Las Reinas No Se Arrodillan

Capítulo 11:

Tristan apoyó una mano sobre el respaldo de una de las sillas mientras intentaba ordenar toda la información que había recibido desde que había llegado. Había sido convocado con urgencia y, aunque conocía parte de la situación, era evidente que la conversación había avanzado antes de su presencia. Había entrado en el despacho cuando ya existían decisiones en proceso, cuando la carta de Ravenwood ya había sido leída y cuando las primeras consecuencias políticas comenzaban a tomar forma.

Su mirada recorrió lentamente los rostros de Everly, Veyron y Luckytree antes de detenerse nuevamente en la reina.

Podía reconocer fácilmente cuándo una reunión había sido importante por la expresión de quienes participaban en ella. En aquel caso, no había sorpresa ni confusión en los rostros de los demás. Solo concentración. Como si todos hubieran aceptado ya una realidad que él todavía estaba intentando comprender por completo.

—Entonces… ¿Un ataque sorpresa? —preguntó finalmente, procurando confirmar que había comprendido correctamente mientras terminaba de ponerse al día—. ¿Y la corte lo sabe?

Veyron permanecía de pie junto a la mesa.

—Lo sospechan —afirmó con calma.

Aquellas dos palabras bastaron para que Tristan desviara lentamente la vista hacia él.

—¿Lo sospechan? —repitió con el ceño apenas fruncido.

No era exactamente una respuesta tranquilizadora.

Saber que la corte conocía un problema era una dificultad. Saber que solo lo sospechaban podía ser incluso peor. Los rumores tenían la capacidad de crecer mucho más rápido que las explicaciones oficiales, y una verdad incompleta podía convertirse fácilmente en una mentira aceptada por todos.

Everly respondió antes de que Veyron pudiera hacerlo.

—Y no están nada felices —admitió con un cansancio imposible de ocultar.

Sus dedos seguían descansando sobre la carta de Ravenwood, todavía doblada con cuidado encima del escritorio. Ni siquiera había intentado guardarla. Parecía que cualquier persona que entrara en aquella habitación terminaría leyéndola antes o después.

No era solo una carta.

Era el inicio de una serie de decisiones que cambiarían la tranquilidad del reino.

Tristan observó aquel detalle durante unos segundos. Everly solía ser cuidadosa con los documentos importantes. No permitía que asuntos delicados quedaran expuestos sin motivo. Sin embargo, aquella vez parecía haber dejado la carta allí deliberadamente, como si mantenerla frente a todos fuera una forma de recordarles que el problema era real.

Tristan observó el pergamino durante un instante antes de volver a mirar a la reina.

No necesitaba preguntar demasiado para imaginar cómo habría reaccionado la corte.

Algunos se sentirían ofendidos por el contenido de la carta.

Muchos más estarían indignados por descubrir que existía un conflicto diplomático del que no habían sido informados.

Y unos pocos, probablemente los más peligrosos, comenzarían desde ese mismo momento a preguntarse qué otras cosas les ocultaba su joven reina.

Porque para algunos nobles, desconocer una amenaza no era una razón para preocuparse por la amenaza.

Era una razón para preocuparse por no haber sido alertados.

El rubio dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

—Era previsible —murmuró finalmente—. La mitad de ellos viven convencidos de que gobernar consiste únicamente en opinar sobre asuntos.

Luckytree dejó escapar una pequeña sonrisa sobre el borde de su taza.

—¿Solo la mitad?

Agatha resopló con evidente desaprobación.

—No ayuda demasiado ese comentario.

—No pretendía ayudar. Solo corregir una cifra.

La anciana lo observó durante unos segundos con una expresión que dejaba bastante claro que consideraba innecesario aquel tipo de comentarios.

Everly negó muy levemente con la cabeza.

Incluso en medio de aquella situación, aquellos dos encontraban la manera de discutir.

Por extraño que pareciera, aquella normalidad conseguía aliviar un poco el ambiente.

Durante un momento, el despacho dejó de sentirse como una sala donde se estaba preparando una posible guerra y volvió a parecerse al lugar donde un grupo de personas acostumbraba a trabajar juntas. No solucionaba el problema, ni hacía desaparecer la amenaza, pero recordaba algo importante: todavía seguían siendo ellos.

Tristan guardó silencio.

Había demasiadas cuestiones sobre la mesa como para seguir hablando de los cortesanos.

La reacción de la nobleza podía ser un problema, pero no era el peligro inmediato. Una corte molesta podía ser manejada con paciencia, explicaciones y tiempo.

Un ejército enemigo no concedía ninguna de esas cosas.

Su mirada volvió hacia la carta de Ravenwood y luego hacia Veyron.

Ya no estaban discutiendo solamente una ofensa diplomática.

Estaban intentando decidir cómo proteger un reino antes de que el primer enemigo cruzara sus fronteras.

El sonido rompió la concentración que se había instalado en el despacho. Todos los presentes dirigieron la atención hacia la puerta casi al mismo tiempo, aunque ninguno hizo un movimiento brusco. En una situación normal, unos pasos apresurados dentro del castillo podían significar cualquier cosa. Pero en aquel momento, con la carta de Ravenwood todavía sobre la mesa y la posibilidad de una guerra comenzando a tomar forma, cualquier interrupción parecía tener un peso distinto.

Después llegaron varios golpes apresurados contra la puerta.

Agatha caminó hasta ella y la abrió apenas unos centímetros.

Del otro lado apareció el escriba real, ligeramente inclinado hacia adelante mientras recuperaba el aliento. Su rostro mostraba una mezcla de prisa y preocupación, aunque intentaba mantener la compostura propia de alguien acostumbrado a trabajar dentro de la corte.

—Mil disculpas, su majestad... —dijo antes incluso de cruzar el umbral—. Me informaron del llamado hace apenas unos minutos.




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