EL COLAPSO DE LAS APARIENCIAS
Angels sintió un frío desconocido recorrerle la espalda ante el tono cortante de Damián. La inédita defensa que él había hecho de Alexia, sumada a esa mirada gris que la analizaba como si fuera un cabo suelto en un mal negocio, encendió todas sus alarmas. Sin embargo, era una mujer de la élite, entrenada desde niña para no perder la compostura. Tragándose el orgullo y la humillación que amenazaban con desbordarse, forzó a sus labios a dibujar una sonrisa comprensiva y suave, intentando activar su red de manipulación más efectiva.
Al salir del restaurante, la brisa de la noche golpeó sus rostros mientras caminaban hacia el deportivo negro de Damián. Angels se pegó a su costado, deslizando su mano por el brazo del magnate de manera posesiva, buscando recuperar el calor y la complicidad que habían construido durante años en las sombras.
Damián no respondió. Abrió los seguros del auto desde el control y se limitó a conducir en un silencio sepulcral por las avenidas iluminadas de la ciudad. Angels, interpretando su mutismo como el cansancio extremo de un hombre acorralado por las responsabilidades, decidió jugar su carta más audaz al detenerse frente al exclusivo edificio residencial donde ella vivía.
Se giró en el asiento de cuero, acortando la distancia física y permitiendo que su perfume floral inundara el habitáculo del auto. Tomó el rostro de Damián entre sus manos, obligándolo a mirarla.
En cualquier otro momento de su vida, esas palabras habrían halagado el ego del magnate, confirmando que tenía a la mujer más codiciada de su círculo dispuesta a rendirse ante él. Pero esta noche, las palabras de Angels no hicieron más que activar la trampa psicológica que Alexia había plantado en su mente. Las frases encajaban con una precisión aterradora con la profecía demoledora del velero.
"Cuando regrese de su viaje de negocios, deberías formalizar lo que tanto escondes...".
Damián sintió que el aire del auto se volvía asfixiante. Miró las manos de Angels en su rostro y por primera vez, sintió un rechazo físico casi violento. La sola idea de formalizar algo con ella le provocó un peso helado en el estómago. Con un movimiento brusco pero calculado, se apartó de su toque, abrió la puerta del conductor y rodeó el capó del coche a zancadas rápidas.
Abrió la puerta del copiloto de Angels, ofreciéndole la mano no como un amante caballeroso, sino como un ejecutivo impaciente por terminar una reunión molesta.
Las excusas eran ridículamente poco convincentes. Era medianoche, Gina jamás dejaba pendientes de ese calibre de un día para otro y los mercados europeos no abrirían hasta dentro de varias horas. Angels lo miró fijamente desde el asiento, con los ojos almendrados inyectados en una mezcla de incredulidad y furia contenida. Sabía perfectamente que le estaba mintiendo pero la rigidez implacable de la mandíbula de Damián le dejó en claro que no había espacio para réplicas.
Bajó del auto con su maleta de mano, sosteniendo la cabeza en alto. Damián no esperó a que cruzara el umbral del lobby como siempre, apenas bajo cerró la puerta del deportivo de un golpe, subió al asiento del conductor y aceleró a fondo, haciendo crujir las llantas contra el pavimento, huyendo de la mujer que alguna vez consideró su refugio, devorado por una crisis de nervios y un único pensamiento fijo, llegar a su penthouse y abrir la caja fuerte.