GRIETAS EN LA FACHADA
El agarre de Damián en la cintura de Alexia era de una firmeza incuestionable, una declaración física de propiedad que buscaba silenciar las miradas de los otros hombres. Javier Viteli y Michael Rossi intercambiaron una mirada rápida, sorprendidos por la inusual pérdida de compostura del habitualmente imperturbable CEO. Sin embargo, en lugar de amedrentarse por la actitud territorial de Miller, Michael Rossi soltó una risa seca, ajustándose los puños de su camisa de lino con una suficiencia que encendió las alertas de Damián.
Damián se detuvo en seco, justo antes de dar el primer paso para alejarse del muelle. Sus ojos grises se entrecerraron, fijos en su interlocutor.
Un silencio pesado y cortante cayó sobre el muelle, ahogando el sonido de la brisa marina. La mano de Damián, que seguía apoyada en la cintura de Alexia, se tensó tanto que sus nudillos se volvieron blancos. El golpe fue directo a su orgullo. Angels, la mujer que acababa de llamarlo por teléfono fingiendo una devoción perfecta y asegurando que solo pensaba en él, estaba siendo el centro de las murmuraciones de la élite por una supuesta traición en el extranjero.
Damián sintió cómo el control de la situación se le escurría entre los dedos. Miró de reojo a Alexia, esperando ver una mirada de triunfo o una burla en su rostro, pero lo que encontró fue algo mucho peor, una calma sepulcral.
Alexia permanecía completamente imperturbable, con los ojos ocultos tras sus gafas doradas. La información no la sorprendía en absoluto. De hecho, la Alexia del futuro recordaba perfectamente ese escándalo, sabía con precisión milimétrica que el supuesto idilio de Angels en Londres era solo el primer dominó en caer antes de la ruina emocional de Damián.
Sin esperar a que Damián reaccionara, Alexia se zafó de su agarre con un movimiento limpio y avanzó con paso firme hacia la salida de la marina, obligando al magnate a seguirla mientras la élite los observaba en un mutismo absoluto. Damián caminó a su lado, con la mandíbula apretada y una furia ciega hirviendo en su pecho, dándose cuenta de que el suelo que pisaba jamás había sido tan inestable.