LA PROMESA DEL AMANECER
Los primeros rayos del sol rasgaron el horizonte, tiñendo el cielo de un tono cobrizo que se reflejaba con timidez sobre el mar en calma. La luz de la mañana iluminó la cubierta del Aethelgard, revelando las secuelas de una noche eterna. Damián permanecía junto al timón. No había pegado el ojo en toda la madrugada, consumido por un desvelo que le pesaba en los hombros, pero que mantenía su mente en un estado de hiperactividad febril.
Con un movimiento seco, Damián encendió los motores. El rugido ahogado de la embarcación rompió el silencio del océano, marcando el inicio del regreso forzado a la ciudad. El velero comenzó a avanzar, cortando las aguas mansas con una monotonía que contrastaba violentamente con la tormenta que ardía en el pecho del CEO.
Mientras manejaba el rumbo, Damián se llevó un dedo a la comisura del labio inferior, donde la pequeña herida de la noche anterior ya se había cerrado, dejando apenas una ligera molestia. Cerró los ojos por un segundo, ignorando el cansancio físico para abandonarse por completo al recuerdo indeleble de haberla tenido entre sus brazos. Aún podía sentir la textura tersa y ridículamente suave de su piel bajo sus palmas, el calor traicionero que ella había despedido cuando sus defensas cayeron y el sabor salvaje y contradictorio de sus labios.
Aquella capitulación momentánea de Alexia, ese instante sagrado donde la joven sumisa y enamorada había respondido a su beso con un hambre desesperada, se había convertido en su peor droga. Se aferraba a ese segundo de debilidad como la prueba irrefutable de que no todo estaba perdido. Su mente, experta en calcular estrategias de mercado y conquistar voluntades, comenzó a proyectar escenarios en la penumbra de sus pensamientos. Se descubrió a sí mismo imaginándola nuevamente en sus brazos, despojada de esa ropa pero esta vez de una manera mucho más íntima, profunda y definitiva. Un encuentro sin prisas, en la cama de su penthouse, donde no hubiera armaduras, ni acertijos psicológicos, ni muros de hielo que pudieran frenar la inevitable reconquista.
Damián miró de reojo hacia la popa, donde Alexia ya se había colocado sus gafas de sol doradas, dándole la espalda al mundo y contemplando la línea de la costa que comenzaba a dibujarse a lo lejos. La brisa del amanecer agitaba su cabello, y su postura era de una indiferencia tan monumental que parecía haber olvidado por completo que unas horas antes sus labios habían sangrado juntos.
Esa frialdad despectiva ya no lo asustaba;ñ ahora lo espoleaba de una forma casi enfermiza. Para un hombre que lo tenía todo, el repentino desapego de la única mujer que lo miraba como a un dios era un insulto que no pensaba tolerar. De manera completamente inconsciente, una resolución oscura, posesiva y absoluta echó raíces en lo más profundo de su ser, fusionándose con su propio ego. No le importaban sus amenazas sobre París, ni el misterio que envolvía su repentina madurez, ni quién la estaba ayudando a espiarlo. El veto financiero de su padre se levantaría porque él cumplía sus promesas de negocios y porque necesitaba mantenerla cerca pero el juego personal apenas estaba comenzando. Damián Miller decidió en ese preciso amanecer que sin importar el costo, Alexia Sterling volvería a caer ante él. Volvería a ser suya, aunque tuviera que romper cada una de sus nuevas defensas para lograrlo.