Gael tenía los ojos cerrados. No estaba teniendo una pesadilla.
Al contrario. Después de todo lo ocurrido en el templo, después de aquella presión que le partía la cabeza y de las imágenes que atravesaron su mente como relámpagos, se encontraba en un lugar que no esperaba volver a hallar: un campo inmenso, lleno de flores que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El aire era suave, llevaba un aroma dulce y reconfortante, y una brisa ligera hacía mecerse los pétalos en silencio. No había sombras. No había cadenas. No había dolor.
Y sobre su mejilla descansaba un calor suave, constante, que le daba una paz profunda. Era una sensación extraña y a la vez familiar: la certeza absoluta de que, pasara lo que pasara, estaría bien ahí. Que nada podía hacerle daño.
Entonces recordó algo que le habían explicado tiempo atrás. Algo sobre lo que era una madre. Alguien que te cuidaba. Alguien que te hacía sentir seguro sin necesidad de decir una sola palabra. Y aquella sensación sobre su mejilla… era exactamente eso. Seguridad. Calidez. Hogar.
Sin pensar, sin medirlo, con la voz apenas un susurro que se perdió entre las flores:
—Mamá…
Había seguido soñando de no ser por una voz. Una voz que conocía demasiado bien, que lo llamaba una y otra vez, alejando poco a poco aquel campo y aquella calidez.
—Gael… despierta.
Abrió los ojos despacio. El techo blanco de la enfermería apareció ante él. Estaba en su cama. Respiró hondo, intentando volver en sí… y entonces lo comprendió todo.
Su rostro estaba apoyado contra algo suave y firme. Sus brazos rodeaban una cintura que reconoció de inmediato. Selene estaba sentada junto a él, inclinada sobre la cama revisándolo, y él, entre sueños, la había abrazado sin darse cuenta. Su cara reposaba justo contra su pecho, y aquel calor suave que había sentido en el sueño… era ella.
Gael se quedó rígido como piedra. No se movió. Ni un milímetro. Ni siquiera cuando levantó la vista y se encontró con ella tan cerca. Seguía abrazándola.
Selene lo miraba fijamente. Tenía una mano posada suavemente sobre su rostro… y una sonrisa en los labios. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos. De hecho, su mirada decía todo menos que estuviera complacida. Estaba furiosa. Terriblemente enojada.
Gael sintió que el corazón se le detenía. A su alrededor, apenas a unos pasos, estaban Akane, Anastasia, Astrid y Freya. Las cuatro se tapaban la boca con ambas manos, temblando visiblemente por el esfuerzo de contenerse la risa. Y más allá, apoyado contra la pared, estaba Valerius. El profesor tenía la mirada fija en el techo, la frente ligeramente arrugada y una mano apretada contra la boca, haciendo un esfuerzo titánico por no estallar en carcajadas.
Gael lo entendió en ese instante. Había hablado en voz alta. Todos lo habían escuchado. Y no saldría ileso de aquello.
Selene siguió mirándolo… y de pronto, sonriendo de una forma que helaba la sangre, gritó con toda su fuerza:
—¡¿CUÁNTO TIEMPO PIENSAS SEGUIR ABRAZÁNDOME?!
El grito fue tan potente que retumbó en cada rincón de la sala.
En los patios de la academia, las alumnas comían y conversaban tranquilamente cuando aquel estruendo las hizo saltar todas al mismo tiempo. Muchas dejaron caer lo que tenían en las manos. Otras se atragantaron. Varias se pusieron de golpe de pie, mirando hacia la enfermería con los ojos desorbitados.
—¿Qué fue eso?!
—¡Vino de la enfermería!
—¡Qué voz tan aterradora!
Mientras tanto, dentro de la sala, Gael se soltó de golpe como si hubiera tocado fuego, temblando de pies a cabeza.
—¡NO… NO SABÍA QUE ESTABA DESPIERTA! ¡PERDÓN!
Selene no esperó más. Levantó la mano y comenzó.
Toc. —¡AU!
Toc. —¡PERO SI YA ME SOLTÉ!
Toc. —¡YA ENTIENDO! ¡YA ENTIENDO!
—¡Eso espero! —le dijo ella, dándole otro golpe firme en la frente mientras él intentaba cubrirse sin atreverse a huir.
Las cuatro chicas finalmente rompieron a reír a carcajadas, sin poder contenerse más. Valerius se había girado por completo hacia la pared, temblando de risa, sin lograr emitir una sola palabra. Y afuera, en el patio, las alumnas seguían mirándose entre sí, confundidas y asustadas, sabiendo con certeza que una vez más… Gael había vuelto a meterse en problemas.
Selene se apartó de la cama y se acomodó la chaqueta con toda la dignidad del mundo, como si nada hubiera ocurrido. En la frente de Gael habían quedado varios chichones bien visibles, y él se frotaba la cabeza refunfuñando en voz baja, sin atreverse a quejarse en voz alta.
—Parece que el idiota ya está lo suficientemente bien —dijo ella con voz firme, ajustándose los puños de la prenda—. Me retiro.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y giró levemente la cabeza. Les dedicó una sonrisa que parecía amable, pero que en realidad era una advertencia mucho más aterradora que cualquier grito.
—Si algo de lo que ocurrió aquí hoy sale de esta habitación… todos serán castigados. Sin excepción. Incluso usted, Valerius.
Un silencio tenso cayó sobre la sala. Todos asintieron de inmediato, casi al unísono, sin atreverse a dudar ni un segundo. Nadie quería ver a Selene verdaderamente furiosa.
—Entendido, profesora —respondieron todos.
Selene asintió satisfecha y salió de la habitación con paso firme, claramente todavía molesta.
En cuanto la puerta se cerró tras ella, Astrid se acercó a la cama mirando a Gael con una mezcla de asombro y diversión.
—Tienes mucho descaro, ¿sabías? —le dijo con una media sonrisa—. Llamar "mamá" a Selene como si nada… ¿se puede saber en qué estabas pensando?
—¡No lo hice a propósito! ¡Estaba soñando! —intentó defenderse Gael, poniéndose de pie con dificultad y llevándose ambas manos a la cabeza—. Fue sin querer… no sabía lo que decía…
Pero ninguna de las cuatro tenía intención de dejarlo pasar. Se acercaron más, contenidas apenas las risas, disfrutando demasiado de su vergüenza.