Liamdaard - Un nuevo amanecer (completo)

CAPÍTULO 11: Invitados indeseables

La incertidumbre. Este era el sentimiento doloroso que aterrorizaba la mente del individuo. La duda murmuraba en su cabeza. El terror, la angustia, el miedo, la desesperación... Estas aflicciones lo envolvían, y en cada instante sentía el final se acercaba espantosamente a él. Y, nunca en su vida de vampiro se había sentido tan cerca a la muerte.

 

El individuo había olvidado esos sentimientos; la inquietud, la ansiedad, ese miedo atroz; emociones que lo habían mecido muy a menudo cuando había sido humano. Pero el vampirismo le había quitado todo esto, esa sensación amarga. Era él quien imponía estos reconcomios a otros.

               

Sin embargo, en este momento, él mismo se encontraba presa de estos sentimientos amargos. El aire se estremecía a su alrededor, adulando su piel con un viento glacial, un frío penetrante.

 

El vampiro vacilaba, dando vueltas otra y otra vez. Tenía la impresión como que estaba atrapado entre dos paredes, imposibles de avanzar o de volver. Y él temía lo que le esperaba al final del camino, que avanzara o retrocediera. La muerte.

 

El tiempo pasaba, continuando su carrera sin tambalearse, ignorando la pena del vampiro. No le importaba nada. Así que seguí avanzando, haciendo caer los segundos, los minutos, las horas. Oh como Zorglus deseaba ser capaz de evaporarse como el tiempo, ignorando las preocupaciones de este mundo. Pero, por desgracia, la realidad era cruel, el tiempo era despiadado.

 

El individuo respiró largamente, cargando con él todo su miedo, sus dudas, sus incertidumbres, sus angustias, y decidió avanzar, desafiando la muerte. Quizás podría triunfar. Él tenía pocas esperanzas, casi ninguna. Pero por el momento lo poco le era suficiente, ya que, la otra opción era desesperadamente más fatal.

 

Un ligero suspiro. Luego, el vampiro pasó la puerta del casino, el palacio de los placeres para los seres de la sombra. Pero no era de placer lo que veía, sino de hostilidad. El aire era más pesado, más opresivo. Gotas de sudor le penetraban las sienes y una fuerte sensación aguda le invadió abruptamente. Allí pensó en huir, irse muy muy lejos de ese lugar infeliz, pero ya era demasiado tarde.

 

—Sígueme.— habló una voz fríamente.

 

Zorglus estalló de estupor. Y sin decir palabra, seguía a Moga al sótano del edificio.

 

El miedo intensificaba sus sentidos. Todos le parecían más intensos: el olor de la sangre, los corazones de los humanos afligidos que latían de opresión, el sonido del flujo de la sangre en la garganta de sus semejantes, los ruidos de las respiraciones… Y con cada paso que daba, sentía el miedo petrificándole.

 

Progresivamente, él veía la poca esperanza de sobrevivir que había tenido alejarse de él. Quizás hubiera sido mejor que se huyera de este lugar, que desertara de todo, de Versias, de su líder, el vampiro negro. Quizás habría tenido la oportunidad de vivir aún más, de poder derramar más sangre. Pero Versias tenía ojos, oídos y peones por todas partes.

 

Sin embargo, Zorglus tenía una moneda de cambio, algo que seguramente le gustaría al vampiro negro. ¿Valió eso la pena enfrentarse a la muerte de frente? ¿Se salvaría sabiendo el destino fatal de los que fracasaban su misión?

 

El recorrido le parecía más largo, más oscuro, pero allí, finalmente, llegaron a destino. Moga llamó a la puerta del jefe, pero nada. Nadie le respondió. Entonces la vampiresa abrió la puerta, clamando una sola palabra a Zorglus. —Adelante.—

 

Y él entró, con el aire tenso, esbozando una expresión congelada, truenos de terror taladrando su interior. Cada paso era más pesado, más angustioso. Le habían llegado miradas mezquinas llenas de impaciencia. Los rumores sobre su misión les habían llegado antes que él. Zorglus sentía su sentencia ya tomada caer sobre él. La condena. Y al presente, una certeza se hizo en su mente; debería haber huido lejos, muy lejos de las garras de Versias.

 

Pudo, sin embargo, ver también unas pocas miradas empáticas de algunos vampiros, aunque inútiles.

 

La sala estaba llena de individuos. Ciertos, tales como Ideus y Alrax, le eran familiares y otros, no. Eran seres aterradores unos más que otros. ¿Por qué estaban allí? se preguntó Zorglus, temiendo la respuesta. Una aura colosal se desenmascaraba entre todas las demás, una aura amenazadora que la oprimía, el jefe. Todos le temían. Sin embargo, este último estaba tranquilo. Con la cara tensa, estaba esperando.

 

—Cuéntanos lo que ha pasado. ¿Has cumplido bien tu misión?— le preguntó el vampiro negro con una cara impasible.

 

Su estómago se encogió. Las palabras apenas salían de su boca, palabras de las que dependía su destino.

 

—He fracasado en mi deber. No he podido cumplir la misión que me ha confiado, señor.— respondió él de forma grave.




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