Las Reinas No Se Arrodillan

Capítulo 10:

El hombre de cabello rubio claro y ya escaso permaneció en silencio mientras recorría lentamente cada línea de la carta. Sus ojos avanzaban sin prisa, deteniéndose apenas unos instantes sobre ciertos fragmentos antes de continuar. En su otra mano sostenía una delicada taza de té, de la que ascendía un tenue hilo de vapor que impregnaba el despacho con el suave aroma de las hierbas recién infusionadas. No parecía sorprendido. Tampoco indignado. Su expresión apenas variaba mientras terminaba la lectura, como si estuviera examinando un informe cualquiera y no una amenaza cuidadosamente disfrazada de cortesía.

Everly aguardó sin interrumpirlo. Aquella espera le resultaba insoportable.

Desde su asiento procuraba conservar la compostura propia de una reina, con la espalda recta y las manos apoyadas sobre el escritorio. Solo el incesante golpeteo de uno de sus pies, oculto bajo las numerosas capas del vestido, delataba la inquietud que intentaba esconder. Dudaba que alguno de los presentes pudiera advertirlo, aunque con Luckytree nunca estaba completamente segura.

El hombre terminó por doblar la carta con la misma calma con la que la había abierto. La apoyó sobre la mesa junto a la taza de té y tomó otro pequeño sorbo antes de levantar finalmente la vista hacia la joven reina.

—¿Qué opina? —preguntó Everly, procurando que su voz sonara serena.

Luckytree ladeó apenas la cabeza.

—¿Qué opino? —repitió, como si necesitara ordenar sus pensamientos, aunque Everly conocía demasiado bien aquel gesto para creer que realmente estuviera buscando una respuesta—. Opino que deberíamos atacar primero.

Las palabras cayeron en la habitación con una naturalidad desconcertante.

Everly permaneció inmóvil unos segundos observándolo, tratando de descubrir si hablaba con ironía. No encontró el menor indicio.

—¿Atacar primero? —repitió lentamente.

—Sí.

El hombre volvió a llevar la taza a sus labios como si acabara de sugerir modificar un impuesto y no iniciar una guerra.

Everly desvió la vista hacia la carta unos instantes antes de volver a mirarlo.

—Mi padre siempre decía que es poco honorable atacar antes de declarar la guerra.

Luckytree dejó escapar un leve suspiro por la nariz.

—Señorita Everly, si desea una respuesta honorable, ¿por qué no se la pregunta a uno de sus cortesanos? —la interrumpió con absoluta tranquilidad, observándola por encima del borde de la taza—. Ellos sabrán decir exactamente lo que una reina desea escuchar. Yo intento responder aquello que aumente sus posibilidades de seguir con vida y que siga gobernando este reino.

La joven guardó silencio.

—Además —continuó él—, esa carta ya es una declaración de guerra.

Con un lento movimiento tomó nuevamente el sobre y lo golpeó suavemente con un dedo.

—No porque lo diga de forma directa. Sería demasiado sencillo. Lo hace donde importa. Rechaza cualquier negociación, establece una única condición imposible de aceptar y, para concluir, recuerda que sus soldados comienzan a impacientarse. No veo demasiadas diferencias entre esto y una declaración formal.

Le dedicó una media sonrisa cargada de sarcasmo.

—¿O esperaba que antes enviara un ramo de rosas acompañado de otra carta anunciando el día exacto en que piensa invadir sus tierras?

Agatha dejó escapar un evidente quejido de desaprobación.

—Qué comentario tan impropio...

Luckytree ni siquiera la miró.

Volvió a beber otro sorbo de té antes de continuar con la misma serenidad.

—Un golpe sorpresa podría darle una ventaja considerable si esto termina convirtiéndose en una guerra abierta. El enemigo todavía confía en que ustedes seguirán intentando negociar. Aprovechar esa confianza es una estrategia tan antigua como los propios reinos.

Agatha volvió a emitir un sonido de disgusto, esta vez mucho menos discreto.

—Qué manera tan fría de hablar de la guerra.

Luckytree apoyó lentamente la taza sobre la mesa.

—La guerra siempre es fría, señora. Quienes la convierten en algo romántico suelen ser quienes jamás pisan un campo de batalla.

Everly mantuvo la vista fija sobre él.

—¿De verdad cree que ya no existe posibilidad de evitarla?

El hombre meditó apenas un instante.

—Creo que todavía existe la posibilidad.

La esperanza apenas alcanzó a asomar en el rostro de la reina.

—Pero también creo que depende exclusivamente de que usted acepte aquello que el rey Ravenwood realmente está pidiendo. Y por lo que conozco de usted, eso jamás ocurrirá.

La ilusión desapareció tan rápido como había llegado.

Agatha cruzó los brazos con evidente indignación.

—Todas son guerras de moral para una reina, señor... ¿Cómo era su apellido?

Luckytree giró lentamente la cabeza hacia ella.

—Luckytree.

Lo pronunció con el mismo tono con el que alguien anuncia una condena, completamente consciente de lo que vendría después.

La mujer frunció apenas el ceño mientras fingía hacer memoria.

—Mmm... Luckytree. No es un noble, ¿cierto?

El hombre sonrió. No era una sonrisa amable, sino una cargada de un cansancio casi divertido.

—No.

Agatha desvió la mirada con una expresión que mezclaba desaprobación y resignación.

—Lo suponía.

Luckytree entrelazó lentamente los dedos sobre la mesa.

—Al igual que usted, aunque ambos sabemos que las mentes más brillantes rara vez entienden de títulos.

La criada volvió la vista hacia él de inmediato.

—¿Cómo dice?

—La reina busca mi consejo en privado y no el de toda su corte. Creo que eso responde bastante bien cuál de los dos considera más útil.

Las palabras destilaban veneno sin necesidad de elevar la voz.

Agatha lo observó con evidente indignación, abriendo ligeramente la boca para responder, pero Luckytree ya había vuelto la atención hacia Everly, ignorándola por completo como si la discusión hubiera terminado incluso antes de comenzar.




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