LAS MÁSCARAS DEL PASADO
Una vez que cruzaron el umbral de la marina y se adentraron en el pasillo privado que conducía a la zona de los restaurantes exclusivos, lejos de las miradas indiscretas de la élite, Alexia se detuvo en seco. Giró sobre sus talones con una rapidez felina, encarándolo de golpe. La calma sepulcral que había mostrado frente a Viteli y Rossi se evaporó, transformada en una furia fría y cortante que Damián jamás le había visto.
Damián la miró, con la respiración alterada y el eco del rumor sobre Angels todavía dándole vueltas en la cabeza. Las palabras de Alexia, cargadas de un rechazo tan genuino, terminaron por dinamitar el poco autocontrol que le quedaba al magnate. Su mentalidad competitiva y el golpe a su orgullo propio colisionaron en un segundo de absoluta lucidez agresiva.
Alexia apretó los dientes, manteniendo la mirada fija en esos ojos grises que destellaban furia. Damián tenía razón sobre la joven de esta línea temporal, esa versión de ella habría dado la vida por el gesto posesivo que él acababa de hacer en el muelle pero la conciencia del futuro solo sentía desprecio por la ironía de la situación. Su silencio no hizo más que alimentar el brote de posesividad del CEO.
Damián dio otro paso, acorralándola sutilmente contra la pared decorada con maderas exóticas del pasillo, inclinándose de modo que su voz ruda y profunda resonara con una fuerza absoluta.
—Pues déjame decirte algo, Sterling no me importa en lo más mínimo si el mundo entero cree que eres mía desde esta mañana - sentenció Damián, con una fijeza peligrosa en la mirada y una sonrisa oscura en los labios - No me importa lo que murmuren de Angels, ni me importan tus amenazas. Si la élite cree que estamos juntos, que lo crean porque tarde o temprano... vas a volver a caer. Tarde o temprano vas a ser mía de verdad y esta vez no habrá máscara ni orgullo que te salve de mí.
Alexia no retrocedió ni un solo milímetro ante la imponente cercanía de Damián. Escuchó su estallido de posesividad con el rostro imperturbable, dejando que la furia del magnate rebotara contra una pared de hielo absoluto. Cuando él terminó de hablar, ella levantó una mano con una lentitud exasperante y se quitó las gafas de sol clavando sus ojos oscuros, cargados de una madurez aplastante, directo en las pupilas grises del CEO.
Damián tensó la mandíbula, pero antes de que pudiera interrumpirla, ella dio un paso al frente, obligándolo a sostener la brutal honestidad de su mirada.
Damián guardó un silencio sepulcral, golpeado por la crudeza con la que ella aceptaba el pasado mientras lo pisoteaba en el presente.
Sin darle tiempo a reaccionar, Alexia le dio la espalda con una elegancia suprema y comenzó a caminar con paso firme hacia la salida de la marina, dejándolo completamente solo en el pasillo, lidiando con el peso muerto de su propio ego y una obsesión que empezaba a consumirlo por completo.