A la mañana siguiente y después del almuerzo Volker transporta a Kéilan a la cumbre de una montaña rocosa, no muy lejana a la cueva de descanso. En ese llano y desolado lugar se encuentra un pilar de piedra cuadrangular de baja altura. La base superior de la columna es plana y sesgada; al lado hay una roca grande, dando la apariencia rudimentaria de una silla y una pequeña mesa de trabajo. Al acercarse a la columna ella descubre que hay un hueco hexagonal que ocupa casi todo el cuadrado de la base superior del pilar.
—¿Qué tengo que hacer?
—El siguiente libro lo encontrarás siguiendo varias pistas que tendrás que descifrar.
—No entiendo —dice confundida la joven.
—Esta es la base de un rompecabezas, al lado encontrarás las piezas amontonadas —señala Volker la piedra cuadrada con una de sus patas delanteras.
Kéilan revisa atrás del pilar, descubriendo un montón de piedras planas. Toma unas cuantas y las acomoda con delicadeza sobre el hoyo del pilar, notando que son perfectas para dejar toda la base plana otra vez. Son del tamaño de su mano y con diferentes formas curvadas. Otras tienen bordes lisos; Kéilan supone que son las orillas del rompecabezas.
—¿Hay una imagen o algo que me ayude a guiarme?
—Son palabras que forman un acertijo. ¿Quieres que me quede o necesitas estar sola?
—De hecho, quiero que me hagas un favor.
—¿Qué tan grande es?
—Quisiera que fueras con mis padres y les dijeras donde estoy. De seguro están muy preocupados por mí.
—Con mucho gusto iré —acepta sonriendo el equino.
—Supongo que ya sabes dónde está la cabaña.
—Pues… sí. Los he estado espiando desde hace meses —responde él un poco apenado.
—Por lo menos fue con un propósito noble —comenta ella con una sonrisa.
Volker sale volando en dirección al bosque Piud y al hogar de la familia de hechiceros.
Ya sola, Kéilan aprovecha unos momentos para dar un breve vistazo alrededor. Por un lado y en el horizonte, se alcanza a distinguir una delgada línea de cielo azul. Igual que ayer hay nubes grises en el cielo, pero el clima se mantiene cálido, acompañado de una brisa refrescante. Kéilan vuelve al pilar cuadrangular, esperándole un rompecabezas desarmado. Se concentra bastante, acabando el desafío en un par de horas y después de cientos de errores. Ya sin nada más que hacer practica varios hechizos, evitando el conjuro de levitación.
Una hora más tarde llega Volker, presumiendo de los accesorios que le han regalado: una pequeña tela ovalada en el lomo, sobre la cual hay una silla de montar simple; hay que agregar dos alforjas grandes color café oscuro a ambos lados de su cuerpo, las cuales incluyen dos correas con una hebilla para asegurar el contenido. Kéilan se acerca rápido con él.
—¡Volker! ¿Cómo te fue? —inquiere ella emocionada.
—Fue algo accidentado. La buena noticia es que tus padres ya saben que estás bien y a salvo.
—¡Cuéntamelo todo! —pide la muchacha de manera insistente.
—¿Ya resolviste el rompecabezas? Primero hay que concentrarse para encontrar el segundo libro; ya te contaré más tarde y con más detalles cómo me fue —sugiere él con voz adusta.
—Está bien —contesta un poco desanimada la joven, aunque al final se contenta un poco, diciendo—. Ya lo terminé. Ven, mira.
Volker se acerca para comprobar el trabajo terminado, el cual se realizó a la perfección.
—¡Muy bien! ¿Ya lo descifraste?
—Solo supuse que tenemos que ir a una playa.
Con el rompecabezas resuelto, se lee el siguiente acertijo.
«Al Oeste te dirigirás,
y un caparazón encontrarás.
En medio de ella hay un “uno”,
eso te auguro.
Una solitaria residente,
te mostrará la pista siguiente».
—Ahora solo hay que saber a dónde queda el Oeste. Sería más fácil si esas nubes no estuvieran —menciona Kéilan mientras voltea hacia todas direcciones.
—Despreocúpate. Tus padres enviaron un instrumento que te ayudará. Se encuentra en esta alforja —dice Volker mientras voltea su cuerpo, acercándole la mochila de su lado izquierdo.
Kéilan abre el morral, encontrando una esfera de cristal transparente.
En el interior de la esfera se encuentra un líquido transparente que ocupa la mitad, dejando la otra mitad con un espacio de aire. Flotando sobre el líquido se encuentra un disco de color blanco (al parecer es un tipo de metal) con veintiocho rayas azules y cuatro rojas marcadas alrededor; debajo de cada marca roja hay una letra negra diferente: una «N», una «E», una «S» y una «O». Es una brújula esférica. Una aguja móvil larga y romboidal en medio del disco fijada con un pequeño clavo, indica dos rumbos al mismo tiempo. La joven observa muy sonriente el artilugio casero de navegación por unos momentos, recordando aquella vez que ayudó a terminar de armarlo.
—Es hora de partir —anuncia ella.
Segundos después monta sobre Volker. El caballo alza vuelo, preguntando por la dirección que tiene que tomar. Al revisar la brújula, el rumbo correcto les indica el final de las nubes grises. Kéilan dirige a su amigo con su mano, señalando y diciendo las dirección que tiene que tomar. Conforme se van acercando al cielo azul se escuchan las olas del mar.
En poco tiempo llegan a la orilla de un largo y muy profundo acantilado; en la base del mismo, unos metros de playa separan la muralla natural del mar azul de Loefr. En frente, ocupando un área bastante grande hay un grupo de islotes de arena blanca: unos tienen palmeras para acompañarlos en su soledad y otros carecen de esa compañera. Una laguna entre las diminutas islas deja ver el suelo arenoso marino, cubriéndolo con agua de color azul muy claro. Más adentro en el mar hay otros dos grandes y altos islotes rocosos llenos de árboles; gigantes guardianes de este paraíso escondido.
Kéilan se queda maravillada por el paisaje; su sorpresa es mayor cuando mira hacia arriba. Las nubes también dividen el cielo: del lado del mar hay un cielo azul vivo y con muy pocas nubes blancas, en cambio, del lado de las montañas una muralla de nubes en diferentes tonalidades de grises no deja pasar ni un rayo del sol. La brisa marina es muy refrescante. Las olas que rompen en la playa son tranquilas y pequeñas.