League of Leguends: Semilla De La TraiciÓn

Capitulo VI

SACERDOTE GUERRERO.

 "La muerte me enseño el juego; me permitió entender lo que todos esos Noxianos terribles y serios que pelean en el centenar de guerras aún tienen que aprender; solo puedes jugar al juego cuando sabes que es un juego. Deja a un hombre jugar al ajedrez y dile que cada peón es su amigo. Déjale creer que sus alfiles son sagrados; déjale amar a su Imperio..... Y observale perderlo todo."

Palabra de Mordekaiser.

A Dannae le costó dormir, ya que no sabía cuándo comenzaban y acababan el día o la noche. El ruido no dejaba de sonar, y las paredes de la estancia siempre estaban retemblando. La oscuridad y el ruido eran constantes a su alrededor, por lo que se pasó las horas sentada en la cama, sin hacer nada, mirando a la nada, sin oír nada más aparte de alguna voz ocasional que pasaba por delante de su puerta.
La ceguera había sido la causa de un centenar de dificultades en la percepción de su entorno, pero lo peor era el aburrimiento. Dannae había sido una lectora insaciable, y debido a su trabajo debía moverse constantemente, por lo que había tenido ocasión de contemplar todos los paisajes urbanos públicos de su ciudad. Al haber perdido la vista, ambos entretenimientos le habían quedado vedados por completo.
En los momentos de más depresión se preguntaba a qué se debía aquel cruel sentido del humor del destino. Había sido escogida por los propios legionarios para vivir entre los elegidos de la Verdad, y recorría los pasillos de su gran nave de combate, casi todo olía el sudor… pero no veía nada en absoluto.
Sin duda, era para echarse a reír.
Las primeras horas que pasó a bordo de la nave fueron las más duras, pero al menos habían sido entretenidas. Le realizaron un examen médico en una estancia fría hasta lo doloroso, durante el cual le clavaron agujas por todos los músculos de los brazos y de las piernas. Mientras lo hacían, Dannae oyó como uno de los hechiceros le explicaban en qué consistía el blanqueamiento de los pigmentos de la retina, que era lo que la había dejado ciega, y en cómo la exposición a la energía corrupta o magia maleficarum desnutría o afectaba a los órganos y los músculos. Se esforzó por concentrarse en las palabras del hechicero, pero su mente no dejó de divagar mientras intentaba aceptar lo que había ocurrido y el hecho de que se encontrara allí en aquel momento.
Las dos últimas semanas que había pasado en Cartage habían sido muy duros para ella. A los grupos de bandidos merodeadores que infestaban las colinas que rodeaban la ciudad no les importó en absoluto la sagrada túnica que llevaba ni las tradiciones sobre el respeto debido a su persona.
—Nuestra isla ha muerto. Las costumbres antiguas ya no tienen ningún sentido —le dijo uno de ellos entre risotadas.
Dannae jamás le llegó a ver la cara, pero cuando dormía, su mente se imaginaba los rostros que podría haber tenido, todos con expresiones burlonas y crueles.
No fue capaz de dejar de temblar durante el examen karmico a pesar de todos sus esfuerzos. La nave de velas solares estaba tan fría que le castañeteaban los dientes cuando intentaba hablar, y se preguntó si el aliento se le estaría condensando al salir de entre los labios.
—¿Me has entendido? —le preguntó el legionario.
—Sí. Sí lo entiendo —le mintió, y añadió—: Gracias, hijo de Noxus.
No tardaron en llegar otros humanos para ayudarla. Emitían un fuerte olor a incienso especiado, y le hablaron con voces serias pero tranquilas.
Caminaron durante un rato. Pudieron haber sido cinco minutos o treinta. Sin poder ver, todo parecía alargarse y ralentizarse. Por el sonido, los pasillos parecían bastante transitados. De vez en cuando oía los chirridos mecánicos de las articulaciones de la armadura de un guerrero cuando pasaba a su lado, pero en mayor medida fueron los susurros de la tela de las túnicas.
—¿Quiénes sois? —les preguntó mientras caminaban.
—Servidores —le contestó uno de los individuos.
—Servimos a los Portadores de la Verdad —añadió el otro.
Siguieron caminando. Pasó el tiempo, con los segundos marcados por el eco de las pisadas y los minutos por las voces con las que se cruzaban.
—Vuestra estancia —dijo uno de los guías.
La ayudaron a entrar y la condujeron alrededor de la estancia. Le colocaron los dedos temblorosos en la cama, las paredes y en los controles de apertura de la puerta. Fue un recorrido paciente por su nuevo hogar, su nueva celda.
—Gracias —les dijo al acabar.
La estancia no era muy grande y no disponía de mucho mobiliario. Dannae no se encontraba cómoda, pero no le preocupaba quedarse sola. Sería una bendición hasta cierto punto.
—Recuperaos —le desearon los dos hombres al unísono.
—¿Cómo os llamáis? —les preguntó.
La respuesta fue un siseo seguido de un leve chasquido cuando la puerta se cerró.
Dannae se sentó en la cama, que tenía un colchón delgado y duro, no muy diferente al camastro de un prisionero, y comenzó su larga existencia privada de experiencias sensoriales en la que no tenía absolutamente nada que hacer.
La única interrupción en la monotonía diaria la provocaba la aparición de un servidor, que se mostraba tremendamente reacio a conversar, o que era incapaz de hacerlo. Era quien le traía tres veces al día una pasta de composición química con una consistencia semejante a las gachas.
—Esto es repugnante —dijo por fin un día, aunque con una leve sonrisa en los labios—. ¿Debo suponer que se compone de numerosos nutrientes y otros elementos beneficiosos?
—Sí —le contestó el servidor con voz átona.
—¿También es lo que tú comes?
—Sí.
—Lamento oírlo.
Silencio.
—No hablas mucho.
—No.
—¿Cómo te llamas? —intentó decir Dannae como último recurso.
Pero la única respuesta fue el silencio.
—¿Quién eras? —inquirió.—Antes de que te convirtieran en esto, ¿quién eras? —insistió al mismo tiempo que se esforzaba en que su sonrisa fuera más amistosa.
—No.
—¿No, no te acuerdas, o no, no me lo vas a decir?
—No.
Dannae soltó un suspiro.
—Vale, pues entonces, puedes marcharte. Nos veremos mañana.
—Sí —contestó el servidor.
Oyó el sonido de unos pasos y el chasquido de la puerta al cerrarse de nuevo.
—Te llamaré Kale —dijo a la estancia vacía.
.......
Corax había visitado a Dannae en dos ocasiones desde el primer día, y Vhadin, tres veces. Todos y cada uno de los encuentros con el capitán habían sido más o menos iguales al primero: una conversación forzada y unos silencios incómodos. Por lo que Dannae había deducido de lo que habían hablado, la flota de la legión se dirigía hacia una nueva isla que en teoría debían conquistar, pero todavía no les habían dado permiso para atacar.
—Pero ¿por qué? —preguntó, agradecida de tener incluso aquella compañía tan poco cómoda.
—Nuestro Señor todavía sigue recluido —le contestó Vhadin.
—¿El sempiterno?
—Es uno de los nombres de nuestro señor supremo, y pocos lo pronuncian fuera de nuestra legión. Es una palabra antigua de Cartage, del lenguaje de nuestra tierra natal.
—Es extraño que un Dios tenga un sobrenombre —comentó Dannae, con un gesto de extrañeza.
Vhadin se quedó en silencio durante un rato.
—Mi Señor no es un dios. Pero..... Cuando lo ves en combate puede ser la imagen de un Dios encarnado.
—Dices que se mantiene recluido.
—Sí. Se encuentra en sus estancias de la nave insignia, el Tempestus.
—¿Es que se esconde de vosotros?
Oyó como el legionario tragaba saliva.
—Dannae, no me encuentro cómodo con el rumbo que está tomando esta conversación. Digamos que tiene mucho sobre lo que pensar. El juicio que la Trifarix ha realizado sobre nuestros actos es una carga que sufren muchas almas. Y Nuestro señor sufre lo mismo que sufrimos nosotros.
Dannae pensó con cuidado y durante bastante rato antes de hablar de nuevo.
—Vhadin.
—Dime, Dannae.
—No pareces ofendido. No suenas como alguien que esté sufriendo.
—¿No?
—No. Hablas como alguien que estuviera furioso.
—Ya.
—¿Estás furioso con la Trifarix por lo que os hizo?
—Tengo que irme. Me llaman —dijo Vhadin de manera repentina, y se puso en pie.
—No he oído ninguna llamada —le respondió la niña—. Te pido disculpas si te he ofendido.
Vhadin salió de la estancia sin decir nada más. Pasarian otros cuatro días antes de que volviera a reunirse con ella.
....
El capitán de la decima contempló el cuerpo decapitado con una consternación momentánea. No había pretendido descabezarlo.
La criatura que era un vastaya que había sido revivido con necromancia se desplomó hacia un lado y se quedó en el suelo de la jaula de hierro presa de una serie de espasmos. El capitán hizo caso omiso de aquel cuerpo ya sin vida y se concentró en la cabeza de boca lacia que había rodado a través de los barrotes de la jaula de hierro, estrellándose con un ruido sordo contra la pared de la cámara de entrenamiento. La cabeza lo observaba desde el suelo con los ojos muertos temblorosos y la boca abierta de par en par mostrando unos dientes filudos como cuchillas.
—¿De verdad era necesario? —le preguntó Torgal.
El subcapitan estaba desnudo de cintura para arriba, y su torso era un mapa de músculos grandes. La caja torácica tenía unidas completamente todas las costillas, lo que le arrebataba parte de su aspecto humano, lo mismo que la hinchazón de su musculatura. Si existía algo que se pudiera considerar hermoso en el físico del subcapitan, no aparecía en el cuerpo de Torgal. Buena parte de su piel oscura estaba cubierta de cicatrices, desde marcas rituales hasta textos religiosos tatuados en toda la piel, pasando por desfiladeros abiertos en la carne por los tajos de las armas de filo que le habían atravesado la armadura a lo largo de los numerosos años de combate.
Vhadin bajó el gladio de entrenamiento. La mancha roja y medio verdusca que cubría la hoja del arma reflejaba la luz del techo con unos destellos húmedos.
—Estoy desconcentrado.
—Me he dado cuenta, capitán. También la criatura de prueba.
—Ya han pasado dos semanas. Dos semanas que llevamos esperando la salida de nuestro señor, dos semanas sin hacer nada. Dos semanas en las que nuestro Señor sigue aislado del mundo. No me hicieron lo bastante paciente como para soportar algo así, hermano.
Vhadin abrió las rendijas de la jaula de entrenamiento, y los hemisferios que formaban la jaula se separaron permitiéndole salir. Dejó caer con un gruñido la espada ensangrentada al suelo. El arma se deslizó por la superficie con un tintineo hasta que se detuvo al lado del vastaya muerto.
—Ahora me tocaba a mí —murmuró Torgal, mientras le hacia un gesto al hechicero que ya hacia a su lado, al tiempo que este recolocaba la cabeza de la criatura y la reanimaba.
El sargento bajó la mirada hacia la criatura revivida con necromancia , observo su aspecto felino y por un momento le dio repugnancia mirarlo a la cara.
Vhadin se limpió el sudor de la nuca y luego tiró la toalla a un banco cercano. Apenas prestó atención a los servidores de mantenimiento que se llevaron a rastras al vastaya muerto para reanimarlo.
—Hablé con Dannae hace varios días —dijo al cabo de un momento.
—Eso me han dicho. Yo mismo he pensado en reunirme con ella en algún momento. ¿No te parece que es una influencia tranquilizante?
—Demasiado —le respondió Vhadin.
—Eso suena irónico.
—Lo digo en serio —insistió el capitán—. Me preguntó si estaba furioso con la Trifarix. ¿Qué se supone que tengo que contestar a algo así?
Torgal paseó la mirada entre el resto de los guerreros de la 7.ª Compañía que se encontraban en la sala de entrenamiento. Los hermanos de batalla que estaban realizando prácticas de combate en otros puntos de la estancia sabían muy bien cuándo debían mantener las distancias con su comandante si éste no se encontraba del humor adecuado. Las espadas de madera restallaban con fuerza al chocar entre sí, los golpes de los puños resonaban con un chasquido sordo al encontrar la carne del oponente, y las jaulas cargadas de energía ahogaban el repicar de las hojas metálicas que entrechocaban en su interior. Se volvió de nuevo hacia el capitán.
—Podrías decirle la verdad.
Vhadin movió la cabeza en un gesto negativo.
—La verdad me deja un regusto amargo en la boca. No pienso decirla.
—Habrá otros que la digan, hermano.
—¿Otros? ¿Como tú?
Torgal encogió los hombros desnudos.
—Vhadin, no me avergüenzo de estar furioso. Nos ofendieron, y tomamos el camino equivocado en el pasado.
Vhadin extendió los brazos para recuperarse del agarrotamiento que comenzaba a asentársele en los músculos de los hombros. Se tomó un momento para responderle al subcapitan. Torgal era un individuo incapaz de callarse, y sabía que cualquier cosa que le dijera se la repetiría al resto de la compañía.
— Somos una legión fundamentada en la fe, y de repente nos hemos encontrado sin fe alguna. Es natural que sintamos rabia, pero eso no es una respuesta. Esperaré a que mi Señor regrese a nosotros, y escucharé sus palabras antes de decidir qué camino seguir.
Torgal no pudo evitar una sonrisa.
—Escúchate bien. ¿Estás seguro de que no quieres empuñar un crozius? Estoy seguro de que a Odorothon no le importaría entrenarte de nuevo. Lo he oído lamentar en más de una ocasión la oportunidad perdida contigo.
—Hermano, eres una presencia insidiosa en mi vida. —El capitán frunció el entrecejo, lo que ensombreció sus hermosos rasgos. Tenía los ojos del color azul del cielo veraniego de Cartage, y su rostro, sin marca alguna, como muchos de sus hermanos, todavía mostraba el rastro del humano que hubiera sido—. Esa ocasión ya pasó. Tomé una decisión, y el primer capellán tomó la suya.
—Pero…
—Basta, Torgal. Las viejas heridas todavía pueden doler. ¿Se sabe algo del regreso de nuestro Señor?
Torgal miró atentamente al capitán, como si buscara algo oculto en sus ojos.
—No, que yo sepa. ¿Por qué lo preguntas?
—Ya sabes por qué. ¿No te has enterado de nada de las reuniones de los capellanes?
Torgal negó con la cabeza.
—Están sometidos por juramentos de secreto que unas cuantas preguntas inocentes no romperán. ¿Has hablado con Corax?
—Muchas veces, pero es bastante hermético. Nuestro Capellán hace caso de todo lo que le dice Odorothon, y éste transmite las palabras de Astorath a los cónclaves de sacerdotes guerreros. Corax me ha prometido que dentro de poco seremos iluminados sobre lo que va a ocurrir. La reclusión del primarca durará semanas, no meses.
—¿Y tú te lo crees? —preguntó Torgal.
Vhadin se echó a reír, pero fue una risa breve y amarga.
—Saber en qué creer es la mayor amenaza a la que nos enfrentamos.




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