Unos golpes firmes en la pesada puerta de madera interrumpieron el silencio que desde hacía horas reinaba en el despacho real. No fueron insistentes ni apresurados, sino precisos, con la seguridad de quien conocía perfectamente el protocolo y sabía que no necesitaba llamar dos veces para ser escuchado.
Everly levantó la vista de los documentos que la habían acompañado durante toda la mañana. Sus ojos tardaron un instante en abandonar las largas columnas de números, informes y peticiones que cubrían casi por completo el escritorio de roble. Sentía los párpados pesados después de tantas horas leyendo sin descanso, y aun así apenas había avanzado una parte de todo lo que la esperaba antes del anochecer.
La luz grisácea que entraba por los altos ventanales iluminaba el despacho con suavidad. Sobre la mesa descansaban mapas abiertos, varios pergaminos enrollados, un tintero casi vacío y una pila de documentos que Agatha insistía en reorganizar cada cierto tiempo para evitar que el desorden terminara devorando el escritorio.
Everly respiró hondo antes de hablar.
—Adelante.
Enderezó la espalda casi por instinto, recuperando en un segundo la postura impecable que se esperaba de una reina. A pocos pasos de ella, Agatha hizo exactamente lo mismo. La anciana permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas frente a su vestido oscuro, observando la puerta con la serenidad de quien llevaba décadas presenciando reuniones importantes.
La puerta se abrió sin demora.
Veyron entró primero.
Su andar era firme, silencioso y seguro, como siempre. Su expresión era tan difícil de leer como de costumbre, aunque Everly creyó percibir una rigidez mayor de la habitual en la forma en que mantenía la mandíbula.
Detrás de él caminaba un mensajero.
Apenas cruzó el umbral, la diferencia entre ambos hombres resultó casi cómica.
El muchacho parecía diminuto junto al comandante del ejército. Sujetaba un cilindro de cuero contra el pecho con ambas manos y avanzaba con evidente nerviosismo, procurando no mirar directamente a la reina. Sus pasos eran rápidos, casi inseguros, como si deseara entregar aquello cuanto antes y desaparecer del despacho.
Everly dejó la pluma sobre el escritorio.
No le gustaban las visitas inesperadas de Veyron.
Nunca traían nada bueno si venían con esa expresión.
Con el tiempo había aprendido que el comandante rara vez aparecía sin un motivo importante, y que, cuando lo hacía durante las primeras horas del día, las noticias difícilmente eran buenas.
—¿Qué los trae por aquí tan temprano? —preguntó mientras volvía la vista hacia los documentos, fingiendo un interés que en realidad ya había desaparecido por completo.
Veyron no respondió de inmediato.
Esperó a que el mensajero terminara de acercarse antes de hablar con la misma calma de siempre.
—Los Ravenwood, su majestad.
Las palabras bastaron.
El leve cansancio que había permanecido en el rostro de Everly desapareció de inmediato, sustituido por una expresión mucho más seria.
Sintió cómo algo se tensaba dentro de ella.
Los Ravenwood.
Solo escuchar aquel apellido bastaba para convertir cualquier mañana tranquila en una jornada complicada.
Veyron continuó hablando sin alterar el tono.
—Rechazaron el tratado.
Durante un instante nadie dijo nada.
El silencio volvió a llenar el despacho con una pesadez distinta a la de unos segundos antes.
Everly permaneció inmóvil.
No porque la noticia la sorprendiera demasiado.
En el fondo siempre había sabido que existía esa posibilidad.
Había muchas maneras de decir que no.
Algunas aún dejaban espacio para negociar.
Otras cerraban todas las puertas.
Veyron hizo un pequeño gesto con la cabeza hacia el mensajero.
El joven comprendió la orden de inmediato y avanzó hasta el escritorio.
Con manos visiblemente tensas depositó una carta sobre la madera pulida, procurando hacerlo con el mayor cuidado posible. Después retrocedió un par de pasos sin levantar la mirada.
Everly observó el sobre durante unos segundos.
Permaneció inmóvil.
Aquel simple pedazo de papel parecía ocupar todo el escritorio.
El sello de cera oscura de los Ravenwood permanecía intacto, marcando con claridad el emblema de aquella familia.
La reina lo contempló con recelo.
Como si aquel sello pudiera esconder algo más peligroso que unas simples palabras.
Como si abrir la carta fuera suficiente para convertir un mal presentimiento en una realidad inevitable.
Agatha también dirigió la vista hacia el documento, aunque no dijo absolutamente nada. Su rostro permanecía sereno, pero Everly conocía demasiado bien a la anciana para no notar la ligera rigidez con la que había entrelazado los dedos.
La joven apoyó lentamente una mano sobre el sobre.
Respiró una vez antes de romper el sello.
El pequeño chasquido de la cera al partirse sonó sorprendentemente fuerte dentro del despacho silencioso.
Extrajo con cuidado la hoja doblada.
El pergamino era de buena calidad.
Ni siquiera en una negativa los Ravenwood descuidaban las apariencias.
Everly desplegó lentamente la carta.
Sus ojos comenzaron a recorrer las primeras líneas mientras todo el despacho guardaba silencio, esperando descubrir qué palabras habían decidido enviarle los Ravenwood en lugar de aceptar la paz que ella les había ofrecido.
Everly recorrió las primeras líneas con calma, sosteniendo el pergamino entre ambas manos mientras el silencio del despacho se hacía cada vez más pesado. La cera del sello todavía conservaba un leve aroma ahumado, mezclado con el olor de la tinta reciente. Era una carta escrita con una caligrafía impecable, firme, casi elegante. Tan impecable como ofensiva.
Sus ojos descendieron lentamente por cada párrafo.
"A Su Majestad, Everly Wynthorne.
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juegos de poder, sentimientos prohibidos, amor que no debería existir
Editado: 16.10.2026