Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (3)

II

Es un alivio volver a estar en familia después del espantoso momento que acaba de sufrir. Intrigados por saber de las criaturas negras, Bárem y Sibisse salen a encontrarse con los reyes principales del bosque, mientras que sus hijos se quedan en la casa. Cansada y todavía asustada, Kéilan se sienta unos momentos en una de las sillas familiares. No pasan ni diez segundos antes de que empiece a escuchar la corriente de Ulrron. Muy extrañada va a abrir la puerta, divisando el río a escasos metros de la vivienda, cuando tiene que estar bastante más lejos.

«¿Qué está pasando?», se pregunta ella.

El bosque va desapareciendo como humo de una fogata para dar lugar al fondo de un cañón; Kéilan se despierta por completo, encontrándose primero con un río desconocido. Se sienta, empezando a revisar alrededor.

Lo único que hay son dos altos acantilados con paredes casi lisas y rectas. Ya es la tarde avanzada. Toda la piedra de las montañas es gris y sin mucha vegetación; el cielo es del mismo color deprimente, tal parece que va a llover. Revisa la parte trasera del vestido, encontrando dos agujeros grandes con los bordes chamuscados y negros; tanto en la falda del vestido como en la del blusón largo y sin mangas que lleva abajo. No puede ponerse en pie, inclusive después de varios intentos; todavía le siguen doliendo las piernas y los brazos. Al no poder ir a ningún lado, decide seguir examinando el paisaje que la rodea. Se da cuenta que está sentada en tierra húmeda, a unos metros adelante de ella vaga el río ancho y tranquilo. Una que otra cueva adorna las paredes naturales.

«Nunca había oído o visto algo parecido antes», piensa un tanto preocupada.

—Despertaste más rápido de lo que imaginaba —comenta una voz desde arriba.

Ella alza la mirada y ve al equino alado aproximarse.

—¡¿Tú otra vez?! —exclama enojada, alejándose de él.

—Vamos, soy tu amigo. Si no hubiera llegado a tiempo ya te habrían devorado las bestias negras que derroté.

—Me has traído a un lugar desconocido y en contra de mi voluntad.

—¿Y si termino de curarte, arreglo tu ropa y te ayudo a arreglarte?

A mí me parece un buen trato, aunque claro, también es una posible actuación de buen samaritano. Ella se ha ensuciado de tierra y lodo en todo el cuerpo.

Sin esperar una respuesta el caballo cierra los ojos por unos momentos, segundos después, una luz verde claro envuelve a Kéilan. Al dispersarse el conjuro varios segundos después, pareciera que ella acaba de salir de su casa: toda aseada, junto con su ropa limpia y en buen estado. No solo eso, también se percata que los dolores de sus brazos y piernas han desaparecido por completo.

—Ahora, ¿ya confías en mí? —indaga el equino.

Kéilan aún duda.

—Ahora solo llévame a mi casa —pide con seriedad.

—Ya te dije que no puedo hacerlo. Hay un asunto en que necesito de tu ayuda.

—Te ayudaré, lo prometo, pero solo lo haré si me regresas a mi casa.

—Primero te explico mi asunto y después veremos si regresas al bosque.

Impulsada por una valentía repentina Kéilan intenta escapar, convirtiéndose de nueva cuenta en una gaviota. Si no aprendió por las buenas, tendrá que aprender por las malas. Ocurre un déjà vu segundos después, porque Kéilan recupera su forma humana y su cuerpo queda paralizado igual que una estatua a escasos centímetros del suelo; breves momentos después su cuerpo se empieza a mover por sí solo, alejándose del río. Kéilan es liberada en tierra firme.

—No te atrevas a irte sin escucharme. Esperé demasiado y practiqué mucho para que resultara bien —ordena el caballo con aparente molestia.

—¡Déjame ir! —estalla Kéilan enojada, arrojándole dos bolas de fuego violeta a su secuestrador con las dos manos.

Las esferas ígneas chocan contra la cara del caballo, apareciendo una pequeña humareda negra, acompañada de un estallido de luz y sonido tremendo, aumentado por las mismas paredes del cañón. Un golpe directo, con resultados muy contrarios a los esperados. El equino alado se adelanta unos pasos, mostrando unos ojos amarillos brillantes y un rostro furioso.

—¡Muchacha grosera! —grita el caballo, moviendo su cabeza de manera brusca mientras sus cuernos se iluminan con una luz rojiza. Su voz provoca un eco digno de un dios, aparte de una explosión de viento.

Al segundo siguiente la jovencita recibe una fuerte bofetada por parte de la magia del equino alado, cuando este último está parado varios metros lejos. Kéilan cae al suelo debido al duro golpe; cuando voltea hacia arriba, descubre a su captor parado junto a ella. Su rostro todavía está molesto, a pesar de que sus ojos han vuelto a la normalidad.

—¡Me estás dificultando la encomienda que me entregaron! —recrimina enojado el equino.

—Por favor… no me mates —suplica Kéilan, ahora asustada y a punto de llorar.

—No lo haré, no lo haré. Antes de explicarte todo déjame ofrecerte algo de comida; de seguro estas hambrienta y sedienta. Espérame aquí —ordena el animal parlante, calmándose por completo de un segundo al otro. Alza vuelo, dirigiéndose a una cueva cercana en lo alto de una de las paredes del cañón.

Kéilan se queda sola, sentada sobre la tierra húmeda, mientras el eco del río desconocido llena el silencio. El aire huele a piedra mojada y a una tormenta próxima. Sus manos están temblando, no sabe si es por el frío del ambiente, por el recuerdo de los colmillos que casi desgarran su piel o por la reciente faceta intimidante de su supuesto rescatador. El cañón parece cerrarse sobre ella, como si las paredes grises fueran guardias mudos que la observan. Cada sombra en las cuevas cercanas o salientes le parece un ojo vigilante.

«¿Por qué me trajo aquí? ¿Qué quiere de mí?» piensa angustiada, con el corazón golpeando su pecho como un tambor. La desconfianza hacia el caballo alado comienza a mezclarse con un extraño sentimiento de gratitud: sin él ya estaría muerta. El recuerdo de sus padres y hermanos la atraviesa como una lanza. La idea de que ellos no saben dónde está le provoca un nudo en la garganta.




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