Legnas: la profecía 3

20. Te quiero, malcriada

MIGUEL:

Veo al guerrero regresar.

Ese chico que hace una hora... ¿o ha pasado más tiempo?, salió junto a un grupo de Legnas a desalojar el Reino antes de que Alexa entrara en escena y se enfrentara a Lucifer.

Debo decir que ese maldito órgano en mi interior, ese al que Dios se encargó de darle más vida de la que debería, comienza a latir con fuerza. A fin de cuentas, su llegada solo significa una cosa: que logró su cometido y, por tanto, es el momento de Alexa y lo confirmo cuando se lo grita al rey.

Una onda expansiva me lanza hacia atrás y mi cuerpo golpea con la maldita muralla, sacándome el aire por varios segundos. El impacto es tan fuerte, que me deja incrustado en la pared, por lo que paso un poco de trabajo para incorporarme nuevamente a la batalla.

Lucifer me observa con una sonrisa malvada adornando de su rostro y yo lo maldigo mil veces. No me puede matar, pero se está esmerando en joderme y maldita sea, no me caracterizo por tener mucha paciencia

Intento concentrarme en la batalla nuevamente, pero de mi mente no sale la idea de que, después de hoy, no volveré a ver a Alexa, que desaparecerá de la Tierra sin posibilidad de retorno. Que perderé a la mocosa insufrible que lleva dos siglos haciéndome la vida imposible, pero que, de algún modo, logró colarse dentro de las mil capas que forjé a mi alrededor luego de la muerte de Nova.

La vida es una puta mierda injusta y yo estoy perdiendo el poco tiempo que me queda con un imbécil que no podré matar por más que lo intente.

—¡Gabriel! —grito y, mi hermano, luego de mandar al quinto Infierno al demonio con el que se enfrentaba, me mira.

Observo a Lucifer, luego a la puerta del palacio y él asiente con la cabeza. Nunca necesité muchas palabras para hacerle entender a mis hermanos lo que necesitaba.

Inmediatamente, Gabriel me releva en la lucha contra Lucifer y Rafael no tarda en unirse. El Diablo me observa por varios segundos con el ceño fruncido, pero no le da tiempo a decir nada porque Gabriel se lanza contra él.

Sin perder más tiempo, doy media vuelta y subo la escalinata a gran velocidad. Atravieso la puerta del palacio con un único pensamiento en mente, encontrar a Alexa; y gracias a Dios no tengo que buscar demasiado, pues una vez ingreso, la veo caminar de un lado al otro en el Salón Principal mientras la medio profetiza mueve su pie derecho contra el suelo con impaciencia.

Sus rostros se giran hacia mí ante la repentina intrusión y en ambas puedo notar la alarma, la preocupación, el miedo.

Los bonitos ojos verde azul que tantas veces alumbraron mis noches vacías, se encuentran con los míos y no tarda en acercarse a mí. Honestamente, enfrentarme a ella me intimida; no porque pueda matarme, sino porque es la primera vez que recuerda toda nuestra historia por más de veinticuatro horas y eso me hace sentir vulnerable. Creo que no hay nadie en este mundo, ni siquiera Dios, que me conozca más que ella.

—Ya es hora, ¿verdad? —pregunta y en su voz puedo notar el miedo.

Asiento con la cabeza sin ser capaz de decir nada más.

—No quiero morir —susurra—. Es decir, sé que debo hacerlo y estoy dispuesta a enfrentarme a Lucifer, pero en el fondo, no quiero morir.

Ni yo quiero que mueras.

—Me queda mucho por vivir, Miguel. Por primera vez creo saber quién soy, ya no hay una vida inventada por ti. Tengo padres, aunque es raro como carajo el que sean de mi misma edad, aun así, quiero conocerlos. Hay todo un mundo ahí fuera que me gustaría descubrir y un montón de sensaciones que muero por sentir. No es justo.

Llevo doscientos tres años junto a Alexa y no voy a mentir, los primero odié todo lo que tenía que ver con ella. Cada mañana cuando veía su rostro maldecía a Vitae y a Mors por haberme condenado a esa misión de mierda. Era asfixiante tener que estar pendiente de una cría caprichosa que se creía, como dicen por ahí, el ombligo del mundo. Hasta ese día...

Hasta ese maldito día en que se le ocurrió la brillante idea de besarme.

A partir de ahí, todo se fue literalmente a la mierda. Nada volvió a ser lo mismo, toda nuestra rutina cambió y, por primera vez en las diez vidas que ya había creado para ella, no supe cómo enfrentarla.

Me resistí...

Obvio que sí.

Hice todo lo que estuvo en mis manos para alejarme de ella, aunque, teniendo la misión de protegerla, no es que pudiese hacer mucho. Hice hasta lo imposible para resistirme a su sonrisa, su mal carácter, su mirada brillante y su boca maliciosa, pero todos mis esfuerzos fueron en vano.

Nunca le dije que la quería, pero mis acciones, aunque un poco frías en comparación con la de los humanos, hablaban por sí solas.

—No lo hagas —digo sin más—. Larguémonos de aquí. No puedo morir y si eres la única criatura aparte de Dios que puede matar a un Arcángel, supongo que cuando el mundo llegue a su final, tampoco morirás.

Me observa con los ojos entrecerrados y yo trago duro. Esas palabras me saben agridulce; por una parte, quiero ser egoísta, no permitir que la historia se repita, no volver a pasar por lo mismo de cuando perdí a Nova; sin embargo, al mismo tiempo, siento como si estuviese traicionando a Dios, mis principios, mis ideales; todo eso por lo que llevo eones luchando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.