EL CRUCE DE LOS DESTINOS
El sol comenzó a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo y el mar de un rojo violento y dorado que bañaba la cubierta del velero con los últimos destellos de una tregua moribunda. El Aethelgard regresó al muelle privado de la marina con las velas recogidas, deslizándose en un silencio sepulcral que reflejaba la densa tensión psicológica acumulada durante todo el viaje. Damián Miller no había pronunciado una sola palabra en las últimas horas, se había limitado a gobernar el timón con la mandíbula rígida, devorado por una mezcla caótica de paranoia, sospechas y la perturbadora obsesión que se había gestado en su pecho tras haber descubierto a la verdadera mujer detrás del enigma.
Una vez amarrada la embarcación, Damián tomó su tableta digital con las manos sutilmente tensas. Sus dedos, usualmente precisos y fríos al firmar transacciones multimillonarias, presionaron la pantalla para autorizar el desbloqueo inmediato e irreversible de todas las líneas de crédito de Sterling Holdings.
Alexia, impecable en su enterizo blanco de lino, se colocó las sandalias planas y tomó su bolso con una tranquilidad pasmosa. No mostró alegría, ni alivio, ni rastro de la agitación de la noche anterior, para la conciencia del futuro que ahora gobernaba su cuerpo, aquello era simplemente el cierre definitivo de una transacción barata.
Damián la siguió a paso rápido, colocándose a su lado mientras avanzaban hacia el estacionamiento privado de la marina. El orgullo del CEO seguía profundamente escocido pero la posesividad salvaje que había echado raíces en él durante el amanecer se negaba a dejarla marchar. La idea egoísta de retenerla en su órbita quemaba en su mente no podía permitir que se fuera después de haber saboreado la tersura de su piel y la brillantez de su mente estratega.
Antes de que Alexia pudiera responder, los faros de un elegante sedán deportivo gris cortaron la penumbra del estacionamiento, deteniéndose exactamente a unos metros de ellos. El chofer de Alexia bajó de inmediato, apostándose junto a la puerta trasera. La joven había coordinado su recogida con una precisión matemática, desmantelando cualquier intento de encerrona.
Damián frunció el ceño y una chispa de furia competitiva brilló en sus pupilas al ver saboteado su plan de retenerla. Caminó hacia el conductor con una autoridad de mando implacable, dispuesto a despacharlo.
Alexia dejó escapar una risa suave, melodiosa y cargada de una ironía tan devastadora que detuvo al magnate en seco. Se cruzó de brazos, mirándolo por encima del borde de sus gafas de sol doradas.
Damián giró la cabeza, impaciente y listo para estalla pero todo el aire se le atoró en los pulmones y el color se drenó por completo de su rostro en un solo segundo
Caminando por el sendero iluminado de la marina, cargando una pequeña maleta de mano de diseñador, aparecía una mujer de una elegancia clásica, cabello castaño y una sonrisa radiante. Era Angels Rose. Había adelantado su regreso del viaje de negocios, un cambio de planes de última hora motivado por la llamada telefónica donde la inusual frialdad y el desapego de Damián habían encendido sus alarmas.
Angels se acercó con paso grácil, buscando el habitual refugio de su idilio secreto pero al notar la presencia de la otra mujer, sus pasos se volvieron más lentos. Detuvo su andar a un metro de distancia. Sus ojos almendrados recorrieron a Alexia, mirándola de arriba abajo, examinando con detenimiento el impecable enterizo blanco y la sofisticada madurez que ahora proyectaba la joven, una energía que distaba leguas de la niña sumisa del pasado.
Una sutil chispa de superioridad y desdén cruzó la mirada de Angels, quien recuperó de inmediato su fachada de élite. Con un tono de voz sumamente dulce, pero cargado de un veneno pasivo-agresivo, dirigió su atención al CEO.
Damián se quedó completamente paralizado, atrapado en mitad de un puente de mentiras que acababa de colapsar bajo sus pies. El sudor frío le perló la nuca. Miró a Angels, la mujer con la que mantenía un apasionado romance secreto y que pretendía tratar a Alexia como a una niña acosadora, y luego miró a Alexia. La perfecta e insípida devoción de Angels, que unas horas antes le había provocado fastidio en el velero, ahora se sentía como una trampa sofocante frente al enigma viviente que tanto deseaba conquistar.