Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (3)

I

En las primeras horas de la tarde Kéilan sale a dar un paseo por el bosque, justo cuando ese aroma de vida inunda tal recinto. Quiere visitar a sus amigos mágicos: hadas, ninfas y animales parlantes, quienes la esperan cada día.

Apenas ha celebrado sus quince primaveras la semana pasada; camina con la misma curiosidad intacta de su niñez, deseando descubrir las maravillas del mundo.

Sus padres, dedicados a la talla de madera desde que llegaron al bosque, se quedarán en la casa, dedicando la mayor de las horas creando platos, vasos, juguetes y adornos a partir de trozos de madera, que luego venderán en los pueblos cercanos o en la misma ciudad principal. La leña se la proveen los gitanos de Güíldnah, obteniéndola de su propio bosque. Ixus y su hermanita Zulr han salido a recolectar algo de materia prima en el campamento romaní; materia prima que alimenta la magia cotidiana de su hogar.

La madre de Kéilan le acaba de ayudar a arreglarse antes de salir a pasear por el bosque. Sibisse ha peinado el cabello de su hija, un cabello largo y negro como la noche, encendido con múltiples mechones de fuego rojizo tono zanahoria; para terminar, le coloca una diadema de madera. Los ojos de la muchacha son del tipo caídos y de color castaños. Kéilan se ha puesto un vestido de falda larga color marrón claro con escote cuadrado y de mangas cortas; casi al final del vestido hay una pequeña cenefa color chocolate, bordada con imágenes de hojas de diferentes árboles en color verde oscuro. Pareciera un reflejo del mismo bosque circundante. En la cintura se ha puesto un fajín ancho de lino color negro. De calzado lleva unos zapatos cortos simples color azul Francia oscuros. Este tipo de ropa y algunos accesorios (pulseras, brazaletes cortos y collares) son regalos frecuentes por parte de las gitanas del campamento de Güíldnah, desde aquel día en que Kéilan las elogió por su forma de vestir… es una lástima que a su madre no le gusten para nada tales regalos.

Kéilan se encamina para visitar a la familia de osos cafés, quienes habitan una cueva en un cerro cercano a la casa de la familia de tigres, casi al final de la sección Este del bosque. En todo el trayecto saluda a las hadas, los duendes o a los animalillos que se encuentra.

Cuando le faltan varios metros para llegar a su destino, es sorprendida por una pantera negra y dos hienas que comparten el mismo color del pelaje de su amigo, añadiendo manchas grises. Seis ojos amarillos brillan como brasas en la noche, fijos en la presa que acaba de entrar en su territorio. El felino gruñe y muestra sus dientes, mientras que las hienas la acompañan con su risa malvada. Obedeciendo a su instinto de supervivencia, la joven empieza a correr en dirección a la casa de los osos, sin embargo, las bestias son muy rápidas y le impiden el paso. No tiene más remedio que tratar de regresar corriendo a su casa, dirigirse al claro real o a otro lugar seguro. Los tres intrusos empiezan a perseguirla, haciendo temblar la tierra con esas patas negras, aparte de llenar el aire con risas malvadas y rugidos escalofriantes.

Kéilan siente que se encuentra sola con los enemigos; los seres que saludó hace unos segundos atrás han desaparecido.

Con los animales negros pisándole los talones, la joven trata de concentrarse en algún hechizo útil; dos conjuros le vienen a la memoria en un santiamén. Voltea hacia sus perseguidores, arrojándoles varias esferas de electricidad que invoca de sus manos; parecen dos bolas de cristal flotantes con relámpagos en su interior, los cuales aciertan en los tres blancos. Los enemigos se aturden por unos segundos, dándole la oportunidad para tratar de transformarlos en animales más inofensivos. Elabora el hechizo con sus manos y con palabras. No da resultado. Los enemigos se recuperan del ataque, reanudando la persecución; una vez más Kéilan corre lo más rápido que puede.

En un nuevo giro de la situación las tres bestias atacan a distancia, con bolas de fuego negro que escupen de su boca, fuego negro que devora la luz cercana, aunque su combustible es el mismo que el fuego común. Ella trata de recordar otros hechizos, fallando en el intento; el miedo se lo impide. Al no saber qué hacer grita por ayuda. Dos proyectiles negros explotan en sus piernas, quemándolas y provocando que caiga. El dolor y ardor es demasiado intenso; cierra los ojos para tratar de minimizar esa horrible tortura. Olvida por completo a sus enemigos, hasta que las dos hienas llegan y le muerden ambos brazos, reteniéndola en el suelo. Esos colmillos causan más ardor que dolor, como si la estuvieran marcando con un hierro al rojo vivo. Con mucho esfuerzo para soportar el terror que experimenta y desesperada por zafarse de las mandíbulas que la detienen, coloca sus manos sobre las caras de los animales, conjurando un hechizo de fuego violeta; inmunes a la magia invocada, las bestias muerden con más fuerza. Actuando de analgésico natural, las lágrimas empiezan a escurrir de los ojos de Kéilan.

Sin nada de prisa, la pantera negra se acerca para acabar con la vida de ella; una fuerte mordida en la garganta bastará. Kéilan no deja de dar pelea; mueve todo su cuerpo, tratando de liberarse de las fauces de las hienas. A centímetros de que los dientes filosos del felino negro hagan su trabajo, una sombra fugaz arremete desde el aire contra las tres bestias, lanzándolas varios metros lejos del lugar. El bosque mismo aguanta la respiración durante varios segundos, dejando un silencio casi sepulcral.

Retornando con la rescatada, la sombra misteriosa aterriza enfrente de ella, quien se sorprende por lo que ve.

Tal parece que la ha salvado un caballo alado muy peculiar. Se parece a uno de los caballos grandes que posee la comunidad romaní de Güíldnah, los cuales utilizan pocas veces y solo para transportar carretas. Sus cascos son grandes y negros, con largo pelaje al final de cada pata. Esos son los rasgos característicos de la raza que se alcanza a apreciar; el resto es un revoltijo de diferentes animales. No tiene esa larga y sedosa melena apreciada por muchas personas, en lugar de eso tiene un corte mohicano corto, igual a la moda que usan las cebras. Su larga cola apenas llega hasta el suelo. Ambas crines son de color azul celeste muy claro en la zona donde nacen; conforme va avanzando a las puntas de los pelos, el color va cambiando a un negro purpúreo. Toda su parte baja es gris, incluyendo la mayoría de sus patas y ambos lados de la cabeza. El color de su pelaje es café tostado junto con un patrón de manchas amarillo ocre, semejantes a las de una jirafa o a un mapa de un lugar único. Al principio de las pospiernas y antebrazos (a la altura de las rodillas), se forman dos marcas en «V»: una del color gris y la otra es del diseño y color del pelaje. En la punta de su hocico y arriba de sus fosas nasales hay dos pequeños cuernos de rinoceronte, el de adelante es un poco más grande que el de atrás; otros dos cuernos medianos lisos y curvos se hallan en su cabeza, al lado de las orejas, son cuernos de alguna clase de antílope. Las cuatro protuberancias son color blanco amarillentas. Sus enormes alas son de murciélago y son de un color grisáceo, el mismo color de un cielo nublado.




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