LA FISURA DEL TIEMPO
El impacto del beso fue un disparo directo a los cimientos de la resistencia de Alexia. El sabor a salitre de la noche, la firmeza de las manos de Damián enredadas en su cabello y la asfixiante cercanía de su cuerpo desmantelaron, por un segundo eterno, la fría lucidez de la mujer del futuro.
El cuerpo de la Alexia joven, la chica que idolatraba a Damián y que se desvivía por la más mínima muestra de su atención, tomó el control absoluto ante el estímulo. La memoria biológica y el anhelo reprimido sepultaron la razón. Su cuerpo cedió por completo a la intensidad del beso, respondiendo con un hambre desesperada que la tomó por sorpresa. Sus labios dejaron de oponer resistencia para amoldarse a los de él con una devoción ciega, mientras un suspiro trémulo se ahogaba en la boca del magnate. Sus manos, que antes se aferraban con fuerza al metal frío del pasamanos, ascendieron temblorosas por el torso desnudo de Damián, buscando el calor de su piel, rindiéndose ante el dominio experto que él ejercía con tanta seguridad.
Damián sintió la capitulación inmediata de sus músculos y una chispa de triunfo salvaje encendió sus ojos grises en la oscuridad. Ella estaba respondiendo. Volvía a ser su Alexia, la joven sumisa y apasionada que temblaba bajo su tacto.
Fue precisamente ese destello de suficiencia en el ritmo del beso lo que actuó como un latigazo para la conciencia atrapada del futuro. El recuerdo nítido de esa misma arrogancia, justo antes de que él la destruyera sin piedad, le devolvió la lucidez de golpe. El calor del deseo se transformó en un frío glacial en menos de un parpadeo.
Con una rabia renovada y espoleada por el horror de haber cedido, Alexia reaccionó de manera drástica. Separó sus manos del pecho de Damián y reuniendo toda la fuerza de su cuerpo, lo empujó con violencia, estrellando sus palmas contra los hombros del magnate para romper el beso de golpe. Al mismo tiempo, apretó los dientes, mordiendo el labio inferior de Damián lo suficientemente fuerte como para que el sabor metálico de la sangre tiñera el encuentro.
Damián dio un paso atrás, trastabillando sobre la cubierta del velero. Se llevó los dedos a los labios, mirando la mancha de sangre bajo la luz parpadeante de las estrellas, con la respiración entrecortada y una mirada de absoluta estupefacción.
Alexia se limpió la boca con el dorso de la mano, con los ojos oscuros inyectados en una furia fría y calculadora. Su pecho subía y bajaba con fuerza pero la vulnerabilidad había desaparecido por completo de su rostro. La armadura del futuro volvía a estar intacta, sellada con el fuego del desprecio.