La joven se interna en la cueva, donde solo hay oscuridad, aparte de varios murciélagos que entran y salen de la misma. El clima de la zona es templado y la cueva seca, ayudándole a mantenerse caliente; algo bueno, contando que no tiene ropa extra para abrigarse.
Utiliza fuego violeta que mantiene en su mano izquierda para replegar ese manto negro que invade cada rincón circundante. El lugar es algo amplio, dándole espacio de un par de metros libres a ambos lados a la exploradora. Las paredes son irregulares, pero pareciera que los humanos han trabajado el lugar, tratando de alisar las paredes y el techo; un capricho extraño de la naturaleza. La tierra del piso es seca, lo que permite a la muchacha dar pasos firmes y seguros.
Busca en cada rincón de la caverna con cierta facilidad; el túnel no cambia de dirección o de dimensiones mientras Kéilan avanza por varios minutos. Una exploración de miedo para la mayoría de ustedes, los lectores… y también para la protagonista. Al principio estaba emocionada por la aventura recién iniciada, muy parecida a una de las tantas que relata su amigo, el jefe gitano Grigore; sin embargo, ahora que ha llegado a este sitio tenebroso se percata que su valentía casi ha desaparecido. Los aleteos y chillidos de los murciélagos residentes no le permiten escuchar su corazón acelerado, tan palpitante como un tambor de guerra. El fuego de su mano crea sombras al azar, confundiendo a la muchacha; pueden ser enemigos reales acechando, o solo ilusiones de su mente nerviosa. A pesar de estas sensaciones tan intimidantes, Kéilan sigue avanzando, escuchando más a su faceta aventurera que a su sentido común.
La caverna es demasiado simple, hasta que llega a una cámara que se divide en tres túneles. Al ver hacia arriba y al frente, descubre a una pequeña bandada de murciélagos descansando en el techo. Hay mucho movimiento de animales voladores que entran y salen de la cueva. Necesita unos segundos para decidir por cuál camino seguir, mas al ver el suelo retrocede varios pasos. Excremento, escarabajos y lombrices tapizan todo el suelo.
—¡Qué asco! —exclama la muchacha, tapándose la boca con su mano derecha. Eso no evita que el hedor llegue a su nariz, casi desmayándose por ese olor tan desagradable.
Su mente trata de pensar en una idea para cruzar, cuando escucha una voz masculina en su cabeza.
«¿Quién eres tú?».
—¿Hay alguien aquí? —inquiere ella en voz alta.
No hay respuesta.
«Espérame en el lugar donde estás. Me voy a acercar».
Un murciélago vuela hasta quedar enfrente de Kéilan, manteniéndose en el aire.
«Eres un humano, ¿verdad?».
«Sí, lo soy», le responde la muchacha con su pensamiento, preguntando al final. «¿Solo te puedes comunicar con los pensamientos?».
«De hecho podemos hablar el idioma de tu especie, sin embargo, nos acomodamos mejor así. ¿Qué haces por estos parajes? Mis amigos me han platicado historias acerca de los humanos; eres la primera que he visto con mis propios ojos».
«He venido a buscar un libro especial».
«¿Un libro?».
«Un objeto rectangular lleno con palabras escritas. ¿No sabes si por aquí hay uno?».
Haciendo memoria por unos segundos el murciélago comenta.
«Yo no. Tal vez mi amigo sí».
Regresa con sus compañeros, directo hacia uno que descansa colgado cabeza abajo. Pasan otros momentos cuando el otro murciélago llega con Kéilan.
«¿Eres tú la que busca un libro?».
«Sí, ¿sabes algo?».
«Hace muchos años un anciano nos encargó vigilar y cuidar de los escritos. Solo se los podemos entregar a una persona en especial. ¿Tú eres la heredera de su poder?».
«Sí, creo que sí lo soy», responde Kéilan un poco insegura.
«¡Perfecto! Aunque me apena decirte que hay una mala noticia. Yo mismo te entregaría el objeto, mas un solo murciélago no puede cargarlo; se necesita un grupo grande, por desgracia muchos de mis familiares y amigos no pueden socorrerme por el momento. Están demasiado ocupados consiguiendo comida. Muchos estamos enfermos o con varios hijos recién nacidos, así que los demás tienen que traer doble o triple ración de la misma».
La joven revisa la situación y le propone al murciélago.
«Déjame ayudarte. Te traeré algo de comida y así podrán desocuparse por unos momentos; lo suficiente para que me den el libro».
«Si traes un bulto mediano con mucho gusto lo haremos».
«Te lo conseguiré tan rápido como pueda».
«Bien. Río arriba encontrarás una selva mediana, ahí es donde vamos a conseguir los deliciosos insectos. Suerte. Cuando regreses, búscame para entregarlos. Me llamo Tovo».
Kéilan se apresura a salir de la caverna; ahí está esperando Volker.
—¿Ya encontraste el libro? —indaga él.
—Parece que los murciélagos saben dónde está, ahora solo necesito traerles algo de comida. Me han dicho algo sobre una selva río arriba —explica ella al tanto que monta al equino alado.
—Conozco ese lugar.
—¿De casualidad no tendrás algún costal o talego grande que me puedas prestar?
—Puede que tenga uno.
Volker se dirige a la cueva donde obtuvo la tela con la merienda, mostrándole a Kéilan que es un tipo de almacén. Es una cueva pequeña y poco profunda donde hay comida, bebida, telas variadas y unos cuantos artilugios: velas, alforjas, catalejos y plumas de aves, todo acomodado en estantes de madera incrustados en las paredes. La hechicera busca el saco con ayuda de los cuernos de Volker, los cuales irradian una luz blanca moderada. En el fondo de la cueva Kéilan logra encontrar un talego mediano color café claro; una cuerda incluida ayuda a cerrar el mismo saco.
—¡Esto servirá! —dice la muchacha al tanto que recoge el objeto.
—Ahora solo falta llegar a la selva y empieces a atrapar a esos insectos con tu magia para empezar a llenarlo —comenta el equino.
—Eeeeemmnh… no sé cómo hacerlo —responde la joven con mucha pena.
—¡¿Cómo que no sabes?! —grita y pregunta sorprendido Volker.