Legnas: la profecía 3

1. El regreso

Sam:

Caos…

Sangre…

Destrucción…

Muerte…

Cuatro palabras que describen a la perfección las últimas horas de mi vida.

Mientras corro por los largos pasillos del palacio con Vitae en mis brazos y, a mi lado, Adams boca abajo sobre el lomo de Lucio, con sus extremidades inertes a cada uno de sus costados, siento como si en cualquier momento me fuera a desmayar.

Me duele todo el cuerpo, comenzando por mi hombro donde tengo la maldita mordida; mis piernas me piden a gritos un merecido descanso y mis venas arden necesitadas de sangre. Tengo sed, mucha sed.

Delante de mí, Nick lleva a su hija en brazos, inconsciente, y unas puertas más atrás, Sacarías y Ezra se detuvieron para dejar a Alexander en su habitación. No entiendo por qué no han recobrado la conciencia, pues cuando Maira y Lirba aparecieron, solo tardaron unos minutos en despertar. Solo espero que estén bien.

Me detengo frente a mi habitación y con un poco de dificultad, la abro mientras Lucio y Sharon siguen de largo hacia los aposentos de la reina. Quiero ir con ellos, pero justo ahora debo velar por la Criaturita y sé que mi hermano está en buenas manos.

Coloco a Vitae sobre mi cama con sumo cuidado y sin saber qué hacer exactamente, voy al baño, cojo una toalla, la humedezco y regreso con ella para limpiar un poco su rostro manchado de sangre y tierra. Un escalofrío me recorre la columna mientras las cortinas bailan con el aire a pesar de que las ventanas están cerradas; detalles que me indican que los dos emplumados están tras de mí.

—No la toques —dice Gabriel, pero lo ignoro estrepitosamente. Una vez su rostro está limpio, procedo a hacer lo mismo con su cuello—. ¡He dicho que no la toques!

—Gabriel —murmura el otro y yo los miro con mala cara.

Rafael sostiene a su hermano por una mano. El Profeta parece querer matarme.
—No se merece tocarla.

Vuelvo a centrar mi atención en Vitae y continúo mi labor de limpieza. Una mano se posa en mi hombro alejándome de ella y, enojado, porque sí, los malditos Arcángeles me tienen hasta los cojones, me volteo estampando mis manos en el pecho de Gabriel. Estoy débil, pero el arranque de ira y la sorpresa, lo hacen retroceder varios pasos.

—No me toques las narices, Gabriel, o…

—¿O qué? —Resoplo.

—Déjame en paz. —Da otro paso hacia mí, pero Rafael se interpone.

—Cálmate, sabes que ella no aprobaría este comportamiento.

—Justo ahora me importa una mierda lo que ella diga, Rafael. Por culpa de ese vampiro mira como está.

Rafael revuelve su cabello, parece frustrado y yo vuelvo a tomar la toalla.

—Hostring —me llama con voz amenazante—. No me colmes la paciencia que me queda bastante poca. Esa que tú ves ahí podrás creer que es una mujer, pero es Dios y tú eres un sucio vampiro que no merece ni siquiera respirar el mismo aire que ella.

—¡Pues límpienla ustedes, carajo! —grito, fuera de mí. Estoy agotado, tanto física como emocionalmente y lo último que deseo es pelear con estos imbéciles.

Paso mis manos por mi rostro, frustrado, y con unos deseos enormes de mandarlo todo a la mierda. Estoy tan estresado que no me sorprendería que en cualquier momento explotara.

Escucho un chasquido de dedos y cuando los vuelvo a mirar, están concentrados en Vitae y cómo no, está totalmente limpia e incluso con ropa nueva.

—Malditos Arcángeles de mierda —murmuro jalándome el cabello—. ¿Cuándo despertará? —Ambos se encogen de hombros.

—En unas horas. —Miro a Rafael entornando los ojos. Muy esclarecedora su respuesta. Maldito.

Como estoy bastante seguro de que ninguno de los dos se irá de aquí, decido darme un rápido baño para quitarme toda la sangre y de paso, alimentarme. Treinta minutos después, me siento mucho mejor, adolorido, pero mejor.

Sin más preámbulos, voy a ver a mi hermano. Toco la puerta de la habitación de Sharon y su voz alicaída me permite la entrada. Me armo de valor para enfrentar lo que sea que me espera ahí dentro y abro la puerta.

Camino titubeante hasta llegar al pie de la cama donde descansa su cuerpo inerte. Su corazón continúa latiendo, ahora con un poco de más fuerza que hace un rato, pero el hecho de que no haya despertado me dice que su alma sigue ausente.

—¿Cómo está? —me atrevo a preguntar. Ella solo se encoge de hombros.

—Sacarías me ha ayudado a sacar la mano de Cristopher sin afectarlo, pero no despierta. ¿Y Vitae?

—Inconsciente. —Asiente con la cabeza.

—Jazlyn y Alexander también.

—Esto es una mierda —digo más para mí que para ella mientras me revuelvo el cabello.

—¿Cómo tienes el brazo? —pregunta, mirándome por primera vez desde que llegué. Me encojo de hombros, pero ese mínimo gesto, me llega al alma—. Ven, vamos a curarte eso.

Se levanta de su puesto al lado de la cama y la sigo hasta una de las butacas.

—Quítate el pulóver —ordena y yo obedezco sin rechistar.




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