BAJO LAS REGLAS DEL CAZADOR
Damián no se quedó estático. El golpe psicológico de Alexia había dado de lleno en el centro de su orgullo pero en lugar de aplastarlo, desató en él una terquedad violenta. Verla alejarse con esa elegancia despectiva, dejándolo con las palabras en la boca y el peso de su propia hipocresía, fue el detonante definitivo. El magnate avanzó a zancadas largas por el pasillo de la marina, impulsado por una rabia ciega y una obsesión que ya no intentaba camuflar bajo ninguna máscara ejecutiva.
La alcanzó justo cuando ella cruzaba el umbral del estacionamiento privado, un espacio techado de concreto donde el imponente deportivo negro de Damián aguardaba bajo las luces halógenas.
Con un movimiento fluido y autoritario, la obligó a girarse y la empujó suavemente contra la puerta del copiloto de su auto, acorralándola con su propio cuerpo. Sacó del bolsillo interior de su saco un fajo de documentos doblados con el membrete oficial de su firma y los estrelló contra el techo del coche, justo al lado de la cabeza de la joven.
Alexia miró los papeles y luego clavó sus ojos oscuros en él, sin mostrar un solo ápice de temor ante la demostración de fuerza física. Manteniendo la compostura que tanto desquiciaba al magnate, esbozó una sonrisa helada.
Damián se inclinó aún más, de modo que su fragancia y el calor de su cuerpo volvieron a envolverla como una trampa sofocante. Deslizó una de sus manos desde la puerta del auto hasta el mentón de Alexia, obligándola a sostenerle la mirada mientras sus dedos ejercían una presión exacta, posesiva y firme.