—Bien, Arturo. Sigue así —un joven Arturo de unos diez años movía una réplica de su espada de luz, estaba hecha de metal con un mango de cuero, aunque al chico no le importaba. Su cara era seria mientras hacia los movimientos sobre ese jardín con el radiante árbol al centro de este. A petición de la mujer presente, el chico golpeaba los objetivos en forma de platos de madera colgados de las ramas. Hacía unos años solo lograba darle golpes que las alzaba algo alto por la fuerza ahora con la espada las estaba cortando.
“¿Quién es él?” pensaba el Guardián, era Arturo de diecisiete años usando la armadura, estaba observando a ese niño y se sentía extrañado, luego miró a su madre feliz con el progreso de su hijo.
—Gale… ¿No crees qué lo hace genial? —se miró a sí mismo, la armadura había desaparecido y la Piedra estaba ahí colgando. Estaba de un color verde agua tan oscuro que parecía otro color.
“¿Quién soy yo?” se preguntó.
—Aquí… —dijo una voz que no sabía de donde conocía, un hombre adulto con un antifaz de cristal apareció detrás de él tomándolo de los hombros— tú eres Gale.
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—La situación es crítica ahora, no encontramos a Carolina y Arturo no parece que vaya a despertar, lo mejor que ahora puedes hacer es descansar —le dijo Leonardo a Elena, ellos junto a Matsumoto estaban en Monterrey, en la torre de la Unión donde transfirieron a Arturo para protegerlo, solo habían pasado un par de días y ya era jueves. En esos días Elena no había asistido a la escuela, solo se fue a asear y cambiar su ropa a su casa, pero rara vez dejaba el turno de cuidar, y si lo hacía se quedaba en el hospital.
—La Joyera sabe quién es Arturo, solo de vista al menos, y no creo que un traslado lo ponga muy a salvo.
—Tienes una vida más allá de esto, aún es temprano, ve a tu casa y descansa, al menos un día duerme bien.
—… No sé si deba.
—A Arturo no le gustaría esto, lo sabes, ahora que está aquí él está a salvo.
—Espero… Pero volveré mañana.
—Bien, pero ve ya. Ah, por cierto, las comunicaciones de la sede estarán en mantenimiento, así que deben estar pendientes a cualquier cosa ¿Ok?
—Claro.
Elena le costó, pero reconoció que necesitaba dormir, habían sido días agotadores y en su parte llenos de estrés e incertidumbre. Un helicóptero de la Unión la escoltó a un helipuerto en Nuevo San Bernardo, ahí fue a su casa y le sorprendió lo fácil que logró dormir.
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Gale, el par de adultos y el pequeño Arturo estaban en la mesa, ambos chicos estaban muy serios. Y el primero en especial porque no entendía nada.
—¿Te adaptaste ya a esa cama? —preguntó el hombre, Gale sabía que era su padre, pero no lo sentía así. Era como si su lucidez mental fuera y viniera.
—Emm… Lo siento, pero no recuerdo que me pasó.
—Te dije que había que llevarlo al hospital —replicó la mujer a su esposo—. Tu cabeza debe estar afectada.
—Al parecer te diste un fuerte golpe ¿Recuerdas? Te encontramos frente el edificio Laguna —la mente de Gale fue acribillada por los recuerdos de su batalla contra Vanisher que le provocaron un dolor en la cabeza, recordó estar en el suelo frente aquel edificio.
—Sí, de no ser por Arturito, tal vez te hubiéramos dejado ahí. Pero se dio cuenta que tenías una Piedra como yo —dijo la mujer sacando una caja pequeña del saco que usaba mostrando la Piedra verde agua, era más pequeña y no tenía las ahora difusas líneas negras—. Noté que es poderosa, pero no sé exactamente cuál es su poder.
—La verdad es que… No lo recuerdo —mintió, sabía que decir que era la del viento también podría ser problemático. El niño no lo dejaba de mirar con una seriedad penetrante.
—Bueno, la Piedra y su regeneración deberán deshacer el daño ¿No? —preguntó el hombre que al parecer conocía bien sobre las Piedras.
—Exactamente, espero que pronto te sientas mejor y nos puedas hablar de tu situación.
—Yo también, aunque… Siento que no debería recordarlo o que… No quiero hacerlo —los adultos lo miraron extrañados.
Ya con una mejor visión del entorno miró que usaba ropa que no había visto nunca, o al menos así la sentía, una camisa de verde oscuro y un pantalón deportivo holgado color gris. Volteó a un lado para mirarse reflejado en una vitrina, poco a poco se difuminó cambiando al de un hombre con traje militar y ese antifaz de cristal.
—¿Qué pasa, Gale? Lindos momentos ¿No? —le dijo con una sonrisa.
—Deja de mirarlo —le dijo el pequeño Arturo con alta seriedad y en lo que se giró el otro a verlo, aquel hombre de antifaz había desaparecido.
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Todos en la escuela habían preparado en el patio las mesas listas para la exposición de arte, una que se celebraba por lo del dos y veinte de noviembre, aunque debido a los ataques no habían hecho más que retrasarla. Con dos días sin ataques parecía un buen momento ya.
Elena se presentó no con mucha energía en la escuela sorprendiendo a todos.
—Hola, ¿Qué haces aquí? —le preguntó su mejor amiga sorprendida, pero feliz por ello, la saludó de beso y la otra apenas se movió.