DE VUELTA AL ABISMO AZUL
Damián no esperó a que el mesero trajera la cuenta. Dejó un fajo de billetes sobre la mesa, se puso de pie y guio a Alexia de regreso al estacionamiento con un silencio cargado de urgencia. No se dirigieron al penthouse que él tenía alli como había pensado Alexia, la revelación de los gustos de ella, sumada a esa inquietante madurez, había transformado la cena en un catalizador. Conducido por una fuerza que rozaba lo irracional, Damián manejó de vuelta a la marina privada. Minutos después, el Aethelgard encendía sus motores nuevamente, adentrándose una vez más en la inmensidad del mar abierto mientras los últimos destellos de la tarde daban paso a una nueva noche.
Una vez que la costa volvió a ser solo una línea difusa de luces distantes, Damián fijó el rumbo y regresó a la popa. La brisa marina comenzó a enfriar el ambiente pero la tensión entre ambos seguía ardiendo. Alexia se encontraba recostada en el borde de la cubierta, observando cómo la estela del barco rompía el agua oscura.
Decidido a seguir desarmando el misterio que la envolvía, Damián retomó el hilo de la cena. Su mentalidad competitiva se había transformado en una necesidad quirúrgica de indagar en cada rincón de su mente.
Alexia giró la cabeza despacio, mirándolo de frente por encima del borde de sus gafas de sol, las cuales se retiró para dejar que la luna iluminara sus ojos oscuros.
Damián escuchó la respuesta y guardó el detalle en su memoria. Mientras la observaba hablar con esa elocuencia implacable, una idea egoísta, oscura y profundamente posesiva comenzó a gestarse en lo más profundo de su mente. El magnate se dio cuenta de que levantar el veto financiero del padre de Alexia al día siguiente significaría dejarla ir, significaría permitir que ella regresara a su universidad, que construyera ese camino independiente y que eventualmente, se convirtiera en el rival comercial que prometía ser y él no podía permitirlo. No podía dejar que esa mente brillante y ese cuerpo que lo había hecho sangrar se alejaran de su órbita.
Tenía que encontrar la manera de retenerla. Tenía que inventar un pretexto legal, un nuevo contrato, un movimiento corporativo forzado que la obligara a estar cerca de él, en su oficina, en su día a día, bajo el amparo de sus negocios. No por una deuda de su padre, sino por un vínculo que ella no pudiera romper sin destruir sus propias ambiciones.
Alexia esbozó una sonrisa mínima que no llegó a sus ojos. Detectó la fijeza depredadora en la mirada del CEO, intuyendo perfectamente que el monstruo estaba buscando una nueva forma de atraparla en su red.