Capítulo 26:
❝No necesitas fingir conmigo❞
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ஜAshley Olsenஜ
—Mucho gusto.
Le dedico una sonrisa a la mujer frente a mí. Ella no deja de sonreír y expresar cuánto ansiaba conocerme.
—De verdad —repite, con la voz ligeramente ahogada y una felicidad desmedida—. No sabes cuánto tiempo esperé para conocer a la mujer de la que mi niño se enamoró profundamente.
Disimulo mi sorpresa, con una pequeña sonrisa.
¿Pero de qué me sorprendo, si el contrato estipula que debemos fingir?
Pero es que se le da demasiado bien.
—Nana, me dejas en evidencia —Murmura Christian, jocoso, echándome una mirada de reojo antes de oler algo—. ¿Eso que huele chamuscado son los pasteles de arroz?
—Ay mi madre, se me queman —exclama la mujer alarmada y me ofrece su mano con rapidez, manteniendo la misma sonrisa de antes—. Un gusto mi niña, bienvenida a casa.
Estrecho su mano, agradeciéndole y luego se marcha hacia la cocina. Por curiosidad inhalo varias veces, pero no huelo nada que se esté quemando. Miro a Christian, una sonrisa baila en sus labios.
—Mentir es malo, ¿lo sabes? —murmuro, cruzándome de brazos en un gesto instintivo.
—En breve estarían quemándose si hubiera seguido embelesada con la belleza de mi esposa.
Su respuesta acompañada de una de esas típicas sonrisas de revista solo me hace querer pegar un grito contra la almohada hasta quedarme sin aire. ¿Por qué tiene que decir cosas así, si sabe perfectamente que el contrato exige que todo sea frente al público y sin sentimientos de por medio?
Realmente no me lo está poniendo fácil, se me está volviendo difícil no sentir más de lo que yo siento por él.
—Te ha caído muy bien, eh.
Asiento.
Se siente raro el ambiente entre nosotros, después de lo de anoche. Pero ninguno de los dos hacemos el intento de mencionar ese hecho. ¿Qué diantres le voy a decir? ¿Que me vuelve loca cada palabra que suelta de esa tentadora boca? ¿Que me confunde cuando dice que le gusto y luego me habla de amar a otra mujer? ¿O mejor le digo que los celos me están comiendo la mente desde anoche y que muero por saber, masoquistamente, quién es ella?
—Es muy chévere —le digo, sonriendo un poco—. ¿Así que se la robaste a tu familia?
Cuando me la presentó, dijo que trabajaba para Diego y Alondra como ama de llaves, que cuidó de Priscila, Javier y de él. Cuando cumplió cierta edad, que se hizo de lo suyo aquí en Madrid, ella empezó a cuidar del penthouse una vez por semana mientras seguía en la mansión Teixeira, mientras él estaba de lleno en su empresa en Brasil.
Christian finge una expresión de indignación.
—Robar es una palabra muy fea, esposa mía —lleva una mano a su pecho, con cierto dramatismo mientras habla—. ¡Digamos que le ofrecí un jugoso trato!
Como su intención era que ella lo escuchara, alzó la voz. Christian suelta una risita, mientras miramos a nana llegar con una ceja alzada y sus manos en la cintura en forma de jarra.
—No lo creas —me dice ella, mirándome con una sonrisa—. Prácticamente me suplicó que viniera a cuidarlo.
—Nana —el susodicho se queja, sin perder la sonrisa y me mira—. Pero es verdad, nada más llegué a Madrid le hablé para que se mudara definitivamente aquí.
¿No será por el tiempo que te quedes aquí?
Muerdo mi lengua, callando ese pensamiento. Me había olvidado por completo que aunque Christian tenga vida aquí, la mayor parte pertenece a Brasil.
—Por cierto —Nana señala algo detrás de nosotros—. La señora Rita envió un obsequio esta mañana, te lo dejé allí.
Por instinto nos volteamos a mirar. Hay una caja mediana sobre el diván bajo la ventana, junto a la chimenea, con un lazo perfectamente hecho en color turquesa y una nota colgando de un hilo de la cinta.
—No lo vi —le dice Christian, mientras se acerca a abrazarla brevemente—. Gracias, nana.
Ella se despide, diciendo que el almuerzo estará en breve y luego se marcha otra vez a la cocina. Christian me toma de la mano sin preguntar y me arrastra —más bien me dejo llevar— para enseñarme todo el penthouse.
—Deberías ver el regalo de tu abuela.
—Puede esperar. Si fuera algo urgente me hubiera llamado —se alza de hombros—. Seguro es otro libro.
—Christian —me mira—. ¿Planeas volver definitivamente a Brasil?
—Estoy ordenando algunos asuntos —su voz tiene un matiz de incomodidad, como si no quisiera ahondar en el tema—. Todavía tengo que hablarlo con mi abuela.
Asiento, diciéndole que entiendo y no pregunto nada más. No quiere hablar de ese tema, sabrá él por qué, y no pienso insistir. Tampoco es como si tuviera el derecho, ¿verdad?
Pero demonios, me da cierta ansiedad no saber la respuesta exacta.
El ambiente aunque empieza a aligerarse un poco mientras me hace el recorrido, todavía queda flotando ese no sé qué entre nosotros, por lo de anoche.
El penthouse es una mezcla elegante de mármol blanco y negro, con algunas variaciones en gris y beige. Grandes ventanales acompañados por cortinas negras.
La sala es el centro del penthouse, con sus carísimos muebles en tonos oscuros y cojines blancos, un enorme televisor de cine, una chimenea extremadamente lujosa y sombría con un diván cerca. Las luces principales son bolas con efecto de espejo colgantes, dándole una iluminación tenue a la sala.
A través de la sala, se puede acceder a una terraza amplia con una preciosa vista, con muebles cómodos y una mesita en el centro, ideal para pasar la tarde mirando el horizonte.
El baño es como entrar en un mundo oscuro y pulcro, desde el jabón hasta la alfombra, todo es de ese color y muy poco blanco o gris. La cocina y el comedor se ubican a un extremo, y delante está la escalera en forma de caracol con barandas de cristal oscuro.
En el piso de arriba se ubican el estudio y cuatro habitaciones con sus propios baños y balcones. No entramos nada más que al estudio, que parece bastante vacío en comparación al comedor que aguarda una laptop y varios portsfolios con documentos del trabajo.
Editado: 28.09.2026