Ya había alistado todo cuando Stayler me pasó una bolsita de color morado, con unas pequeñas perlas alrededor. Era pequeña, más o menos del tamaño de mi mano.
—Ábrela.
Dijo Stayler mientras me la entregaba. La abrí y dentro había cinco monedas de oro, doce monedas de cobre y dos de plata.
—Lo cual da un total de...
Antes de que mi cerebro pudiera terminar de sumar, Stayler contestó:
—Un total de 532 cobres. Aunque, a este paso, te vas a enredar y terminarás perdiéndolo todo. Es mejor que manejes cada moneda por separado. Una cosa es el oro, otra la plata y otra el cobre. Como lo dijiste: cinco de oro, dos de plata y doce de cobre. Así no te vas a enredar.
—Sí, pero déjame pensar aunque sea un momento, sabelotodo.
Lo miré. Tenía una cara de presumido que me daban ganas de darle un pequeño golpe en la cabeza.
—Te doy poco porque probablemente te lo vas a gastar todo. Y no tengo mucha fe en que seas capaz de conservar siquiera la mitad de lo que te doy.
—¡Jajaja! Qué gracioso. Ya vas a ver que sí sé utilizarlo.
—No vas a poder.
—¡Sí voy a poder!
—No, no vas a poder.
—¡Que sí, cara de presumido!
Stayler soltó una pequeña sonrisa.
—Bueno, entonces vamos.
Se volteó y se dirigió hacia la entrada de la cabaña para salir. Yo me volteé hacia el mostrador y sacudí la mano con alegría.
—¡Bye, Coinner! ¡Nos vemos!
Coinner me miró con los ojos cerrados y una sonrisa que transmitía calma.
—Adiós, Rubhy. Que te vaya bien.
Luego salimos.
Y...
¡Ah, qué emoción!
Era como si fuera una niña pequeña viendo cosas hermosas por primera vez. Apenas habíamos avanzado unos diez metros desde la cabaña de Coinner y ya parecía que estábamos en medio de un festival.
Había de todo.
Tiendas, restaurantes, pequeños puestos de comida, parques, fuentes, lagos... ¡De todo!
—Cuidado con perderte. Primero te voy a enseñar todo el lugar.
Nos pusimos a caminar.
Y caminamos.
Y caminamos muchísimo.
Había tantas cosas que no sabía hacia dónde mirar. Cada calle parecía tener algo nuevo y, mientras más avanzábamos, más quería conocer.
Después de mucho tiempo, mis piernas finalmente decidieron rendirse.
Me detuve y me apoyé contra una pared.
—Ah... espera... estoy cansada. ¿Cómo puedes caminar tanto?
Mi cuerpo estaba agotado y mis piernas ya ni siquiera querían reaccionar.
Stayler me miró como si aquello fuera lo más extraño del mundo.
—Wow. Tienes muy poca resistencia. Aquí hasta un niño puede correr todo esto sin cansarse.
—¡¿Qué?!
No respondió. Simplemente se dirigió hacia una de las tiendas cercanas.
Unos minutos después regresó con una botella.
—Toma. Es té de jamaica con menta. Te ayudará a refrescarte.
Agarré la botella y bebí rápidamente.
Y entonces...
¡PUM!
Sentí como si la energía regresara de golpe a mi cuerpo.
—¡Ahhh! ¡Volví a tener energía!
Stayler me observó con una expresión tranquila.
—Bien. Ya hemos recorrido la mitad de Ebonia. Pienso que ya no te vas a perder. Ahora que conoces el lugar, puedes hacer lo que quieras.
—¿En serio?
Miré a mi alrededor emocionada.
—Pero no sé qué hora es.
Stayler sacó un pequeño reloj.
—Toma. Es un reloj de mano. A las once de la noche nos vemos en el Lago de los Cisnes. Ya sabes cuál es. El que tiene las dos rocas gigantes con forma de cisnes.
—Ah, ok. ¡Nos vemos!
Me di la vuelta.
Pero cuando quise volver a preguntarle algo a Stayler...
Ya no estaba.
—¿Eh?
Miré hacia los lados.
Aunque, pensándolo bien, era normal. Había demasiadas personas caminando por las calles.
—Bueno...
Seguí caminando.
No sabía por dónde empezar. Había tantas cosas que quería ver que terminé caminando sin rumbo.
Hasta que me detuve frente a una tienda.
Mis ojos se iluminaron.
—¡¿Chocolate?!
Después de caminar tanto sin saber hacia dónde ir, había encontrado una tienda de chocolate.
Y no era simplemente una tienda que vendía chocolates.
¡Parecía una panadería hecha completamente de chocolate!
—¡Ah, qué emoción!
Entré rápidamente.
—Buenas... con permiso.
El lugar era precioso.
Todo se veía elegante y delicado. Había vitrinas llenas de diferentes tipos de dulces, pasteles y chocolates. Incluso había mesas pequeñas para que los clientes pudieran sentarse.
—Me voy a sentar por aquí...
Tomé asiento mientras seguía mirando todo a mi alrededor.
Poco después, una de las chicas que atendía se acercó y me entregó una carta.
—Hola, mucho gusto. ¿Qué hay...? O sea, ¿qué menú tienen?
La chica pareció ponerse nerviosa.
—Eh... eh... mi... mira, este es el mani... digo, el menú...
Me entregó la carta con las manos ligeramente temblorosas.
Sus ojos se hicieron pequeños y parecía estar demasiado nerviosa.
—¿Estás bien?
Le pregunté mientras revisaba el menú.
—Eh... sí, estoy bien. So... solo que... tengo muchos nervios.
—¿En serio?
Levanté la mirada.
—Una pregunta. ¿Te puedo invitar algo de comer?
La chica se quedó quieta durante unos segundos.
—Ah... sí. Si tú quieres... pienso... creo que...
Parecía que no sabía qué decir.
—Entonces quiero esto.
Le señalé lo que quería en el menú.
La chica asintió rápidamente y tomó nota de mi pedido.
Aunque estaba muy nerviosa, era bastante ágil. Anotó todo rápidamente y se marchó.
Poco después regresó con mi pedido.
—¡Wooow! ¡Qué rico!
Empecé a comer con entusiasmo.
La chica, sin embargo, se quedó parada frente a la mesa.
La miré.
—¿Puedes sentarte? No hay problema.
Ella abrió un poco los ojos, sorprendida.
—¿Yo?
—Sí. ¿Por qué no?
Se quedó dudando unos segundos antes de sentarse lentamente frente a mí.
Editado: 07.10.2026