensar de esa manera tan horrible, ella prefería tener buenas relaciones con sus compañeros y tal vez en un futuro tener buenas conexiones laborales, como su padre, Fernando, cuyo empleo lo había obtenido por sus amigos en la facultad.
Era cerca de la una de la tarde, esa clase acababa y la siguiente era libre por lo que María ya lo había ocupado en sus planes, ir a comer con su padre aprovechando su horario de comida.
El auto del señor ya esperaba afuera cuando María salía con su mochila algo más cargada de lo habitual, por las libretas de su amiga, llegó al pequeño auto color gris y saludó a su padre desde la ventanilla.
—Hola, papá —dijo entrando y dándole un beso en la mejilla, el señor revisaba unos papeles, pero no lo distrajo de saludar a su hija.
—Hola hija. ¿No te molesta que vaya a atender un pequeño problema antes de comer?
—¿Y eso? ¿Creí que era tu hora de comida?
—Lo es, pero créeme cuando te digo que después de esto… me sabrá mejor la comida —una sonrisa malévola se dibujaba en un rostro, pero a ella no le importaba mucho, al final le gustaba que estuviera feliz.
María no entendía bien lo que pasaba, no sabía mucho de lo que su padre hacía en su trabajo, usualmente se lo contaba a su madre, pero ahora seguía hospitalizada en Guanajuato, María había aprovechado aquel mes para visitarla los fines de semana, pero ahora con la Joyera se limitaba a llamarla.
El camino fue silencioso por los pasajeros, pero la radio sonaba distrayendo sus temas de conversación.
—Por cierto, mamá llamó —le recordó María.
—Si me contó esta mañana, qué quería que le llevara otro libro de minerales hasta allá.
—Oh, bien.
—Y preguntó por ti.
—Lo sé, lo malo es que nos han dejado mucha tarea así que no voy a poder ir este fin —mintió con facilidad.
—Bien, yo le llevaré su libro —lo bueno era que trabaja en gobierno lo que le daba los fines de semana libres para poder ir a ver a su esposa.
Al final llegaron a un edificio que le pareció familiar a María, hasta que recordó que ahí vivía Arturo, aunque planeaba quedarse en el auto prefirió salir a saludar en lo que su padre arreglaba sus asuntos.
—Aquí vive un amigo.
—¿En serio? Yo tengo que arreglar unas cosas aquí —ambos bajaron y entraron al edificio, el guardia reconoció al señor José Fernando y no tuvo que preguntar por María tampoco, ambos subieron por el ascensor y se sorprendieron de ir al mismo piso, el ascensor se detuvo en el octavo piso y ambos se asustaban cada vez que daban un paso en la misma dirección al mismo departamento del piso.
—¿Vienes a ver a Arturo? —le preguntó María sorprendida y algo asustada.
—Sí, no sabía que lo conocías.
—¿Qué pasa con él?
—Ya lo verás —tocó la puerta de madera oscura un par de veces, y pronto sin preguntar Arturo abrió la puerta sabiendo quien era, solo conocía a una persona tan molesta que tocaba con ese ritmo.