Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (3)

VI

La selva se ha vuelto un refugio hostil. La misma pesadilla se ha repetido varias veces, aunque son más que nada recuerdos de lo que acaba de ocurrir: Volker alejándose mientras ignoraba sus súplicas, es una imagen que le quema más que cualquier herida física. El silencio nocturno es interrumpido por insectos y el murmullo del río. Se ha despertado varias veces con cada pesadilla. Cierra los ojos una vez más, pero la mente no puede descansar.

«¿Por qué lo ataqué por segunda ocasión? ¿Por qué dejé que la ira me dominara… otra vez?», se repite una y otra vez. La culpa se está transformando en un peso insoportable.

Empieza a recordar cada momento compartido con su compañero en estos días que ha vivido en las montañas Cúderianas: los vuelos sobre el mar, las risas en la laguna, los peinados con aceite de romero. Todo parece tan lejano ahora.

«Volker me cuidó, me protegió… y yo lo traicioné», se juzga ella misma con arrepentimiento.

Las lágrimas comienzan a deslizarse por sus mejillas. Se abraza a sí misma, buscando calor en medio de la humedad de la selva. El libro de Cúdred con sus símbolos extraños parece observarla, como si estuviera juzgando su debilidad.

—Volker… perdóname —susurra entre lágrimas.

La joven comienza a planear el cómo reconciliarse con su amigo equino. Sabe que no basta con pedir disculpas; debe demostrar lo que acaba de aprender.

«Tengo que mostrarle que puedo controlar mi magia, que no soy una niña caprichosa. Que lo respeto. Que lo necesito», piensa ella, decidida.

El cielo despejado y lleno de estrellas parece escuchar su confesión silenciosa. Durante un instante la selva se vuelve un cómplice de su reflexión. Kéilan se promete que al amanecer volará de regreso a las montañas Cúdrerianas y con Volker. No importa cuánto tardará ni qué obstáculos enfrentará. Lo encontrará, y le hablará con sinceridad. Porque más allá de los libros de Cúdred, lo que realmente debe recuperar es la confianza de su amigo.

Con esta resolución la joven cierra los ojos. El cansancio la vence de manera definitiva, y entre lágrimas y pensamientos más optimistas se queda dormida bajo el manto estrellado. En las primeras horas todo parece que va a ser una siesta tranquila, aunque en completa soledad.

Kéilan es despertada por extraños ruidos que provienen de la selva. Lástima que no son cantos de aves ni rugidos de otro animal; más bien, es de alguien o algo acercándose. El sonido de plantas y hierbas sacudiéndose aumenta de volumen poco a poco; ella se levanta alarmada. En su mano derecha invoca fuego común y corriente, proveyendo más luz que el fuego violeta. Revisa por todos lados, tratando de avistar al ser u objeto que se acerca, hasta que el ruido se detiene de golpe, dando paso a largos segundos de suspenso. Los sonidos nocturnos de la selva vuelven a inundar los oídos de la joven abandonada; en todo el tiempo ella espera expectante.

—Volker… ¿E... Eres tú? —pregunta Kéilan con voz temerosa.

En un parpadeo una hiena negra aparece de entre unos helechos altos desde la retaguardia. Ella voltea su cuerpo, reaccionando muy tarde, dándole la oportunidad a la criatura de darle una buena mordida en la pierna izquierda. La joven grita fuerte a causa del susto y del dolor. Utiliza el mismo fuego en su mano en respuesta del ataque; para su infortunio el efecto es nulo, igual a como pasó en el bosque Piud hace una semana atrás. El animal negro jala con bastante fuerza la pierna de la muchacha, provocando su caída. La arrastra por el suelo medio metro cuando aparece la segunda hiena oscura, la cual encaja sus dientes en el brazo derecho, empezando a halar en dirección contraria. Temiendo por su vida ella usa su magia para tratar de abrir las mandíbulas de la bestia que muerde su brazo; sabe que los demás conjuros no funcionarán en lo absoluto. Está tan concentrada en la hiena, que no ve a la pantera negra aproximarse por su izquierda... hasta que ya es demasiado tarde; voltea la cabeza, solo para ver al felino abalanzarse veloz. Estira el brazo izquierdo, intentando detener la embestida, pero no tiene la fuerza necesaria para conseguirlo. Las fauces de la pantera llegan a su objetivo: el cuello de su presa.

Kéilan siente como la criatura la está estrangulando. El dolor es insoportable; por fortuna sólo le quedan segundos de vida. Sus ojos abiertos poco a poco se llenan de una oscuridad absoluta.

A mitad del camino, y tenía que terminar de manera tan abrupta.

Así termina la terrible pesadilla para Kéilan, quien despierta muy agitada.

Pasado el susto descubre que se encuentra en la cueva de la montaña, sana, salva y acomodada sobre su cama improvisada de mantas; al voltear hacia un lado encuentra sus pertenencias y las alforjas, al igual que el libro gris que encontró en la selva. Se rasca la cabeza, confundida, notando que le han quitado las trenzas para dejarle su pelo suelto. El sol apenas empieza a salir, tiñendo las nubes grises a un color naranja. Nunca se había percatado de los amaneceres en las montañas Cúdrerianas. Es un panorama agradable; sin embargo, ella sigue sintiéndose desanimada.

Todo cambia cuando llega Volker a la cueva, cargando con las provisiones envueltas en una gran tela. Kéilan lo ve pasar, creyendo que sigue enojado con ella; el equino alado se interna en la cueva sin saludar a la joven, deja la tela recargada en la pared y regresa.

—¿Estás… bien? ¿No te duele na…? —le pregunta apenado él a Kéilan.

En medio de la indagación la muchacha se pone en pie y corre a abrazarlo con fuerza; él se sorprende, abriendo un poco sus alas.

—Lo siento. De verdad lo siento mucho, amigo. No quiero perderte. Más que los libros de Cúdred y su poder, quiero atesorar tu amistad, compañía y enseñanzas. Juro que seré una mejor amiga —promete Kéilan, dejando escapar varias lágrimas.

Hay unos breves momentos de silencio por parte de él.

—La frustración tomó el control de mi cuerpo. ¿No te hice mucho daño? —le pregunta ella al tanto que le revisa la cara, buscando alguna quemadura.




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