A la mañana siguiente, Urara despertó con el sonido de su alarma y de inmediato permaneció unos instantes mirando el techo antes de levantarse debido a que había conseguido dormir sin mayores dificultades; por lo tanto, esperaba que aquel día transcurriera con la misma tranquilidad que el anterior. Tras prepararse para ir a la escuela, bajó a desayunar con sus padres y, durante la comida, su madre le preguntó cómo avanzaba el trabajo grupal que le habían encargado, ante lo cual ella respondió:
—Bastante bien. Ayer envié la información que encontré y algunos compañeros también compartieron sus avances.
—Me alegra que estén organizándose —comentó su madre—. Así no tendrán que hacer todo a última hora.
—Eso espero —asintió Urara, mientras que su padre, que había estado escuchando la conversación, intervino para saber cuándo tendrían que presentar la asignación, obteniendo como respuesta:
—La próxima semana, todavía tenemos tiempo para prepararlo.
Después de desayunar recogió sus cosas para despedirse de ambos y durante el camino revisó los mensajes del grupo, donde encontró que Cecilia había propuesto aprovechar el recreo para organizar las partes de la exposición; así que, como los demás habían aceptado Urara respondió que también estaría presente, al llegar al aula encontró a varios compañeros conversando antes del inicio de las clases, de modo que saludó a Carla y Susana para luego dejar su mochila junto al asiento y comenzar a sacar sus materiales hasta que escuchó a sus espaldas:
—Buenos días, Urara.
Al girarse, vio a Cecilia acercándose con unos cuadernos entre los brazos, por lo cual le devolvió el saludo:
—Buenos días.
—¿Viste el mensaje del grupo? —preguntó su amiga.
—Sí ahora podemos reunirnos durante el recreo —contestó Urara, a lo que Cecilia añadió:
—Perfecto, estuve revisando lo que enviaron y creo que deberíamos ordenar algunas partes para evitar que repitamos la misma información.
—Está bien —concluyó Urara antes de que Cecilia asintiera y se dirigiera a su asiento.
Urara la siguió con la mirada durante unos segundos ya que, aunque la conversación había sido completamente normal, no pudo evitar recordar la manera en que Cecilia había observado la pelota después de que cambiara de dirección.
¿Y si todavía está pensando en eso?
Por eso, apartó la mirada y abrió su cuaderno, puesto que no tenía motivos para creer que su amiga estuviera a punto de preguntarle algo debido a que durante el día anterior se había comportado como siempre sin volver a mencionar lo sucedido; sin embargo, la posibilidad seguía inquietándola. La primera clase comenzó poco después y, aunque Urara intentó concentrarse en las explicaciones del profesor y consiguió dejar de lado sus preocupaciones por un buen rato, volvió a sentirse incómoda en cuanto llegó el recreo y tuvo que reunirse con su grupo.
Los cinco integrantes se acomodaron alrededor de unas mesas para revisar la información reunida; entonces, Cecilia abrió su cuaderno para explicar cómo podían organizar la exposición proponiendo:
—Creo que deberíamos empezar hablando de los cambios en la educación durante los últimos años, después podemos mencionar las herramientas tecnológicas y terminar con sus ventajas y desventajas.
—Podríamos incluir ejemplos de las plataformas que utilizamos para estudiar —comentó uno de sus compañeros.
—Sí, pero tenemos que comprobar que la información sea correcta —respondió Cecilia—. Ayer encontré dos páginas que mencionaban datos diferentes sobre el mismo tema.
—¿Y cuál era la correcta? —preguntó otro integrante.
—Todavía tengo que verificarlo y por eso prefiero que no incluyamos esos datos hasta encontrar una fuente confiable.
Urara escuchó toda la explicación mientras revisaba sus propias anotaciones, recordando además que Cecilia siempre había sido cuidadosa con los detalles y prefería revisar las cosas antes de aceptar una respuesta cuando algo no le parecía claro, lo cual era una característica que normalmente apreciaba en los trabajos escolares, pero aquella mañana esa cualidad le trajo un recuerdo que habría preferido olvidar.
Si se da cuenta de que dos páginas se contradicen, ¿cómo va a olvidar algo que vio con sus propios ojos?
Repentinamente, la voz de Cecilia la sacó de sus pensamientos:
—Urara, ¿qué opinas?
—¿Eh? —reaccionó sorprendida.
—Estábamos pensando en utilizar la información que compartiste ayer para explicar cómo han cambiado las herramientas de estudio. ¿Te parece bien?
—Ah, sí. Claro.
—¿Segura? —insistió Cecilia—. Si encontraste algo que deberíamos cambiar, podemos revisarlo.
—No, está bien como lo propusiste —aseguró Urara, permitiendo así que la conversación continuara mientras los demás se repartían las partes de la exposición, además de que ella participó solo cuando le correspondía para evitar nuevas distracciones.
Cuando terminaron de organizarse, acordaron conversar sobre el horario por el grupo y dieron por terminada la reunión; en ese mismo instante, Urara guardó sus apuntes y Cecilia la llamó diciendo:
—Oye, Urara , creo que anotaste mal la parte que te corresponde porque tu vas a explicar las ventajas y desventajas, no solamente las ventajas.
Al comprobar su cuaderno, Urara notó que tenía razón y contestó:
—Ah, cierto. Gracias.
—De nada —sonrió Cecilia antes de recoger sus materiales, dejando a Urara con la sensación de haber tenido un sobresalto innecesario al imaginar que le preguntaría por la pelota cuando en realidad solo estaba ayudándola.
No puedo seguir reaccionando así cada vez que me habla.
Más tarde, cuando se reunió con Carla y Susana intentó participar en la conversación como de costumbre mientras Susana contaba una situación graciosa que además era interrumpida por Carla; por consiguiente, Urara solo sonrió de forma ausente hasta que Carla le preguntó: