El viento seguía soplando con suavidad sobre la torre más alta de la Academia Saint Aurora.
Gael permanecía sentado, abrazando sus rodillas mientras observaba el inmenso lago teñido de tonos anaranjados y violetas por el atardecer. No supo decir en qué momento exacto sus párpados pesaron demasiado; simplemente se quedó dormido, vencido por el cansancio y las emociones de todo el día.
...
Oscuridad total. Un vacío infinito que no tenía suelo ni cielo, solo un silencio absoluto que parecía envolverlo todo. Gael abrió los ojos despacio y miró a su alrededor.
—¿Dónde... estoy?
Nadie respondió. Pero entonces, a lo lejos, una pequeña luz comenzó a brillar: un resplandor dorado, suave y cálido, tan intenso que parecía el nacimiento de una estrella. Gael dio un paso hacia ella, y de repente escuchó una voz: serena, fuerte, que pronunciaba palabras en un idioma que jamás había escuchado.
Intentó descifrar alguna sílaba, alguna frase... pero era imposible. Sin embargo, en lo más profundo de su pecho, sintió que aquella voz le era más familiar que cualquier otra cosa en el mundo. Como si la hubiera escuchado mil veces antes, como si perteneciera a alguien que siempre había estado a su lado.
—¡Espera! —dijo alzando la voz, apresurando el paso. La luz parecía acercarse, solo necesitaba extender la mano...
Y de golpe, todo desapareció.
...
Ahora solo sentía calidez. Una espalda ancha y firme, unos pasos lentos y constantes que lo mecían suavemente. Otro recuerdo lo envolvió: tenía doce años otra vez, dormido profundamente sobre la espalda del anciano que lo había acogido. Sus pequeños brazos rodeaban con fuerza su cuello, aferrándose a su ropa para no caer.
—Abuelo... —murmuró entre sueños.
El anciano seguía caminando despacio por el sendero de tierra. A pesar de sus años, a pesar del bastón que necesitaba para apoyarse, no se quejaba ni un segundo de su peso. Gael escondió el rostro un poco más contra su espalda, y deseó con todas sus fuerzas que aquel camino nunca terminara: se sentía seguro, protegido, como si nada malo pudiera tocarlo mientras estuviera allí. Sus párpados volvieron a cerrarse, y siguió durmiendo.
...
Lo que Gael no sabía era que esta vez no estaba solo recordando el pasado. Alguien realmente lo llevaba ahora sobre su espalda.
Los pasillos de la academia estaban casi vacíos; la mayoría de las alumnas ya se habían retirado a sus habitaciones. Con paso tranquilo y firme, la profesora Selene avanzaba cargando a Gael, que para ella apenas pesaba. Una sonrisa suave apareció en sus labios cuando escuchó cómo murmuraba algo casi inaudible.
—Abuelo...
Selene bajó la mirada un instante.
—Así que estabas soñando con alguien muy importante...
Siguió caminando en silencio hasta que una voz conocida la detuvo al final del corredor.
—¿Profesora Selene?
Era Lin. Por un momento su rostro mostró una preocupación clara, pero al ver al muchacho dormido y tranquilo sobre la espalda de la maestra, soltó un suspiro de alivio.
—Lo estaba buscando. No regresó después del almuerzo y temí que...
—Lo encontré durmiendo en la azotea —explicó Selene con calma—. El entrenamiento de ayer y todo lo que ha pasado estos días terminaron pasándole factura. Necesitaba descansar.
Lin asintió lentamente, comprendiéndolo perfectamente. Selene acomodó mejor al chico para que no se resbalara.
—Ya no hay más clases por hoy. Lo llevaré a su habitación para que descanse hasta mañana. Estoy segura de que cuando despierte, volverá a ser el mismo de siempre.
Lin observó a Gael unos segundos más, luego hizo una reverencia elegante.
—Muchas gracias, profesora.
Ambas siguieron su camino por los pasillos silenciosos. Mientras tanto, Gael seguía sumergido en un sueño profundo y tranquilo. Sin saberlo, por primera vez desde que su abuelo se fue, volvía a sentir esa misma sensación de paz y protección: la de ser llevado con cuidado sobre la espalda de alguien que se preocupaba por él.
Había pasado una semana desde aquel día. Y para alivio de casi toda la academia, Gael había vuelto a ser el de siempre... bueno, más o menos.
—¡No puede ser que el día tenga tan pocas horas! —se quejaba mientras caminaba arrastrando los pies por los pasillos—. Estoy seguro de que quieren acabar conmigo...
Entre las clases teóricas, las lecciones de magia, los entrenamientos diarios con Selene y las rigurosas clases de etiqueta con Lin, apenas tenía tiempo para respirar. Sin embargo, jamás faltó a una sola cita ni puso ninguna excusa: protestaba sí, pero siempre daba lo mejor de sí.
Sus compañeras de primer año empezaron a ayudarlo con las runas y los hechizos más complicados, explicándole una y otra vez lo que no entendía. Elara casi siempre se quedaba con él repasando apuntes al salir de clase; Akane y Anastasia respondían sus mil preguntas sobre este mundo; Astrid se encargaba de decirle sin rodeos cuándo se equivocaba... y Freya lo anotaba todo: cada movimiento, cada fallo, cada pequeño avance. Y poco a poco, sin que nadie se diera cuenta del todo, los frutos empezaron a aparecer.
—Otra vez —dijo Selene con voz tranquila en la arena de entrenamiento.
Gael respiró hondo. Llevaba toda la semana intentando seguirla sin éxito... hasta hoy.
Los ojos plateados de la profesora brillaron un instante. Su figura desapareció de golpe. Pero esta vez, Gael no reaccionó solo por instinto: sus ojos lograron seguir ese destello, esa sombra casi imperceptible. Su cuerpo respondió solo, extendió la mano y... la punta de sus dedos rozó apenas la manga de su uniforme.
Un segundo después, Selene apareció unos metros más atrás.
Gael se quedó mirando su propia mano, como si no pudiera creerlo. Parpadeó varias veces y luego la miró a ella con una sonrisa inmensa.
—¡Lo logré! ¡Selene-sensei, lo vi! ¡De verdad pude seguir su movimiento! Antes parecía que mi cuerpo se movía solo, pero ahora... ¡ahora lo vi!