Leyenda Viva

Capítulo 19: La Calamidad del Segundo Reloj

El camino que ascendía hacia las montañas discurría en un silencio muy distinto al de otras veces. Gael caminaba junto al profesor Valerius por un sendero de piedra que serpenteaba entre árboles cada vez más espesos, dejando atrás los edificios de la Academia Saint Aurora. Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos intercambiaba comentarios mordaces. Y eso, por sí solo, ya era bastante extraño.

Gael lo miró de reojo. Valerius mantenía la vista fija hacia delante, con el rostro impasible y los brazos cruzados.

—Profesor…

—¿Qué?

—Está nervioso.

Valerius tardó unos segundos en responder.

—No estoy nervioso.

—Camina más rápido de lo normal.

—Eso no significa que esté nervioso.

—Y lleva diez minutos sin insultarme.

Valerius se detuvo en seco. Gael también. El profesor lo miró fijamente a los ojos.

—¿Quieres que empiece ahora mismo?

—No, gracias —respondió Gael retrocediendo un paso.

—Entonces deja de analizarme.

Gael esbozó una pequeña sonrisa que se desvaneció poco después. Algo en el ambiente había cambiado: el aire se sentía más denso, como si una presión invisible fuera aplastándolo lentamente. No era frío, ni miedo… era algo que no sabía explicar con palabras.

Y no eran los únicos que sentían aquello. Unos metros más atrás caminaban cuatro figuras: Akane, Anastasia, Astrid y Freya.

Valerius se giró de golpe hacia ellas.

—¿Puedo saber por qué vienen las cuatro?

Las chicas se miraron entre sí. Akane fue la primera en responder:

—Curiosidad.

—Y queríamos ver qué problema nos traería Gael esta vez —añadió Anastasia con una media sonrisa.

—Yo vine para asegurarme de que no hiciera ninguna estupidez —dijo Astrid con voz firme.

—Y yo también tenía curiosidad —concluyó Freya encogiéndose de hombros.

Valerius las miró en silencio unos instantes.

—Esa no es una respuesta.

—Es la que tenemos —respondió Anastasia sin dudarlo.

Gael se giró indignado.

—¡Oigan! ¡Yo no busco problemas!

—Es cierto —convino Anastasia levantando un dedo—. No los buscas tú.

—¿Ven? —dijo Gael esperando respaldo.

—Ellos te encuentran —remató ella.

Las otras tres asintieron al unísono.

—Exactamente.

Gael abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla… y no encontró nada que decir.

—…Eso es totalmente injusto.

Valerius soltó un suspiro profundo.

—No voy a discutir esto con ustedes. Vamos.

Continuaron el ascenso en silencio. Minutos después, los árboles comenzaron a desaparecer y ante ellos se reveló la montaña… y algo más.

Una estructura inmensa de piedra blanca parecía surgir de la propia roca. Columnas monumentales sostenían lo que quedaba de una fachada tallada, con escalinatas que subían hacia una entrada oscura y profunda. El diseño recordaba a los templos más antiguos que Gael había visto en libros, construidos a escala de dioses… y gran parte de él parecía haber estado enterrado durante siglos.

Gael se detuvo, con los ojos muy abiertos.

—¿Es… un templo?

—Sí —respondió Valerius sin detenerse.

—¿Quién lo construyó?

—Una historia demasiado larga.

—¿Y usted la conoce?

—Sí.

—Entonces cuéntemela.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tengo ganas. Y además… algunas historias es mejor dejarlas enterradas.

Aquellas últimas palabras hicieron que la sonrisa de Gael desapareciera por completo. Valerius guardó silencio el resto del camino hasta que llegaron frente a las enormes puertas de piedra.

Akane respiró hondo al llegar.

—Hace años que no venía aquí.

—Cuando estábamos en el consejo estudiantil teníamos autorización para acercarnos hasta cierto punto —recordó Anastasia—. Pero nunca entramos del todo.

—Y nunca nos acostumbramos a lo que se siente aquí —añadió Astrid mirando hacia la oscuridad del interior.

—Ni siquiera después de varias visitas —completó Freya, que no apartaba la vista de la entrada.

Gael las miró confundido.

—¿A qué se refieren?

Akane señaló hacia las sombras que aguardaban tras el umbral.

—A eso.

Gael volvió la mirada. No veía nada… pero lo sentía. Una presión pesada, antigua, como si algo inmenso y dormido estuviera esperando al otro lado.

—Las Calamidades no son criaturas comunes —explicó Akane con voz suave—. En el mundo mágico moderno nadie ha logrado explicar de dónde vienen.

—Se sabe que pueden destruir naciones enteras en poco tiempo —continuó Anastasia—. Se dice que son como desastres naturales… pero que tienen voluntad propia.

Gael frunció el ceño.

—¿Y nadie ha podido vencerlas?

Valerius respondió entonces, con una gravedad que rara vez mostraba:

—Nadie. Hasta ahora, la humanidad solo ha logrado contenerlas. No eliminarlas. Simplemente… encerrarlas.

Gael lo miró sorprendido.

—¿Ustedes lo hicieron? ¿Hace quinientos años?

—La directora, Selene, yo… y muchos más —respondió Valerius bajando la mirada—. Pero no fue una victoria.

—¿Qué quiere decir?

Valerius dudó unos instantes antes de hablar.

—Muchos murieron. En aquella época no sabíamos qué eran, ni por qué aparecían. Solo sabíamos que si no hacíamos algo, desaparecería todo lo que conocíamos. Así que luchamos.

—¿Y las sellaron?

—Sí.

—Entonces… ganaron.

Valerius negó lentamente con la cabeza.

—No. Solo conseguimos sobrevivir.

Nadie dijo nada. Aquellas palabras pesaban más que la piedra del templo mismo.

—Hasta hoy seguimos investigando su origen —continuó Valerius—. Pero tras siglos, no tenemos respuestas.

Gael dejó de escuchar. Su mirada estaba fija en la oscuridad de la entrada. Akane notó que se quedaba inmóvil.

—¿Gael?

Él no respondió.

—Gael, ¿estás bien?

Una lágrima rodó por su mejilla. Gael parpadeó, confundido, y se la secó con la mano. Al verla húmeda, abrió los ojos con sorpresa.



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Editado: 04.10.2026

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