Los días habían pasado, en esta época del año ya con el día de la revolución pasado, los aires navideños comenzarían a respirarse, pero… no se sentía nada. El ambiente había cambiado por completo, se sentía distinto a otros días, de hecho, era único. El primer ataque que había dejado tanta gente muerta, seguido solamente por el anterior.
Era incertidumbre, pensar con que más podría venir la Joyera y que tan bélico sería podía tensarle la piel a cualquiera.
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El día era nublado, pero no los detenía de entrenar bajo el techo laminoso del gimnasio. Practicaban con sus habilidades potenciadas, esperaban que pronto aparecieran, pero eran eventualmente interrumpidos por plantas.
—Una vez más —dijo Queen sosteniendo su corona a altura de sus hombros, mostrando el circulo que formaba como una forma de puntería, recién le había arrancado un montón de hierbajos que crecieron alrededor por culpa de Inora, la cual a unos cinco metros practicaba puntería con semillas potenciadas por ella.
La consigna era sencilla, la semilla tenía que pasar por el aro de la corona y abrirse tras pasarlo formando una rosa, el problema, en los cuarenta y tres intentos que llevaban la semilla explotaba en ramas antes o en el aro, y en otras ocasiones creaba una enredadera en el suelo pasando el aro.
Inora lanzó la semilla y justo pasando la corona creó un montón de lianas soltando un gritó de desesperación por parte de Queen, enojada arrancó las lianas y las lanzó detrás de ella llegando a pies de Hakai, él cual tranquilo se tomaba el tiempo para deshacer las enredaderas con su poder.
—Lo siento.
—¿Cómo te lo digo?… Como buena amiga, por favor, hazlo bien… Necesitamos que controles tu poder, tarde o temprano será un problema.
—Lo sé… Lo siento. A este ritmo será la que no tenga su Habilidad Especial.
—Ni hablemos de las finales —le dijo Hakai desde el fondo—, tal vez si alguien tuviera su libro podríamos estar trabajando en estas.
—No es como que lo perdiera, encontré la Piedra así.
—¿Eso también no te deja sin Instinto? —le preguntó el mismo.
—Tú también eres nueva generación —le recordó, una manera del libro en referirse a alguien que obtenía su Piedra después de que el anterior portador muriera usándola.
—Yo no necesito el Instinto, y no quisiera verte usarlo, de por si tu poder se descontrola, imagínate todas esas almas unidas.
—¡Ya basta! —le gritó la chica— ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¿Crees que no olvido lo que pasó con aquella computadora?
—Tú misma lo dijiste, era una computadora que no habría dudado en matarnos, sino fuera por Arturo y Amelia, estarías muerta ya que te recuerdo que quien controlaba ese avión era esa maldita maquina ¿Entiendes? Una máquina.
—Al menos quise intentar.
—Bueno, intenta convencer al siguiente que trate de matarnos —se levantó de donde estaba dejando las plantas a medio destruir, entonces llegó Arturo con una triste Elena que solo miraba el suelo.
—¿Todo bien?
—No en realidad.
—¿Quieres hablar sobre eso?
—Más tarde —dijo y se apartó de él, Arturo esperaba que con más tarde se refiriera a después de la junta, atípicamente, Gisela les pidió hacer una conferencia con ella a través de videollamada por lo que a medio entrenamiento asistirían a la biblioteca donde lo harían.
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Las ajetreadas calles del centro habían vuelto a la normalidad, la gente circulaba por las aceras mientras los autos solo llenaban más el aire de toxinas, eso consterna bastante a una mujer joven que iba por la calle sosteniendo una gran cantidad de papeles, sus ropas, holgadas y de colores suaves estaban libres de lo que llamaba crueldad, y buscaba reducirla, purificar este mundo de su hiperconsumo.
Esa era su agenda política, no era extremista, buscaba unir a la gente de mente abierta, pero muchas veces las mentes cerradas le recordaban algo horrible del ser humano, no tener capacidad de cambio.
—Tenga uno, por favor —decía a los transeúntes que pasaban frente ella, unos lo tomaban, otros la ignoraban, pero seguía ahí en pie, fue entonces cuando comenzó.
La lluvia cayó de la nada haciendo a todos correr, solo quedaron los pocos que se previnieron con un paraguas, para la chica en este caso, estuvo lo suficiente. Lo abrió con rapidez protegiendo sus papeles que solo se mojaron un poco, pero con ambas manos ocupadas mejor lo dejó por ese día.
Caminó a la solitaria Plaza Central donde le pareció extraño una cosa, una banca era protegida de la lluvia por una marquesina. Aun así, tenía una mujer sentada con un paraguas negro que no dejaba ver parte de su cara.
La chica se sentó junto ella esperando que la lluvia parara para seguir enviando su mensaje, miró a la mujer, su mirada era fría, pero veía con una sonrisa a la lluvia caer, formando charcos reflejantes que mostraban la Torre Flor en reconstrucción y el edifico de la alcaldía.
No sabría decir si miraba la lluvia o buscaba algo en ella, o tal vez solo pensaba en otras cosas de su vida diaria, era extraña.
—Disculpe, señora… No le interesa una vida libre de desperdicios —ella giró a verla, sus ojos azules la miraron y tenían un brillo extraño.