EL SABOR DE LA DUDA
El restaurante de la marina, decorado con maderas oscuras y una iluminación tenue que pretendía evocar exclusividad, se sentía esa noche como una cripta. A pesar del murmullo suave de los comensales y el tintineo de las mermeladas y copas en las mesas contiguas, el aire entre Damián y Angels estaba completamente viciado. El gran chef de la casa había dispuesto para ellos un menú de degustación impecable pero para el magnate, cada bocado tenía el sabor amargo de la ceniza.
Damián permanecía recostado en su silla de piel, con los ojos grises fijos en la copa de vino tinto que sostenía entre los dedos, haciéndola girar con una monotonía exasperante. No había probado bocado. Su mente no estaba allí seguía atrapada en el estacionamiento, repitiendo en bucle el susurro demoledor de Alexia y la escalofriante mención de la caja fuerte, la pintura holandesa y la clave de seis dígitos. La paranoia lo estaba devorando vivo.
¿Cómo podía saberlo? ¿Quién lo había traicionado?
Frente a él, Angels Rose lucía impecable. Se había cambiado el atuendo del viaje por un vestido de seda negro que resaltaba su silueta clásica. Cortaba con delicadeza un trozo de salmón glaseado, manteniendo la sonrisa radiante con la que había bajado del avión pero sus ojos almendrados, agudos y calculadores, no perdían un solo movimiento del CEO. La inusual distancia de Damián, que había comenzado con aquella extraña llamada telefónica aquella la tarde, ahora era una barrera infranqueable.
Damián parpadeó, regresando a la realidad de la mesa como si lo hubieran despertado de un golpe. Miró a Angels, registrando la devoción perfecta en su rostro. Horas antes, en el almuerzo del velero, esa misma sumisión lo habría llenado de una satisfacción egoísta. Ahora, tras el rumor que Julián Vance había soltado en el muelle sobre el heredero francés, y con el fantasma de la madurez de Alexia quemándole la memoria, la dulzura de Angels se sentía insípida, falsa y sospechosa.
Angels dejó los cubiertos sobre el plato con un tintineo sutil que delató su creciente frustración. Se inclinó hacia el frente, apoyando sus manos cuidadas sobre la mesa, intentando buscar su mirada esquiva.
La pregunta de Angels, diseñada para tantear el terreno y descubrir si su posición de amante secreta corría peligro, tuvo el efecto contrario en Damián. El magnate clavó sus ojos grises en ella, pero no con la calidez del romance de siempre sino con una fijeza analítica e inquisitiva. Recordó la advertencia de Alexia: "Buscas monstruos e intrigas en el lugar equivocado".
Angels se tensó tanto que contuvo el aliento, abriendo sutilmente los ojos ante la inédita defensa que el CEO acababa de hacer de la heredera por primera vez. Damián guardó silencio de nuevo, desviando la mirada hacia el ventanal que daba al océano oscuro. La cena continuó en una agonía de sospechas mutuas. Angels intentaba descifrar qué había quebrado el control de su amante y el cambio repentino por la Sterling, mientras Damián, sumido en una profunda crisis de nervios se daba cuenta de que la perfecta fachada de su vida se estaba desmoronando y que la única persona que tenía las respuestas estaba manejando un sedán deportivo de regreso a la ciudad, completamente libre de él.