En la cabaña del bosque Piud Sibisse se encuentra acomodando la mesa para que la familia disfrute de la merienda temprana.
Al mismo tiempo, Kéilan y Volker llegan a su destino; ella le pide a su compañero aterrizar con mucho cuidado, evitando alertar a sus padres. Ya en tierra firme desmonta de un salto y corre a la puerta, dando varios golpes fuertes a la misma. Espera en silencio.
Sibisse escucha que llaman a la puerta; con tranquilidad se dirige a ver quién es. Al momento en que la puerta se abre y descubrir que es su mamá, la joven no puede contenerse más y se abalanza sobre ella, dándole un fuerte abrazo. El suceso es tan repentino que Sibisse casi cae de espaldas.
—¡Hiiiiiija! —exclama la mamá, correspondiendo con otro fuerte abrazo.
En todo momento se escuchan risas, acompañadas de lágrimas de felicidad en ambas caras. Unos segundos después llegan Bárem y la pequeña Zulr, después de bajar de las escaleras que llevan a los cuartos, al mismo tiempo Ixus sale del cuarto del fondo, junto a las escaleras. Todos se unen a la bienvenida y la celebración del regreso de Kéilan, la cual dura poco tiempo; ella les informa que solo fue a visitarlos por un par de horas.
Toda la familia se acomoda en la sala, al lado de la chimenea; los padres y hermanos en un sillón largo, mientras que Kéilan opta por sentarse en uno mediano, justo al frente de ellos. La muchacha les dice que aún tiene que encontrar tres libros escondidos en los cañones y montañas Cúdrerianas.
—¿Cañones Cúdrerianos? —pregunta confundido Bárem.
—Así decidí nombrarlos —responde Kéilan.
—En honor al mago, ¿no? —supone Ixus.
—Sí. Así es. ¿Ya saben su historia? —inquiere ella.
—Casi toda. La reina ninfa nos relató todo lo que sabía, junto con la información que le dio ese caballo alado —comenta Sibisse.
—Se llama Volker, mamá —le aclara Kéilan.
—¿Qué tal te ha ido en esos lugares extraños? —pregunta Bárem, agregando—. Si necesitas algo en particular, solo dinos. ¿Más hojas de pergamino o tinta?
—No hace falta, papá. Hay una pequeña bodega en uno de los acantilados con objetos diversos. Volker no me ha dicho nada, mas estoy segura de que le pertenecían a Cúdred. Aún tengo tinta y hojas para varios días; no te preocupes. El ambiente es agradable. Por fortuna encontré una maravillosa playa ayer; antes del mar profundo hay una gran laguna con varias islas pequeñas.
La joven les narra todo lo que se habían perdido: desde que la atacaron los animales oscuros hasta el día de ayer, cuando descifró el acertijo de los islotes. Antes de que el sol se encuentre en su apogeo, justo arriba en el cielo, Volker le recuerda a su amiga que ya es hora de irse. La familia se despide entre abrazos, deseándole la mejor de las suertes y reforzando su espíritu aventurero; Sibisse le entrega a su hija un par de hogazas de pan y algo de queso de cabra.
Ya preparada y montada sobre su amigo alado, Kéilan parte en dirección a la playa junto al acantilado. En poco tiempo llegan y aterrizan en el islote que eligió el día anterior; antes de bajar a la arena se quita los zapatos y los guarda en la alforja libre. El reloj de sol de la pequeña isla es de hierro y de forma circular; la sombra de un triángulo marca la hora. Tiene más decoraciones que el reloj del otro día, además, está sobre un alto pedestal delgado de mármol. La sombra marca las «XII» en punto.
—Una hora libre, y sé que hacer —menciona Kéilan.
Con la ayuda de Volker recoge el montón de conchas marinas que dejó ayer, llevándolas al nuevo lugar, empezando con su entrenamiento del «conjuro de levitación». En el poco tiempo que lleva practicando, ya puede mover y manejar objetos de poco peso con mucha facilidad y fluidez. Espera paciente los últimos minutos, disfrutando del queso y el pan que le dio su madre.
A la una en punto corre apresurada a la sombra proyectada de la copa de la palmera. Tal y como ocurrió ayer no hay nada sobre la arena, así que comienza a cavar. No transcurre mucho tiempo cuando sus manos tocan algo duro; se da cuenta que es un arcón mediano, cuadrangular y de tapa plana. Quita la arena de un lado del pequeño cofre, descubriendo una de las dos agarraderas de hierro con forma de aro. Toma la misma con las dos manos y desentierra por completo el cofre. Atada con una cuerda delgada en la otra agarradera se encuentra una llave mediana con solo dos dientes; una cerradura simple al frente y en el medio del arcón, es en donde se introduce el dichoso objeto.
Kéilan pone la llave en su lugar y le da media vuelta, activando el mecanismo. Abre con mucha emoción el arcón, pensando que ha encontrado el segundo libro; en su lugar descubre otro objeto.
Adentro del pequeño cofre hay una tabla de madera, barnizada en su totalidad de un color rojo toscano oscuro. La pieza de madera es cuadrangular, con las orillas rectas. Lo peculiar de este tablero es que de un lado hay un hueco de medio centímetro de profundidad, lijado y sin barnizar. El hueco tiene forma de triángulo isósceles, ocupando casi todo el cuadrado. Junto con el tablero hay muchas piezas de madera pequeñas, multiformes, de medio centímetro de grosor y una sola cara barnizada de rojo toscano oscuro.
—¡¿Otro rompecabezas?! —pregunta Kéilan, en voz alta y decepcionada—. ¡¿Es una broma?! —le pregunta a Volker, quien se ha acercado a revisar el descubrimiento.
—No lo creo —dice él.