La mañana había comenzado con una tranquilidad sospechosa para Gael.
Y cuando cuatro de las alumnas más poderosas de la Academia Saint Aurora aparecían juntas frente a él con sonrisas demasiado sospechosas, aquella tranquilidad solía terminar rápidamente.
—Gael, ven con nosotras —dijo Akane.
El muchacho, que acababa de salir de uno de los edificios académicos, parpadeó confundido.
—¿Eh? ¿Adónde?
—A la zona de entrenamiento —respondió Anastasia con una sonrisa divertida.
—¿Hice algo malo?
—Todavía no —contestó Astrid alegremente.
Gael la miró.
—¿Por qué ese «todavía» me preocupa tanto?
Freya soltó una risita mientras Akane suspiraba.
—No has hecho nada malo. Simplemente queremos comprobar algo.
—¿Comprobar qué?
Las cuatro intercambiaron miradas. Y entonces Akane respondió con absoluta seriedad:
—Queremos medir nuestras fuerzas contigo.
Gael se quedó inmóvil.
—…
—…
—¿Cómo?
—Lo que has oído —dijo Anastasia—. Queremos enfrentarnos a ti en un combate de entrenamiento.
Gael miró a Akane, después a Anastasia, luego a Freya y finalmente a Astrid.
—¿Las cuatro?
—Las cuatro —confirmó Astrid, levantando el pulgar.
—¿Al mismo tiempo?
—¡No! —respondió Akane inmediatamente—. ¿Qué clase de entrenamiento sería ese?
—Uno en el que probablemente terminaría enterrado bajo los escombros…
—No seas dramático, Gael —dijo Anastasia, dándole una palmadita en el hombro—. Aunque admito que la imagen resulta divertida.
—Me alegra que mi posible funeral te parezca entretenido.
Freya volvió a reírse.
—Vamos, Gael. Hablamos en serio. Después de lo que ocurrió con Valerius, queremos conocer mejor tus capacidades.
La sonrisa del muchacho se desvaneció ligeramente al recordar aquel enfrentamiento. Todavía le costaba creer que hubiera conseguido derrotar a alguien como Valerius, aunque el propio hombre había insinuado que Gael aún no comprendía realmente su poder. Y eso era precisamente lo que despertaba la curiosidad de las cuatro.
Después de Selene, Valerius y la directora Evelyn, ellas eran consideradas las alumnas más poderosas de la academia. Cada una destacaba en un área diferente, pero todas habían entrenado durante años para llegar a ese nivel. Y ahora tenían delante a un chico que parecía haber alcanzado una fuerza comparable a la de aquellos tres. Naturalmente, querían comprobarlo por sí mismas.
—Aunque… —Gael se rascó la cabeza—. ¿Por qué no les pedís a Selene-sensei, a Valerius o a la directora que os ayuden? Seguro que ellos podrían evaluar nuestras capacidades mucho mejor.
Las cuatro guardaron silencio durante un instante. Después, Astrid soltó una carcajada.
—¡JAJAJAJA! ¡Claro! ¡Porque nosotras jamás hemos pensado en esa posibilidad!
—¿Lo dices en serio? —preguntó Gael.
—Por supuesto que lo decimos en serio —respondió Akane, cruzándose de brazos—. Hemos entrenado contra los tres en numerosas ocasiones.
—¿Y?
—Y, sinceramente, apenas conseguimos alcanzar su nivel. Mucho menos derrotarlos —dijo Anastasia, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.
—En realidad, todavía no hemos conseguido vencer a ninguno de los tres en un combate serio —añadió Freya—. Y cuando creemos haber encontrado una oportunidad, resulta que ni siquiera estaban utilizando toda su fuerza.
Gael abrió ligeramente los ojos.
—¿Tan grande es la diferencia?
—Más de lo que imaginas —respondió Akane—. Además, aunque les pidiéramos que nos ayudaran, probablemente no se tomarían el combate con la seriedad que necesitamos.
—¡Eso es cierto! —intervino Astrid—. ¿Recuerdas la primera vez que vimos a Valerius ponerse realmente serio?
—¿Cómo olvidarlo? —sonrió Anastasia.
—Fue durante su enfrentamiento con el director de la academia masculina.
—¡Sí! —Astrid levantó ambas manos, emocionada—. ¡Aquello fue increíble! ¡Por primera vez vimos a Valerius dejar de bromear y liberar la mayor parte de su fuerza!
—Aunque el director tampoco se quedó atrás —añadió Freya—. Consiguió obligarlo a luchar en serio durante buena parte del enfrentamiento.
Gael se quedó pensativo. Valerius, que normalmente parecía tomarse todo a broma, había tenido que esforzarse contra el director de la otra academia. Aquello despertaba todavía más su curiosidad.
—Vaya… Me habría gustado verlo.
—Créeme, a todas nos habría gustado verlo otra vez —dijo Anastasia—. Fue una experiencia bastante educativa.
—¿Y entonces? —preguntó Gael—. ¿Nunca habéis conseguido derrotar a Valerius?
Las cuatro intercambiaron una mirada. Finalmente, Freya habló:
—Bueno… hubo una ocasión.
—¿Cuál?
—Tu enfrentamiento contra él.
El muchacho parpadeó.
—Ah…
—Aunque, siendo justas, probablemente se confió demasiado contigo —añadió Anastasia con una sonrisa—. No creo que esperara que acabaras derrotándolo.
Gael bajó la mirada hacia sus manos. Todavía recordaba aquella sensación extraña: el poder que había surgido de su interior, la velocidad de sus movimientos y la facilidad con la que había reaccionado a ataques que normalmente ni siquiera habría podido seguir con la mirada. Pero no sabía explicar cómo lo había hecho. Y ese era precisamente el problema.
—Bueno, hay algo que deberíais saber antes de empezar —dijo finalmente.
Las cuatro lo miraron.
—No esperéis demasiado de mí como entrenador. Ni siquiera entiendo bien mi propio poder. Cuando lucho, simplemente me lanzo y hago lo que me parece correcto en ese momento.
—¿Estás diciendo que no tienes una estrategia? —arqueó una ceja Anastasia.
—Tengo algunas ideas…
—¿Y funcionan?
—A veces.
—¿Y las demás veces?
—Prefiero no recordarlas.
Astrid soltó una carcajada.
—¡JAJAJAJA! ¡Me cae cada vez mejor este chico!
—Astrid, por favor —suspiró Akane.