UN AMANECER DISEÑADO
El sol de la mañana comenzó a despuntar sobre el océano con una timidez dorada, disipando las últimas sombras de una noche cargada de silencios y estrategias. El Aethelgard cortó las aguas mansas con un rumbo fijo y absoluto. Damián, despierto desde la madrugada y movido por esa idea egoísta que se había gestado en su pecho, tomó una decisión radical. No regresarían a la ciudad todavía. Quería demostrarle a Alexia que su mente no solo sabía destruir, sino también anticipar. Estaba decidido a darle el mejor día de su vida, a desarmar esa coraza de hielo usando las mismas armas que ella le había entregado.
Haciendo uso de su inmenso poder y de una llamada de alta prioridad a su equipo de seguridad y logística antes del amanecer, Damián desvió la embarcación hacia su isla privada más exclusiva. Un santuario virgen de arena rosa y vegetación tropical que solo él y un puñado de personas en el mundo conocían.
Cuando el velero atracó en el muelle flotante, el reloj apenas marcaba las cinco de la mañana. El silencio en el lugar era absoluto, un lujo suspendido en el tiempo, tal como ella lo había descrito la noche anterior.
Alexia bajó a la cubierta con las gafas de sol doradas en la mano, observando el entorno. Su rostro permaneció neutral pero sus ojos oscuros captaron de inmediato los detalles del despliegue que la aguardaba.
En la orilla de la playa, justo frente al romper de las olas mansas, Damián había dispuesto una sofisticada estación de descanso. Sobre una mesa de madera rústica y pulida, humeaba una cafetera de prensa francesa de plata. El aroma que flotaba en la brisa marina era inconfundible, café negro, cargado, de grano seleccionado. A un costado, un tocadiscos portátil de diseño retro, protegido por una estructura de lino, ya giraba a revoluciones constantes, dejando escapar las notas melancólicas, profundas y limpias de un vinilo de Miles Davis.
Damián caminó hacia ella, descalzo sobre la arena fría de la mañana, vistiendo una camisa de lino entreabierta que se agitaba con el viento. Se detuvo a una distancia cortés, sirvió una taza del líquido oscuro y se la extendió, sosteniéndole la mirada con una fijeza magnética.
Alexia miró la taza y luego al magnate. Por un instante milimétrico, la joven del pasado dentro de ella dio un vuelco de emoción ante semejante despliegue de atención personalizada, pero la mujer del futuro tomó el control de inmediato. Tomó la taza, sintiendo el calor del cristal contra sus dedos, y le dio un sorbo pausado, saboreando la perfecta preparación antes de volver a mirarlo.
Damián sonrió con una suficiencia oscura, complacido por el hecho de que ella no hubiera rechazado el gesto. Dio un paso más, permitiendo que su sombra se proyectara sobre ella bajo el sol naciente, con esa mentalidad posesiva más viva que nunca.