La ciudad estaba lejos de estar bien y los Guardianes tampoco estaban mejor, el ataque de Frozzer despertó cierta inseguridad en la gente, una vez más un Guardián había sido orillado a la derrota, no querían imaginar que pensarían de saber el estado de Queen. Ahora la gente pedía una respuesta en alcaldía, le exigían al alcalde seguridad y este ni se dignaba en aparecer ni decir nada. La gente estaba preocupada y los Guardianes de la misma forma.
En la mesa de la sala de juntas un asiento estaba vacío, ya iba cuatro días desde el ataque y su amiga Amelia seguía en su misma situación. La junta semanal no estaba muy lejos de terminar, al contrario.
—Respecto a la protesta que hay frente a alcaldía, el mismo alcalde ha pedido ayuda de los Guardianes para disiparla, pero he hecho caso omiso obviamente. No es nuestro problema en realidad.
—¿No será un problema con la Policía después? —preguntó Abigail preocupada.
—Tienen el respaldo de todas las naciones unidas, no creo que una alcaldía municipal pueda hacer algo.
—Si podemos confiar en ellos —dijo Andrés sin pensar.
—¿Qué dijiste?
—¡Andrés! —regañó Abigail junto a todos los demás enojados por su comentario.
—Lo siento, lo dije sin pensar.
—Ya lo notamos —dijeron en coro.
—Entonces ya lo saben… no les mentiré, era un punto para discutir en la junta, pero no quería abordarlo la verdad. Pero como supongo saben que sufrimos una clara traición o infiltración dentro de la Unión, he investigado como he podido, pero me resulta difícil cerrar el rango de sospechosos, no es alguien de rango menor, tenía permisos altos, pero los de altos rangos ya he logrado descartarlos.
—Entonces se trata de alguien con un rango menor pero no bajo —sugirió Matsumoto.
—Exacto, agente, lo que nos deja esas personas que son más de cincuenta empleados.
—¿Eso no nos pone en riesgo? Es decir, nuestras identidades están en la base de datos de la Unión, los mismos con los que nos contactaron.
—Exacto, agente Leonardo, pero sus datos como Guardianes están encriptados y solo tengo acceso yo y los conoce Perla. De ahí en más, la base de datos los muestra al mismo rango de empleado que el agente Ricardo.
—Uff, ya me había preocupado —soltó María.
—¿Y no desconfías de ella? —siguió Matsumoto, María le dio un codazo, pero él no quitó su postura.
—Claro que no, ella está más que descartada —él no pudo de dejar de mirarla con su sonrisa como que quería ver si con su simple mirada pudiera sacar un ápice de duda, pero aun así falló irremediablemente—. Es todo por hoy, gracias por venir.
Presionó un botón y la llamada se colgó, ellos se levantaron un poco felices de haber terminado, quería decir que el resto del día podrían descansar.
—Matsu, ¿Podrías ayudarme en algo? —le preguntó María mientras todos se levantaban.
—¿Qué pasa?
—Necesito un libro de biología celular. Y como trabajas en la biblioteca de la uni creí que sabrías donde esta.
—¿Autor?
—Mario Monteplata.
—Esos libros no están aquí… Déjame preguntarle a Marco, él debe saber. ¿Eh, Marco?
—¿Qué pasa?
—¿Tenemos de libros de Monteplata aquí?
—Eh… sí, pero están guardados —soltó un quejido de su estómago, seguido de un gruñido sonoro—. Lo siento, no salí a comer por atender al gentío que está en finales.
—Por eso ocupo el libro.
—Mira, puedo sacar el libro, pero podrían traerme algo de comer.
—Vale, yo igual quiero algo, vamos, María.
—Si invitas por supuesto —ambos salieron de la sala y se despidieron para ir rápido por algo. Otro día normal en su vida.
◊
—Señor, la gente sigue esperando por usted —dijo un hombre serio a su jefe y alcalde.
—No es mi problema, la seguridad ahora es problema de los Guardianes y la Policía. Y hablando de eso ¿Dónde están? Pedí que los llamaran hace horas.
—Han mandado una negativa, “Los problemas políticos no les conciernen”.
—Vaya tontería, primero convierten la ciudad en un campo de guerra y ahora se ponen nenas, si dependiera de mí, los desaparecería —e hizo un chasquido—. Como cuando desaparecimos a esos manifestantes, o al idiota que creyó que me quitaría la reelección.
—Señor, cuide sus palabras.
—Sé que eras su asistente, pero ya déjalo en el pasado, eras consciente de eso cuando viniste por el puesto.
—Lo sé, me retiro.
—Adiós —con desdén lo dejó para seguir haciendo sus cosas. Pasaron los minutos y cada vez más se escuchaban gritos desde afuera— ¿Eh?
◊
—¿Qué? No puede ser —dijo María yendo por la calle mientras miraba su teléfono.
—¿Qué pasa?
—Mira lo que le dijo el alcalde.
Le mostró el video en cuestión que circulaba, se veía parte de la oficina central donde el alcalde estaba, y la conversación comenzó justo cuando cierta persona entró en el lugar, dejando oír todas las atrocidades que había dicho.