Lazos De Sangre Y Tiempo

CAPITULO 39

UNA COMPAÑÍA DE HIELO

Alexia miró la mano de Damián sobre su mentón, luego el fajo de documentos sobre el techo del deportivo y finalmente clavó sus ojos oscuros en las pupilas grises del magnate. No hubo forcejeos, ni gritos, ni la agitación que él esperaba para confirmar su dominio. Con una lentitud exasperante, ella simplemente apartó el rostro de su toque con un movimiento limpio y asintió.

  • Está bien, Miller. Subiré voluntariamente - dijo ella, arrastrando la última palabra con una ironía que congeló el triunfo de Damián - Conduce a donde quieras. Al fin y al cabo, solo estás alargando tu propia agonía.

Damián le abrió la puerta del copiloto con un gesto tenso y brusco. Una vez que ambos estuvieron dentro del habitáculo de cuero negro, el motor del deportivo rugió con fuerza, abandonando el estacionamiento de la marina para adentrarse en las autopistas que bordeaban la ciudad. Durante los primeros kilómetros, el silencio dentro del auto fue absoluto y asfixiante. Damián conducía a gran velocidad, con las manos apretadas en el volante, mirando de reojo a la joven. Alexia permanecía de perfil, con las gafas de sol doradas puestas de nuevo, completamente estática, como si el hombre a su lado fuera un chofer invisible.

La frialdad monumental que ella le ofrecía comenzó a taladrar los nervios del CEO, transformando su victoria de tenerla a bordo del auto en un fracaso silencioso. Incapaz de soportarlo por más tiempo, Damián desvió el rumbo hacia un restaurante de alta cocina ubicado en un piso alto con vista a los rascacielos. Al llegar, ordenó que los ubicaran en una mesa reservada en la terraza, lejos del resto de los comensales.

Cuando el mesero terminó de servir el vino y los platos se dispusieron en la mesa, Alexia no se movió. No tocó los cubiertos, ni se quitó las gafas, ni alteró su postura de estatua.

Damián dejó caer los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco, perdiendo la paciencia.

  • Te recuerdo que el trato es tener compañía, Alexia, no una muñeca de cera sentada a mi lado - sentenció Damián, inclinándose hacia el frente con una voz ronca y cargada de fastidio - Págame las horas que te quedan con una conversación real. Quítate las gafas, come y habla conmigo.

Alexia esbozó una sonrisa mínima y gélida. Se retiró las gafas doradas con una elegancia suprema y lo miró de frente, cruzando las manos sobre la mesa.

  • ¿De qué quieres hablar, Damián? ¿Quieres que sigamos repasando el inventario de tu caja fuerte o prefieres que hablemos de Londres? - provocó ella con una calma espeluznante.

Damián tragó saliva, desviando la mirada por un segundo para no dejar que las menciones de Angels Rose lo desestabilizaran en público. Decidido a tantear el terreno con su nueva mentalidad competitiva, optó por un enfoque diferente, buscando una fibra que perteneciera estrictamente a la joven que él creía conocer.

  • Hablemos de ti - respondió el magnate, clavando sus ojos grises en ella - ¿Cómo van las cosas en la universidad? La última vez que supe, estabas obsesionada con terminar tu carrera de administración para demostrarle a tu padre que podías heredar el negocio familiar. Dime, ¿esa ambición también es parte del fantasma que dices que dejaste atrás?

Alexia dejó escapar una risa baja, un sonido carente de alegría que flotó en el aire de la terraza y se perdió entre las luces de los rascacielos. Apoyó los codos sobre la mesa de madera fina y entrelazó sus dedos, inclinándose hacia el frente con una fijeza que obligó a Damián a sostenerle la mirada. La máscara profesional se desvaneció por completo, dando paso a un ataque directo, crudo y desarmante.

  • Tienes una puntería nefasta para tus preguntas, Miller - sentenció ella, con una voz impregnada de un veneno gélido - Nunca se trató de mi padre. Él siempre creyó en mí, jamás necesité demostrarle que podía heredar el negocio familiar.

Damián arqueó una ceja, sorprendido por el tono pero guardó silencio, atrapado por la intensidad de esos ojos oscuros que parecían desnudarle el alma.

  • Era a ti - continuó Alexia, y sus palabras cayeron con el peso de una losa de mármol - Era a ti a quien quería demostrarle que podía estar a tu altura. Toda esa obsesión por la carrera de administración, las noches en vela estudiando balances financieros y la ambición de volverme una ejecutiva implacable... todo lo hacía para que el gran Damián Miller me viera al fin, quería que dejaras de mirarme como a la hija pequeña de tu socio y me vieras como a una mujer capaz de sentarse a tu lado en la cima de tu imperio.

El magnate se tensó en su asiento. La confesión, aunque cargada de resentimiento, confirmaba la devoción que él tanto extrañaba pero la forma en que ella lo decía, como quien analiza un error ajeno, le provocó un vuelco en el estómago.

  • Sin embargo, ahora que lo veo desde la distancia, me doy cuenta de lo ridículo e ilógico que era pensar así - añadió ella, esbozando una sonrisa cargada de una lástima fulminante - Qué pérdida de tiempo tan absoluta. Destruí mi propia paz intentando ganarme el respeto de un hombre que solo sabe usar a las personas como piezas de ajedrez. Debí haber invertido toda esa energía, todo ese esfuerzo y todo ese brillo en mí misma, en construir mi propio camino en lugar de intentar encajar de manera forzada en el tuyo.

Alexia tomó su copa de agua, le dio un sorbo pausado y la colocó de nuevo en la mesa con una precisión milimétrica, rompiendo la tensión del hilo con una última frase demoledora.

  • Así que no te equivoques, Damián. La universidad sigue estando en mis planes pero ya no para estar a tu altura. Ahora lo hago para asegurarme de que cuando nos volvamos a cruzar en el mundo de los negocios, sea yo quien dicte las condiciones en mi propia vida. Ahora, come. Dijiste que querías una conversación real, no una muñeca de cera.




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