Legnas: la profecía 3

16. El bastardo

Sacarías:

En mis quinientos sesenta y tres años de vida he hecho cosas realmente increíbles, unas en el buen sentido, otras no tanto; sin embargo, esta se lleva el premio mayor. Si, mi no tan querida madre, me viera en estos momentos, en medio de un cementerio, luchando junto a los Legnas y los descendientes del Cielo, en contra de Lucifer, estaría bien decepcionada. Ella odiaba a los primeros, idolatraba al último.

Con la respiración entrecortada y el corazón golpeando con fuerza en mi pecho, amenazando con explotar como le de otro subidón de adrenalina, observo cómo Lucifer y su ejército comienza a retroceder. Estoy convencido de que no por miedo, y sé que no soy muy ducho en los temas angelicales, pero apuesto que absorber todas esas almas, aunque le han devuelto la fuerza, necesita un tiempo para, ¿digerirse? Sí, creo que puedo usar esa palabra.

Las almas salen del Infierno rumbo a la ciudad, supongo que con intenciones de encontrar un recipiente. Serán unos días horrendos.

Busco a Ezra con la mirada y lo encuentro junto a Alysson, observando con espanto él panorama a nuestro alrededor.

Respiro hondo al verlo a salvo. Aun puedo sentir el calor de sus labios sobre los míos, esa corriente tan familiar que recorre nuestros cuerpos luego del estúpido hechizo que hicimos hace años donde quedamos ligados de una manera un tanto peculiar y que se activa con cada encuentro íntimo. Honestamente, no pensé que volvería a experimentarla; mucho menos que mi corazón latiría tan enfurecido como siempre, que mi cuerpo reaccionaría a sus caricias como si el tiempo no hubiese pasado.

No le devolví el beso. Me gustaría decir que porque no significó nada para mí; pero no, fue por el shock, porque nunca me imaginé que algo así podría suceder nuevamente. Sé que él estaba bajo los efectos de la Lujuria y que tal vez no lo habría hecho en condiciones normales, es decir, ¿a quién en su sano juicio se le ocurriría besar a alguien en medio de una batalla? Bueno, él no es la persona más cuerda que conozco y no me sorprendería que lo hiciese por su libre y espontánea voluntad.

El que sí sabe que en ese momento no estaba abducido por uno de los demonios, era yo. Es decir, había caído por la envidia, pero desapareció por unos minutos en el momento justo en que sus labios tocaron los míos. Quisiera decir que, a pesar de todo, no me gustó, pero eso sería mentirme a mí mismo y ya estoy un poco harto de eso. Si no hubiese sido por la intervención de Sam, creo que se lo habría devuelto y eso me jode porque, desde que regresó, he intentado esconder todo lo que una vez sentí por él en el baúl del “pasado”.

Hablando de eso, el pasado es algo que debería quedarse ahí, bien atrás, pero hay veces que el muy desgraciado te alcanza y sacude tu presente de tal manera que da miedo y creo que no hay mejor ejemplo de eso, que este preciso momento en el que escucho esa voz que tanto odio y que, efectivamente, no escuchaba desde hace diez años.

—Ustedes sí saben cómo montarse una fiesta. —Mi corazón se detiene por un micro segundo y creo que en mi vida me había movido tan rápido como lo hago cuando me volteo hacia ella.

Siento la sangre drenar de mi rostro cuando veo a mi mayor pesadilla.

—Dalianna —murmuro.

¿Qué coño hace aquí? Quiero preguntar, pero la sorpresa no me permite articular palabra. Se supone que no vendría hasta dentro de tres días, suele adelantarse uno a veces, pero no más. Ha sido jodidamente puntual desde que entró a mi vida. ¿Por qué adelantarse ahora? ¿Por qué no me dejó decirle primero?

—Y así, señores, es como le rompen el corazón a un idiota por segunda vez. Escucho decir a Ezra.

Nuestras miradas se encuentran y debo decir que me afecta más de lo que me gustaría admitir, el dolor y la decepción que reflejan esas esferas negras que, por tantas noches, fueron mi refugio.

—Ezra —murmuro dando un paso hacia él, al darme cuenta de que Sam tenía razón.

Tenía que haberle dicho, haberlo preparado para este momento y tal vez así, no le habría hecho daño. Ah, pero tengo que ser orgulloso a muerte.

—Vete a la mierda, Sairus.

Sin decir nada más, con la cabeza en alto, pero los hombros caídos, da la media vuelta y se aleja. Mi maldito corazón, ese al que obligué en vano a olvidarse de él, me urge ir en su búsqueda, pero mi cabeza, esa que piensa con lógica y conoce las consecuencias de mis actos, me ordena que me quede y, aunque no quiero, le hago caso.

—¿Qué coño esperas? —Escucho preguntar a Sam que no sé en qué momento llegó a mí—. Ve tras él, idiota. —Lo miro.

—No puedo.

La verdad es que pensé que iba a insistir, sería lo más lógico viniendo de él, incluso podría imaginarlo obligándome a seguirlo a la fuerza; sin embargo, algo debió ver en mi mirada o sentir en mis palabras porque se queda en silencio, aceptando mi decisión. En cambio, fulmina a Dalianna, dejando claro que no le cae nada bien.

Respiro profundo y me obligo a enfrentar mi martirio.

—¿Qué haces aquí? —Arquea una ceja.

—Lo mismo que hago cada diez años, Sairus. —Trago saliva, deteniendo los deseos de decirle que no me llame así.

Detesto ese nombre, representa todo lo que odio de mí y solo se lo permito a Ezra porque el idiota es tan obstinado que ni, aunque lo amenace o incluso lo ataque, me obedece.




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