Las Raíces de un Mundo Desconocido

capitulo 10

¡Uf! Salí llena. ¡Estuvo muy rico!

Seguí caminando sin rumbo fijo. Pasé cerca de un mercado donde había muchos caramelos, lupas, collares, etc.

Vi un collar que en el centro tenía una hermosa gema de esmeralda. ¡Era hermoso! Lo quería.

Todavía tenía las cinco monedas de oro, pero con el postre me gasté una de plata y dos de cobre, así que me quedaban una de plata y diez de cobre.

—Mucho gusto, señor. Una pregunta, ¿cuánto vale el collar?

Era un señor de edad avanzada.

—Hola, jovencita. ¿Cómo está? Se ve que no es de por acá. El collar vale dos monedas de oro.

—¿Tanto? ¿Por qué?

El anciano soltó una pequeña carcajada mientras acariciaba su larga barba gris.

—¡Ja, ja, ja! Veo que tienes buen ojo, jovencita. No cualquiera se detiene a admirar una joya como esta.

Tomó el collar con delicadeza y lo levantó frente a mí, haciendo que la gema verde brillara bajo la luz del sol.

—Verás, pequeña, esta no es una esmeralda cualquiera. Fue extraída de las profundidades de las montañas del este, donde los mineros deben trabajar durante meses para encontrar una sola piedra de semejante pureza. ¡Observa su color! ¡Su brillo! Es prácticamente imposible encontrar otra igual.

El señor hablaba con tanta seguridad que terminé acercándome un poco más para observarla.

—Además, el collar fue elaborado por un artesano élfico. ¿Sabes lo difícil que es conseguir una joya hecha por esas manos? Los elfos no trabajan para cualquiera, jovencita.

—Ohhh, ¿entonces es un collar mágico?

El anciano se quedó callado por un instante, pero enseguida sonrió.

—¡Por supuesto que sí! Bueno... no exactamente. Digamos que posee una energía especial. Se dice que las esmeraldas de esta clase atraen la buena fortuna y protegen a sus dueños de las desgracias.

—¿En serio?

—¡Tan cierto como que estoy aquí frente a ti! Y créeme, muchacha, dos monedas de oro es prácticamente regalarlo. En cualquier otra tienda te cobrarían tres, ¡incluso cuatro monedas de oro!

Volví a mirar el collar. La verdad era que me parecía precioso, especialmente por aquella gema verde que colgaba en el centro.

—Mmm... pero sigue siendo mucho dinero.

El anciano suspiró dramáticamente y negó con la cabeza.

—Ay, jovencita, las cosas verdaderamente valiosas nunca son baratas. Aunque, si te soy sincero, me da un poco de pena vender una joya tan extraordinaria por tan poco. Pero pareces una buena muchacha y hoy me siento generoso.

—Bueno, me lo llevo.

Le pasé las monedas de oro y el señor sonrió de una manera muy rara.

Me coloqué el collar, seguí avanzando y compré chocolates. También olí una fragancia muy rica que me recordaba a mi loción favorita de vainilla y coco, así que también la compré.

Me quedaron dos monedas de oro y diez de cobre. Las dos de plata ya me las había gastado.

Mientras caminaba, miré el reloj y eran las 9:30 p. m. Entonces me fui dirigiendo hacia el Lago de los Cisnes.

Volví a mirar el reloj y recordé la tienda donde hacían varios tipos de chocolates. Me puse feliz y salté porque sentía que la tarjeta que me dieron era un pase VIP.

Y en eso...

—¿Cómo se llamaba la chica?

Mi cara se llenó de confusión al recordar su nombre. No me había dado cuenta de que tenía mi mismo nombre: Charlote Mizarrept.

Mientras pensaba en eso, porque no imaginé que hubiera esa posibilidad, miraba el piso.

Luego levanté la mirada.

«Pues ni que fuera único mi nombre para que nadie más lo tenga. Es normal y suele pasar».

Entonces vi a un chico que tenía, o al menos aparentaba tener, trece años. Estaba golpeado y sentado en una esquina de un callejón.

Fui corriendo, compré un pan y se lo di.

—Mira, ten, come. Te ves cansado.

También le di la bebida que me había dado Stayler. Le acerqué la comida, pero el chico me movió las manos como si no quisiera.

—¿Cómo sé que puedo confiar en ti? No te conozco. ¿Tanta lástima te mostré para que me des de comer?

Me miró con una expresión de enojo.

Yo no sabía qué había hecho mal y me senté a su lado.

—Ah, ¿entonces no quieres? Pues te vi como si te fueras a desmayar.

—¡Nooo! Estoy bien. ¿A ti qué te importan los problemas de los demás?

Me respondió enojado.

¡Ah, y yo que quería hacer algo bueno!

—Bueno, si no quieres, entonces me lo voy a comer yo, ya que me valió plata.

—¿Eh?

Me miró sorprendido.

—Ahhh...

Iba a morder el pan cuando el estómago del chico sonó y él se sonrojó.

Entonces, antes de darle un mordisco, partí el pan en dos y se podía ver el relleno que tenía dentro.

—¿Qué pasa? ¿No me dijiste que no querías? Entonces, ¿por qué me miras?

El chico se paró enojado.

—¡Ahhh! ¿Por qué eres así? ¡Eres fastidiosa! Y ya te dije que no quie...

Le metí la mitad del pan en la boca antes de que terminara la palabra.

Se sonrojó por completo y se sentó a mi lado.

—Está rico —dijo con una voz que me dio risa.

—¿Verdad que sí? ¡Es muy rico!

—Sí.

—¿Por qué estás acá solo?

—No te importa.

—¡Ahhh, qué grosero! ¡Y eso que te di de comer!

—¡Entonces no me hubieras dado nada!

—Pero tu estómago decía otra cosa.

Y se volvió a sonrojar.

—Bueno, ya me tengo que ir. Nos vemos.

—No te quiero volver a ver.

—¿En serio? ¡Qué malo eres!

Me paré y me alejé.

Ya estaba cerca del lago cuando sentí que me faltaba algo.

Busqué por todos lados, pero no encontraba la bolsita donde guardaba el dinero.

¡No la encontré!

Mi rostro se desmoronó por completo.

Salí corriendo hacia donde estaba el chico, pero ya no se encontraba allí.

Lo busqué, mirando a mi alrededor, hasta que vi su cabeza moviéndose rápidamente entre la multitud.



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En el texto hay: magia, jacaranda, rubhy

Editado: 28.10.2026

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