EL RASTRO INVISIBLE
El mediodía cayó sobre la isla con un esplendor radiante. El calor del sol tropical fue mitigado por una pérgola de madera flotante que el equipo de Damián había instalado en una zona apartada del islote, donde la vegetación selvática moría justo en un acantilado de rocas negras que custodiaba una piscina natural de aguas turquesas.
Hasta ese momento, Alexia había mantenido su impecable distancia, asumía que el magnate continuaría usando la información que ella misma le había proporcionado la noche anterior en el restaurante. Esperaba ver más libros de economía o listas de reproducción personalizadas. Sin embargo, cuando Damián la guio por un sendero oculto de palmeras hacia la base del acantilado, lo que ella encontró la obligó a detenerse en seco. Sus ojos oscuros se abrieron con una sorpresa genuina y por primera vez en todo el fin de semana, su máscara de indiferencia se agrietó por completo.
Dispuesto sobre una estructura metálica frente al mar, sutilmente protegido de la luz directa, se encontraba un lienzo en blanco de gran formato montado en un caballete profesional. A un lado, una mesa de campaña exhibía una variedad abrumadora de tubos de pintura al óleo, pinceles de cerdas finas importados y espátulas de diferentes tamaños.
Damián no usó información de la cena. Había ido mucho más allá.
El magnate caminó hacia la mesa, tomó una paleta de madera y seleccionó un pincel, ofreciéndoselo con una sonrisa cargada de una satisfacción silenciosa, casi íntima.
Alexia miró el pincel y luego clavó sus ojos en las pupilas grises de él. Su pulso se aceleró de una manera que no pudo controlar. Ella adoraba pintar, era su verdadero refugio secreto, una pasión que en el futuro había abandonado por completo tras la ruina de su familia y que la Alexia de esta línea temporal practicaba a escondidas en el viejo ático de su casa, sin decírselo jamás a nadie.
Damián dio un paso hacia ella, acortando la distancia física con esa fijeza territorial que comenzaba a volverse una constante en él. Se inclinó sutilmente, permitiendo que el sándalo de su perfume la envolviera por completo bajo el calor del mediodía.
Las palabras de Damián cayeron en el pecho de Alexia con el impacto de una revelación sísmica. No había sido un reporte de seguridad, ni un hackeo, ni una filtración de su secretaria. Había sido él. El hombre frío y calculador que ella creía que solo la veía como una pieza de ajedrez o como un capricho la había estado observando con una atención al detalle tan profunda que rayaba en lo íntimo.
Por primera vez desde que despertó en este cuerpo, por primera vez desde que regresó a la vida arrastrando los traumas y el dolor de su futuro destruido, Alexia bajó la guardia. La armadura de hielo que había construido con tanto esmero cedió ante la abrumadora calidez de sentirse verdaderamente vista. Sus hombros se relajaron de manera imperceptible y sus ojos oscuros, despojados por completo del desprecio miraron el lienzo en blanco con una vulnerabilidad pura que Damián no había presenciado en todo el viaje. El pincel en su mano ya no se sentía como un arma de defensa, sino como el regreso a una parte de sí misma que creía muerta.