Me detuve frente a la puerta de la cabaña. Apenas lo hice, Chil se acercó rápidamente a mí, moviéndose con tanto entusiasmo que parecía estar dándome la bienvenida.
Stayler, por su parte, no perdió el tiempo. Se adelantó y entró primero.
—¡Hola, Coinner! ¡Ya volvimos! —anunció alegremente mientras levantaba una mano a modo de saludo.
—¡Ay, Chil, te extrañé tanto!
Al parecer, Coinner estaba demasiado ocupada Sentí las suaves caricias de Chil sobre mi cabeza y, después de observarlos un momento, decidí entrar también.
—Con permiso. ¡Hola, Coinner! ¿Cómo has estado?
—Muy bien, ¿y tú? ¿Cómo te fue?
—¡Ah, si te contara! Me pasó de todo.
Y vaya que tenía cosas que contarle.
—¿En serio? —preguntó, mostrando interés.
—Sí, pero primero voy a bañarme. Más tarde te cuento.
—¿Y si mejor me cuentas mañana? Ya es bastante tarde y deberías irte a dormir.
Mientras hablaba, Coinner comenzó a acariciarme la cabeza. Su expresión se suavizó al observar mi rostro, que seguramente reflejaba el agotamiento de aquel día.
No era para menos.
Después de todo lo que había ocurrido, lo único que deseaba era descansar.
—Que descanses, Rubhy. Te ves cansada —añadió con dulzura.
—Bueno, nos vemos mañana. Que descanses.
—Igualmente.
Estaba a punto de marcharme cuando escuché una voz quejumbrosa a mis espaldas.
—¿Y yo qué? —protestó Stayler, señalándose a sí mismo—. ¡Fui el primero en saludarte y ni siquiera me respondiste!
Coinner lo miró con absoluta tranquilidad.
—Tú ya estás grande.
No pude evitar prestar atención a aquella respuesta.
Vaya manera de ignorarlo...
Sin intervenir, me dirigí hacia el segundo piso.
Mientras caminaba, un niño pasó a mi lado.
Tenía el cabello naranja y los ojos marrones.
Por alguna razón, su rostro me resultó familiar.
Qué extraño... ¿Dónde lo he visto antes?
Me giré para observarlo mejor.
Su ropa era diferente, pero había algo en él que me hacía pensar que ya nos habíamos encontrado.
Entrecerré los ojos, intentando recordar.
¿Será mi imaginación?
Sin embargo, el cansancio comenzaba a vencerme. Apenas podía mantener los ojos abiertos, así que terminé restándole importancia.
Continué mi camino hasta llegar al círculo mágico.
Apenas puse un pie sobre él, Chil corrió apresuradamente hacia mí. Me detuve para esperarlo y, cuando ambos estuvimos dentro...
¡Pum!
Aquella horrible sensación volvió a recorrerme.
Era como si, por un instante, el suelo desapareciera bajo mis pies y mi cuerpo quedara suspendido en un vacío interminable.
—¡Ah! ¡Qué vacío tan fuerte! —exclamé, intentando recuperarme—. Creo que ya me desperté por completo... ¡¿Por qué no consigo acostumbrarme?!
Chil se acercó enseguida, como si quisiera consolarme.
—Tranquilo, estoy bien...
O al menos eso quería creer.
Después de aquella experiencia, fui a bañarme y, finalmente, me acosté.
No pasó mucho tiempo antes de que el sueño me venciera.
¡Tin, tin, tin!
Abrí los ojos de golpe.
—¡Ah! ¡La alarma!
Me incorporé rápidamente y me dirigí hacia el cuadrado mágico para apagar aquel sonido insistente.
Una vez que el silencio regresó, comencé a arreglarme.
Até mi cabello, terminé de prepararme y desperté a Chil, quien todavía parecía disfrutar de su descanso.
Cuando ambos estuvimos listos, nos dirigimos al segundo piso y, desde allí, bajamos al primero.
La cabaña se encontraba tranquila a esas horas.
Me acomodé en la sala de estar y tomé una hoja que había encontrado.
Parecía contener una historia.
Comencé a leerla por simple curiosidad, pero, a medida que avanzaba, descubrí que era bastante interesante.
Estaba concentrada en su contenido cuando escuché una voz familiar.
—Rubhy, ¿qué haces?
Levanté la mirada.
Era Coinner.
—Estoy leyendo esta hoja. Parece que cuenta una historia.
—Ah, ¿la sacaste de la biblioteca?
Parpadeé.
—¿Biblioteca?
Coinner me observó con sorpresa.
—Sí, la biblioteca. No me digas que todavía no has entrado.
Negué ligeramente con la cabeza.
Su expresión cambió.
—Qué extraño... Yo creí que te había dejado entrar. Entonces, ¿la puerta te rechazó?
Fruncí el ceño.
—¿Cuál puerta?
—¿Cuál más? Aquella de allá.
Siguió sus palabras con un gesto de la mano, señalando una puerta grande que se encontraba junto al vestíbulo.
Volví la mirada hacia ella.
¿Esa puerta conduce a una biblioteca?
—Ah, no. Nunca he entrado por ahí. Y, si mal no recuerdo, Chil tampoco me ha llevado hasta esa puerta.
—¿En serio? Entonces deberías entrar.
Miré nuevamente aquella entrada.
Hasta ese momento no le había prestado demasiada atención, pero ahora despertaba mi curiosidad.
Una biblioteca...
Me preguntaba qué clase de libros podría encontrar allí.
Sin embargo, antes de que pudiera seguir pensando en ello, una voz interrumpió nuestra conversación.
—Hola, Coinner. ¿Cómo estás?
Giré la cabeza hacia el recién llegado.
Era un niño.
Un niño de cabello naranja y ojos marrones.
¡Es él!
Era el mismo que había visto de reojo la noche anterior.
Esta vez llevaba un pijama y tenía el aspecto de alguien que acababa de levantarse.
—Ah, ya despertaste, Danion —respondió Coinner.
Su voz se volvió especialmente cariñosa, suave y relajante.
Observé al pequeño con curiosidad.
Así que se llama Danion...
Decidí saludarlo.
Levanté una mano y la agité suavemente, intentando mostrarme amable.
Pero ocurrió algo inesperado.
En cuanto Danion giró la cabeza y me vio, dio un brinco.
Sus ojos se abrieron de par en par y, sin decir una sola palabra, corrió a esconderse detrás de Coinner.
Editado: 28.10.2026