¡CLANG!
Una estaca de hielo surcó el aire y pasó rozando la mejilla de Gael, incrustándose con estruendo en la barrera protectora. Los cristales de escarcha estallaron en todas direcciones.
—¡¿PERO CUÁNTAS TIENE GUARDADAS?!
Gael se agachó justo a tiempo: otra estaca atravesó el espacio donde su cabeza había estado un instante antes, dejando tras de sí un rastro de aire helado. Apenas recuperó el equilibrio, el suelo bajo sus pies empezó a endurecerse y agrietarse.
—¡¿NO OTRA VEZ MÁS?!
Saltó hacia un lado justo cuando una columna de hielo se alzaba con violencia en el lugar que acababa de abandonar. Piedra y escarcha estallaron en fragmentos afilados que llovieron a su alrededor.
No tuvo ni un segundo para respirar. Tres nuevas estacas tomaron forma en el aire, apuntándolo con precisión.
—¡¡¡AAAAAH!!!
Salió corriendo mientras los proyectiles lo perseguían por la arena, que cada vez estaba más lisa y resbaladiza.
Desde las gradas, Astrid observaba con la boca entreabierta.
—Vaya… Anastasia realmente no está jugando. Ni un solo hechizo sobra.
—Nunca lo hace cuando se toma algo en serio —respondió Freya, con la mirada fija en el campo de batalla.
Akane asintió, siguiendo cada movimiento con atención.
—Y lo que la hace más peligrosa es que nada es azaroso. Cada estaca, cada muro, cada columna tiene un propósito. Lo está obligando a moverse exactamente donde ella quiere.
En efecto, Anastasia no desperdiciaba ni un solo gesto. Su varita trazaba arcos precisos, y su grimorio pasaba páginas por sí solo, liberando runas que brillaban con luz gélida. Gracias a ello, podía mantener varios hechizos activos al mismo tiempo mientras preparaba los siguientes. Y como había congelado prácticamente toda la arena, contaba con un océano de hielo bajo sus pies: material infinito del que extraer sus armas.
Estacas que brotaban de las paredes cuando intentaba rodearla.
Columnas que surgían del suelo para cortarle el paso o hacerlo tropezar.
Lanzas de hielo que se formaban en lo alto y descendían sobre él desde ángulos que no podía vigilar todos a la vez.
Y, por encima de todo, aquella muralla. Gruesa, impoluta, que se interponía entre ellos una y otra vez, devolviéndolo siempre al mismo punto.
—¡No puede ser! —Gael giró sobre sí mismo y esquivó una estaca que rozó su hombro. Aceleró, haciendo que relámpagos dorados envolvieran sus piernas como una segunda piel.
¡FSSSH!
Atravesó varios metros en un instante, la arena volando bajo sus pies.
—¡Ahora sí que llego!
Cerró el puño y se lanzó hacia adelante. Pero Anastasia ya alzaba la varita con calma.
—Muro de Hielo.
¡CRAAAAASH!
La barrera apareció de la nada, sólida como una montaña. El golpe de Gael impactó de lleno y la superficie cristalina se llenó de grietas, brillando bajo la luz. Por un instante pareció que iba a ceder.
¡BOOOOM!
El hielo estalló en miles de fragmentos. Pero Anastasia no se inmutó. La barrera había cumplido su función: había distribuido toda la fuerza del impacto a lo largo de su superficie, debilitándolo sin ceder por completo. Y lo más importante: le había ganado tiempo.
—Estaca glacial.
¡SHINK! ¡SHINK! ¡SHINK!
Tres proyectiles salieron disparados desde detrás de los cristales rotos, antes de que el eco del choque se hubiera apagado.
Gael retrocedió en volandas. Esquivó las dos primeras; la tercera le rasgó la ropa del costado y lo obligó a dar un traspié. Antes de que pudiera reaccionar, una nueva capa de hielo recubría la brecha. La muralla estaba de nuevo entera.
Se quedó mirándola, sin aliento.
—…Es imposible.
Al otro lado, Anastasia lo observaba a través de una abertura circular que se desplazaba con él: cuando él iba a la izquierda, el ojo de hielo la seguía; cuando intentaba rodear la muralla, la abertura cambiaba de posición sin perderlo de vista. Y si amagaba acercarse por otro ángulo, una estaca o una columna surgían de inmediato para rechazarlo.
—No tiene sentido que sigas intentándolo del mismo modo —dijo ella con voz serena, como si estuvieran conversando en un jardín—. Ya has comprobado que puedo detenerte.
—¡Y tú has comprobado que puedo romper tus muros! —replicó él, golpeando el aire con el puño.
—Sí. Y mientras tú rompes uno, yo construyo el siguiente.
Gael apretó los dientes.
—¡Eso es hacer trampa!
Anastasia parpadeó, sinceramente confundida.
—¿Por qué?
—¡Porque te quedas ahí escondida lanzándome cosas y yo tengo que esquivarlo todo! ¡No es justo!
Ella suspiró suavemente.
—Gael, ¿crees que todos tus enemigos correrán hacia ti para pelear cuerpo a cuerpo?
—Bueno… ¡sería lo normal!
—No. Sería lo que a ti te resultaría cómodo. —Su tono se mantuvo tranquilo, pero firme—. En este mundo hay magia. Habrá quienes ataquen desde lejos, quienes preparen trampas, quienes alteren el suelo bajo tus pies o usen poderes que ni siquiera entenderás al principio. Si todos pelearan como Astrid, bastaría con ser más fuerte.
Sus ojos azules brillaron con una determinación helada.
—Pero nadie te dará la oportunidad de pelear en tus propios términos.
Gael abrió la boca para responder, la cerró, volvió a abrirla…
—¡Pues aun así! ¿No podrías dejar de lanzarme cosas cinco segundos?
—No.
—¡¿POR QUÉ NO?!
—Porque estás intentando acercarte a mí.
—¡¡¡ES QUE ES LO ÚNICO QUE SÉ HACER!!!
—Entonces aprende algo nuevo —dijo ella con una sonrisa dulce que, en aquel momento, resultaba escalofriante.
Gael sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Esta chica da más miedo que Astrid…
Desde las gradas, Astrid se puso de pie de un salto.
—¡¿CÓMO QUE DOY MÁS MIEDO?!
—¡NO TE ESTOY HABLANDO A TI!
—¡¡¡GAEL!!!
Freya se tapó la boca para ahogar una risa.
Akane negó con la cabeza, pero con una media sonrisa.