Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (2)

V

Las hadas guían a la gitana al claro real, donde los reyes y su hija esperan sentados en sus tronos. Seis antorchas largas alrededor del claro iluminan el lugar; puede que las flamas sean pequeñas, sin embargo, aportan más luz de lo normal. Danitza se acerca a los reyes con el pavo real en los brazos, deteniéndose a un par de metros frente a ellos.

—Hola… buenas noches —saluda Danitza con timidez.

—Buenas noches… ¿quién eres? —pregunta Kírill, perplejo.

—Soy Danitza, del campamento gitano de Güíldnah. Tengo… un asunto que… tratar con ustedes.

—Te escucharemos —comenta Zelinda un tanto extrañada, agregando—, después de que resolvamos un asunto con Aleksei. ¿Podrías dejarlo con nosotros unos momentos? Luego hablaremos. Espera al lado de los árboles.

Danitza baja al pavo real y se dirige a una orilla del claro.

—¿Qué ocurrió Aleksei?, ¿qué contestó la campesina? —pregunta la reina con mucho interés a pesar de saber la respuesta.

—Nada. Me reuní con Dagna por la tarde para tratar de convencerle de la magia del bosque; como siempre no me escuchó. Antes de que se ocultara el sol, le pedí que me acompañara a la orilla del bosque. Cuando vio mi transformación corrió espantada hacia su casa —responde feliz el pavo real.

—Intuía que eso iba a pasar —menciona sonriente Zelinda.

—Ahora dinos, ¿qué hace esa gitana aquí? —pregunta el rey señalando a Danitza.

—Nunca la había visto en el bosque —comenta la princesa mientras la observa.

—Bueno, es la primera vez que conoce a las creaturas fantásticas del bosque. Dice que antes no poseía la percepción «Vigilans deos», pero que apenas hoy la acaba de obtener.

—Ya veo —dice la reina volteando a verla, ordenándole a Aleksei—. Llámala.

El pavo real se apresura a traer a la joven gitana, quien ejecuta una reverencia rápida; consejo que le dio él.

—Danitza, ¿en qué podemos ayudarte? —indaga Zelinda.

—Les quiero pedir su consentimiento para ser la pretendiente de Aleksei.

Los reyes se quedan pensativos por unos momentos.

—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —pregunta Kírill con seriedad.

—Me doy cuenta… y sé que es extraño. Apenas lo he conocido, mas percibo algo muy especial en él; no lo puedo explicar con palabras.

—¿No te atrae algún joven romaní del campamento? —indaga la princesa.

—No. En ninguno se ha repetido esta afección que siento por Aleksei; ya sea en su forma humana o en pavo real. Quiero conocerlo mejor… y enamorarme más de él.

Ninguno de los tres miembros de la familia real dice una palabra, manteniendo un semblante meditativo. Zelinda es la que rompe el silencio.

—Nunca te había visto en Piud, Danitza. ¿Es la primera vez que te adentras en mi bosque? —pregunta ella con seriedad.

—Es correcto su majestad. Es la primera vez que me acerco tanto y me adentro a este territorio sagrado, tanto para usted como para los gitanos de Güíldnah.

Zelinda se queda callada durante otros segundos, estudiando con más detenimiento a la muchacha.

—Dime Danitza, ¿a qué edad perdiste el don «Vigilans deos»? Eres muy joven para perderlo del todo en tan poco tiempo.

—No tengo ningún recuerdo de haber tenido la percepción «Vigilans deos» en ningún momento de mi vida, ni siquiera en mi niñez. Mis padres me han dicho que nunca he visto o hablado con un hada, ni siquiera cuando era bebé.

—De hecho, eso es cierto —comenta un hada espectadora.

Los reyes, la princesa, Danitza, Aleksei y un pequeñísimo grupo de chismosos voltean con el ser feérico que acaba de hablar. Las hadas y luciérnagas que se despertaron por culpa de los gritos de Dagna están presentes, pero el hada que acaba de opinar sin permiso no forma parte de ese grupo. Esta hada se acaba de despertar a causa de la reunión nocturna cerca de su casa, la cual está convenientemente ubicada en las orillas del claro real.

—¿Por qué lo dices? ¿Acaso conoces a esta gitana? —le pregunta el rey Kirill.

—Sí la conozco. Yo y un par de amigas siempre nos acercábamos con ella las veces que visitábamos el campamento romaní; la hemos visitado a ella y a su familia desde que era una bebé, pero nunca se dieron cuenta de nuestra presencia, a pesar de los numerosos intentos de llamar su atención —relata ella con tranquilidad.

—Perdóname por no notar tu presencia. No fue a propósito —se disculpa Danitza.

—¿Pero cómo puede un adulto obtener o recuperar la percepción «Vigilans deos» de un segundo al otro? ¿Es eso posible? —le pregunta un hada a la reina Zelinda.

—Lo es… pero no sucede solo porque sí —responde la reina, para luego regresar su atención con la muchacha humana—. Danitza, ¿hiciste algo antes de conocer a Aleksei?, ¿antes de acercarte a mi bosque? Los otros pueblerinos dicen que pueden hablar con su dios por medio de rezos. ¿Acaso le rezaste a algún dios en particular?

—Sí, sí lo hice. Después de que Aleksei le confesó todo a la campesina, empecé a rezarle a un par de dioses para dejarme corresponder su amor en lugar de Dagna.

—¿A cuáles dioses, si puedo saber? —inquiere Zelinda.

—A Eros y a Freya. El gitano líder siempre dice que esos dioses son expertos en el amor. También empecé a rezarle a Jehová. Segundos después escuché hablar a Aleksei, a las hadas y a las luciérnagas.

—Esa es una explicación natural y válida para mí, ya que los únicos que despojan y otorgan la percepción «Vigilans deos» son los mismos dioses… sin embargo, estoy un tanto preocupada por tu deseo, joven Danitza.

» Te has embelesado tanto con el aspecto físico que le otorgué a Aleksei, que has olvidado que él es de otra especie muy diferente a la tuya. La única forma de que su relación funcione es que renuncies a tu vida humana y familiares, mudándote de por vida aquí, al bosque.

—No podría abandonar a mi familia tan de repente; podría hacerlo durante un par de meses, pero no de manera definitiva. Tampoco quiero abandonar a Aleksei ni ser solo su amiga; quiero una relación más profunda que eso, aunque esto último lo decidirán los dioses —responde Danitza con bastante seguridad.




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