EL ECO DE LAS DOS ALMAS
La madrugada se instaló sobre el océano con un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el rítmico e hipnótico golpeteo del agua contra el casco del Aethelgard. Bajo el manto estrellado, el frío de la noche se intensificó pero en la poltrona de piel de la popa, el ambiente ardía en una frecuencia sofocante. Damián mantenía a Alexia prisionera contra su pecho, con sus brazos rodeándola con una firmeza que pretendía ser un refugio pero que para ella funcionaba como una celda de terciopelo.
El magnate, incapaz de conciliar el sueño ante el enigma que lo devoraba, comenzó a deslizar sus dedos con una lentitud exasperante por el brazo expuesto de Alexia. Eran caricias sutiles, casi inconscientes, que buscaban con desesperación arrancar un gemido, un suspiro o el calor de un sonrojo que le devolviera el control sobre ella.
Fue en ese instante de vulnerabilidad física cuando el conflicto interno de Alexia estalló en un grito silencioso dentro de su mente.
La cercanía del cuerpo de Damián, su respiración acompasada rozándole la nuca y el persistente aroma a sándalo actuaron como un detonador biológico para la Alexia de esta línea temporal. Esa parte de su alma, la joven que aún no había sido destruida, despertó con una fuerza salvaje. Su corazón comenzó a golpear contra sus costillas con violencia, la memoria de sus músculos recordaba perfectamente lo que era amarlo con ceguera, desvivirse por sus toques y derretirse bajo la promesa de su piel. Esa Alexia enamorada suplicaba por girarse, por enredar sus manos en el cabello de Damián, por entregarse a la calidez del abrazo y olvidar las advertencias del futuro. El deseo primitivo latía en sus venas, exigiéndole sumisión.
Sin embargo, desde el abismo de su mente, la Alexia del futuro alzó la voz con la frialdad de un verdugo. Los recuerdos del dolor, la humillación, el desprecio con el que él la había desechado en el pasado y la ruina de su familia se alzaron como un muro de hielo infranqueable. Cada caricia sutil de Damián en su brazo ya no se sentía como amor sino como el roce de las cadenas que alguna vez la asfixiaron. La conciencia madura tomó las riendas de su cuerpo con una fuerza despiadada, aplastando los impulsos de su propia juventud.
No eres suya, se repitió a sí misma en el pensamiento, obligando a sus músculos a permanecer de piedra. Él no te ama. Solo ama el control que cree tener sobre ti.
Damián, sintiendo el drástico pulso acelerado de la joven contra su propio pecho, detuvo su mano sobre el hombro de ella y se inclinó un poco más, confundiendo la agitación de la batalla interna con la chispa de la seducción.
Alexia respiró hondo, tragándose las lágrimas de la joven que fue y abrazando la armadura de la mujer en la que se había convertido. No se movió, no se giró para mirarlo. En su lugar, dejó escapar una risa baja, gélida y vacía que cortó el romanticismo de la madrugada como una navaja.
Damián apretó los dientes, conteniendo el aliento. El toque seguía ahí, la cercanía física era absoluta pero la certeza de que ella se encontraba a años luz de distancia se volvió insoportable, transformando el abrazo de la madrugada en la tortura más refinada de su vida.