UNA COMPAÑÍA DE HIELO
Alexia miró la mano de Damián sobre su mentón, luego el fajo de documentos sobre el techo del deportivo y finalmente clavó sus ojos oscuros en las pupilas grises del magnate. No hubo forcejeos, ni gritos, ni la agitación que él esperaba para confirmar su dominio. Con una lentitud exasperante, ella simplemente apartó el rostro de su toque con un movimiento limpio y asintió.
Damián le abrió la puerta del copiloto con un gesto tenso y brusco. Una vez que ambos estuvieron dentro del habitáculo de cuero negro, el motor del deportivo rugió con fuerza, abandonando el estacionamiento de la marina para adentrarse en las autopistas que bordeaban la ciudad. Durante los primeros kilómetros, el silencio dentro del auto fue absoluto y asfixiante. Damián conducía a gran velocidad, con las manos apretadas en el volante, mirando de reojo a la joven. Alexia permanecía de perfil, con las gafas de sol doradas puestas de nuevo, completamente estática, como si el hombre a su lado fuera un chofer invisible.
La frialdad monumental que ella le ofrecía comenzó a taladrar los nervios del CEO, transformando su victoria de tenerla a bordo del auto en un fracaso silencioso. Incapaz de soportarlo por más tiempo, Damián desvió el rumbo hacia un restaurante de alta cocina ubicado en un piso alto con vista a los rascacielos. Al llegar, ordenó que los ubicaran en una mesa reservada en la terraza, lejos del resto de los comensales.
Cuando el mesero terminó de servir el vino y los platos se dispusieron en la mesa, Alexia no se movió. No tocó los cubiertos, ni se quitó las gafas, ni alteró su postura de estatua.
Damián dejó caer los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco, perdiendo la paciencia.
Alexia esbozó una sonrisa mínima y gélida. Se retiró las gafas doradas con una elegancia suprema y lo miró de frente, cruzando las manos sobre la mesa.
Damián tragó saliva, desviando la mirada por un segundo para no dejar que las menciones de Angels Rose lo desestabilizaran en público. Decidido a tantear el terreno con su nueva mentalidad competitiva, optó por un enfoque diferente, buscando una fibra que perteneciera estrictamente a la joven que él creía conocer.
Alexia dejó escapar una risa baja, un sonido carente de alegría que flotó en el aire de la terraza y se perdió entre las luces de los rascacielos. Apoyó los codos sobre la mesa de madera fina y entrelazó sus dedos, inclinándose hacia el frente con una fijeza que obligó a Damián a sostenerle la mirada. La máscara profesional se desvaneció por completo, dando paso a un ataque directo, crudo y desarmante.
Damián arqueó una ceja, sorprendido por el tono pero guardó silencio, atrapado por la intensidad de esos ojos oscuros que parecían desnudarle el alma.
El magnate se tensó en su asiento. La confesión, aunque cargada de resentimiento, confirmaba la devoción que él tanto extrañaba pero la forma en que ella lo decía, como quien analiza un error ajeno, le provocó un vuelco en el estómago.
Alexia tomó su copa de agua, le dio un sorbo pausado y la colocó de nuevo en la mesa con una precisión milimétrica, rompiendo la tensión del hilo con una última frase demoledora.