Leviticus

ACTO I: EL SACRIFICIO DE JAN Capítulo I: La Víspera del Milagro

Portada del sacrificio de Jan, dibujada por el autor

"El amor de su vida lo miraba fijamente con unos ojos azules, brillantes y gélidos, mientras decidía si meterle un tiro en la frente o en el pecho."

Ajenos a esa futura sentencia, los pensamientos de Jan se disolvían en el cuarto de baño bajo un chorro ininterrumpido de agua caliente. El vapor flotaba espeso y blanquecino en el aire confinado, impregnando el gran vidrio del tocador con una neblina densa que apenas dejaba entrever los contornos azulejados de la habitación. Era una dulce, impaciente y casi dolorosa letargia. Llevaba sesenta días atrapado en una rutina suspendida; sesenta jornadas interminables donde su única ventana a la realidad verdadera, su único escape del aislamiento, era la pantalla parpadeante de su teléfono celular. Para un joven como él, cuya existencia transcurría siempre en los márgenes de una timidez que rozaba lo patológico, el noviazgo digital no había sido un simple pasatiempo de verano. Había sido una balsa de salvación en un océano de invisibilidad.

De pronto, el timbre estridente y agudo del teléfono celular rasgó el murmullo monótono de la ducha.

El corazón de Jan dio un vuelco violento contra sus costillas. Cerró la llave de paso con un giro torpe y apresurado, dejando la estancia en un silencio repentino donde solo se escuchaba el goteo rápido del grifo. Salió de la bañera a toda prisa, descalzo, sin molestarse siquiera en coger la toalla que colgaba detrás de la puerta. Dejó un rastro de pisadas húmedas sobre las baldosas frías mientras corría hacia la alcoba, guiado únicamente por el pulso acelerado de la expectativa más pura. Con los dedos todavía chorreando agua y la respiración entrecortada por la agitación, descolgó el aparato justo un segundo antes de que saltara el buzón de voz.

La voz al otro lado de la línea pronunció las palabras mágicas que detonaron un temblor incontrolable en sus manos: la cita era hoy. En una hora. En el claro apartado del parque solariego.

Jan se prepara, frente al espejo, para su gran cita.

Todavía desnudo y con la piel erizada por el cambio de temperatura, Jan se plantó frente al espejo empañado del tocador. Pasó la palma de la mano por el cristal, abriendo una brecha limpia en medio de la niebla digital, y contempló su propio reflejo. Se miró con un orgullo casi reverente, recorriendo con los ojos las líneas firmes de su torso y la frescura imberbe de su juventud, esa que su amor virtual tanto había elogiado en sus textos de madrugada.

Una sonrisa brillante, cargada de una vanidad inocente y desbocada, iluminó sus facciones. Se llevó una mano húmeda al pecho, sintiendo el galope salvaje de su corazón. Dios, en su infinita y a veces incomprensible misericordia, al fin se había fijado en él. Al fin le otorgaba la gracia de amar y ser amado, de rescatarlo para siempre de la insignificancia. Se vistió a toda prisa con su franela azul favorita, cepilló su cabello oscuro con esmero y perfumó su cuello, preparándose con la unción de un sacerdote para el altar de su primer encuentro físico.

El calor de la tarde pesaba como una losa de plomo derretido sobre el parque solariego de Blackwood. El follaje denso de los árboles colosales filtraba la luz del sol en haces dorados y oblicuos que bailaban sobre la tierra seca y las hojas muertas. Sin embargo, los escalofríos que recorrían la espalda de Jan mientras avanzaba no tenían nada que ver con el clima; eran puros subproductos de una fe ciega, absoluta y expectante. Avanzaba a paso rápido por los senderos de piedra agrietada, dejando atrás de manera deliberada el rumor amortiguado de los niños que jugaban a lo lejos y el murmullo distante de los transeúntes comunes. Aquella gente corriente vivía vidas predecibles y vacías, pensó, pero él estaba a punto de cruzar el umbral hacia algo sagrado. Estaba a punto de tocar el milagro.

Su celular vibró dentro del bolsillo de su pantalón con la insistencia de un insecto atrapado en una red. Lo sacó de un tirón, casi perdiendo el equilibrio en el sendero de tierra.

—¡Hola! —contestó de inmediato, pegando el auricular a su oreja y conteniendo el aliento para ocultar la agitación de la caminata—. ¡Ya estoy aquí! ¡Casi llego al claro, amor mío! Me muero por verte, por tocarte de verdad después de tanta espera en la pantalla... Me muero por llenarte de besos. Por ti bajaría la luna de ser necesario, lo sabes muy bien. Espera... creo que ya te veo entre los árboles.

Al cortar la comunicación, guardó el aparato con un gesto trémulo. Un pensamiento rotundo, cargado de una devoción casi mística, le inundó el pecho con la fuerza de un coro eclesiástico:

«¡Hoy es el gran día! El Todopoderoso al fin me está dando la oportunidad de conocer el amor verdadero», pensó emocionado.

Para Jan, el amor no era una mera reacción biológica ni un intercambio casual de la juventud; era un milagro divino que requería un escenario perfecto, aislado de la suciedad del mundo.

—¡Hola! —saludó finalmente en un hilo de voz que pretendía sonar seguro, rompiendo la densa quietud del bosque al alcanzar el claro escondido entre la vegetación salvaje.

El encuentro en el parque

Allí, recortado contra la penumbra de los troncos antiguos y la hiedra que trepaba por la piedra, lo esperaba Héctor. El hombre aparentaba unos cuarenta y cinco años impecables, esculpidos con una disciplina patológica. Vestía una chaqueta clara de lino que contrastaba de manera sobria e inteligente con su camiseta gris de algodón fino; sus facciones eran maduras, elegantes, marcadas por líneas de expresión rígidas que denotaban una severidad atractiva, casi académica. No se movió ni un milímetro al ver llegar al muchacho. Permaneció estático, con la cabeza ligeramente inclinada en un gesto de profunda e impenetrable introspección. Entre sus manos pulcras, cuyas uñas estaban perfectamente recortadas, sostenía con una delicadeza que rozaba lo ritual un paquete plano, meticulosamente envuelto en un papel de regalo satinado con patrones geométricos azules y un lazo de cinta color rojo sangre en el centro exacto.




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