Leyenda Viva

Capítulo 18: Ecos de un pasado olvidado

El atardecer bañaba el inmenso lago que rodeaba la Academia Saint Aurora con tonos dorados y anaranjados, haciendo que el agua brillara como si estuviera llena de luces escondidas. La brisa movía suavemente las copas de los árboles y arrastraba el aroma fresco de la hierba recién cortada.

Selene caminaba despacio por el sendero de piedra, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Su porte seguía siendo impecable, pero su mente viajaba lejos, atrapada en lo que la directora le había contado.

—Una caja vacía... —murmuró apenas, sin dejar de mirar el reflejo del sol sobre el agua.

No podía dejar de pensar en él: en aquel muchacho que había aparecido de la nada, sin nombre, sin recuerdos, sin nadie que hubiera estado antes a su lado. Y aun así, con una fuerza y una ternura que desafiaban todo lo que ella conocía.

—¿Quién eres realmente...?

La pregunta se le escapó casi sin darse cuenta, llevada por el viento. Y en ese instante, su mente se llenó de una imagen que creía haber olvidado hacía siglos...

Trescientos cincuenta años atrás.

El enorme salón del antiguo Palacio del Inframundo estaba sumido en un silencio pesado. Altísimas columnas de piedra negra se perdían en la oscuridad del techo, mientras antorchas de llamas violáceas iluminaban apenas el lugar.

Allí estaban los tres: Evelyn, Valerius y ella misma. En aquella época sus vestimentas eran muy distintas: Valerius portaba una imponente armadura plateada con grabados dorados que brillaban débilmente; Selene lucía una armadura oscura, de líneas finas y elegantes, que parecía fundirse con las sombras.

Revisaban antiguos pergaminos cuando, de golpe, todo el palacio tembló con violencia. Las llamas de las antorchas se agitaron como si una tormenta las golpeara, y el aire se volvió denso, pesado, hasta que respirar costó esfuerzo.

Selene sintió cómo cada fibra de su cuerpo se tensaba. Aquello no era magia, ni energía espiritual... era algo infinitamente superior. Un poder tan inmenso que parecía capaz de rasgar la propia realidad.

Valerius alzó la vista al instante.

—¿Qué fue eso?

Evelyn ya había dejado los documentos. Su rostro, normalmente sereno, mostraba una gravedad que muy pocos habían visto. Cerró los ojos unos segundos, buscando el origen de aquella perturbación, y al abrirlos miró hacia el oeste.

—Grecia —susurró—. Vino de allí.

Aunque estuvieran a miles de kilómetros, aquel poder todavía se sentía presente, como si el mundo entero hubiera sufrido una herida profunda.

Evelyn dio media vuelta con decisión.

—Prepárense. No sabemos qué ha ocurrido, pero debemos asumir lo peor.

Ambos asintieron al unísono.

—Sí.

—Entendido.

Horas más tarde, descendieron sobre el lugar. Y ninguno pudo evitar quedarse mudo ante lo que veían.

Montañas enteras habían desaparecido, reducidas a escombros. Bosques inmensos ya no eran más que tierra removida y cenizas. El suelo estaba agrietado a lo largo de kilómetros, como si allí hubiera chocado algo capaz de destruir continentes.

Sin embargo, aquella fuerza devastadora ya no estaba. Solo quedaba un eco lejano, débil, como el recuerdo de un trueno que hace mucho dejó de sonar.

Selene recorrió la mirada por aquel paisaje desolado.

—¿Qué pudo causar algo así...?

Valerius negó con la cabeza, igual de impactado.

—Jamás vi nada parecido.

Evelyn no respondió. Siguió caminando entre los restos, como si buscara algo concreto. Y al fin, a cientos de metros de distancia, en medio de un enorme cráter, lo encontró.

Una figura arrodillada, inmóvil.

Se acercaron con cautela. Era un anciano de larga barba blanca, con el rostro sereno y una pequeña caja antigua apretada con fuerza entre sus manos. No respiraba. Había muerto allí mismo.

Evelyn se arrodilló despacio. Su mirada se clavó en la caja, y sus ojos se abrieron apenas un poco.

—Ese sello...

Con infinita delicadeza la tomó entre sus manos. El dibujo dorado que la recorría era inconfundible: un símbolo que, según las leyendas, solo podía pertenecer a los dioses.

—¿Lo reconoce? —preguntó Valerius.

Ella miró al anciano un largo instante antes de responder.

—Sí. Lo conozco.

—¿Quién es? —insistió Selene.

—No entiendo cómo es posible... —murmuró Evelyn bajando la mirada—. Este hombre debió morir hace más de ciento cincuenta años.

Antes de que pudieran reaccionar, una voz tranquila los interrumpió:

—Era normal que vinieran.

Los tres giraron de golpe. No muy lejos, una figura avanzaba entre los escombros con paso lento y seguro. Vestía ropas sencillas de color claro, y una venda blanca cubría por completo sus ojos. Aun así, irradiaba una calma que parecía capaz de aquietar hasta el mismo desastre. Avanzaba apoyándose suavemente en un viejo bastón de madera, como si conociera perfectamente el camino a pesar de no poder ver.

—Cuando se siente algo así... —dijo con una leve sonrisa—, uno sabe que tarde o temprano aparecerán quienes pueden entenderlo.

Se detuvo frente a ellos y añadió con total serenidad:

—Es momento de contarles la verdad sobre lo que acaba de ocurrir.

Selene parpadeó, y el recuerdo se desvaneció como humo al viento. Volvió a sentir la brisa en su rostro y el sonido suave del agua golpeando la orilla.

Se quedó inmóvil unos segundos más. Aquel hombre, aquella caja, aquel poder... habían sido durante siglos el misterio más grande que había conocido. Y ahora, sin saber por qué, tenía la certeza absoluta de que todo estaba conectado con el muchacho que le dejado algo atontada en la tarde.

Todo aquello... estaba relacionado con Gael.

Selene soltó un largo suspiro mientras seguía su camino junto al agua. El recuerdo de aquellos tiempos lejanos seguía nítido en su mente: aquel anciano, el hombre vendado, y el poder que había rasgado la realidad misma.

—Ya pasó… —murmuró pasándose una mano por la frente—. Han pasado trescientos cincuenta años. Y treinta desde que vimos por última vez al último de ellos.



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Editado: 04.10.2026

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